Aznar y el cambio climático

Por: JOSÉ MANUEL BARREAL

La incoherencia y la contradicción en el ser humano se pueden, a veces, justificar; somos capaces de beber del agua que hace unos instantes repudiábamos; hasta aquí nada que objetar. Pero, cuando es la prepotencia, sin admitir la posibilidad de equivocarse, la que predominan en ciertas opiniones o exposiciones, la cosa ya cambia. Es lo que le ocurre, con harta frecuencia, al de los dos mil abdominales y del flequillo al viento de las Azores; el de la risa histriónica. Él, que llamó pancarteros a quienes nos oponíamos a la invasión de Irak y no respetó lo que miles de ciudadanos y ciudadanas pedían; él, cuyo «estasis intelectual» le afecta sobremanera, ahora, anatemiza a quienes pensamos, junto con cientos de científicos, que el cambio climático puede finiquitar el actual modo de vida del planeta Tierra.

Cuando era presidente del Gobierno de España firmó el Protocolo de Kyoto; ahora presenta un libro en el que se niega la influencia humana en el calentamiento global y discrepa del Protocolo de Kyoto. Nos invita e intenta convencernos, junto con el presidente checo, de que nos quedemos en casa, que no nos preocupemos del aumento de la temperatura media de 0,7 ºC durante el siglo pasado, del deshielo continuado de los glaciares y del Ártico, del aumento de fenómenos meteorológicos extremos y de la pérdida de biodiversidad.

No le importó, a él, que el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, fundado en 1998 ) con más de tres mil científicos reunidos por la ONU, sacasen la conclusión de que el calentamiento del planeta es inequívoco, con un 90% de la acción humana y si no se remedia el desastre global está servido.

Ignora, él, que puso los pies encima de la mesa junto «al otro», que somos biosociedad. Que lo biológico es una soldadura, una mixtura con lo social, que nos hace trascendentes en la historia humana y no simplemente naturales, eso son los repollos. Ignora, el «profesor» de la juventud americana, que el desafío ambiental que afrontamos tiene como consecuencia inmediata la creciente destrucción ambiental, complementaria de la barbarización de la sociedad y de las relaciones humanas. No sabe, o tal vez no lo comprenda (es lo más seguro) que la toma de conciencia sobre el cambio climático lleva parejo superar la perspectiva tecnócrata y asumir una postura ético-política entre los registros ecológicos: el del medio ambiente, el de las relaciones sociales y el de la subjetividad humana.

Si este precario, y nada ubérrimo personaje leyese, sabría que «? ya en la década de los sesenta unos cuantos ecólogos y científicos preocupados por el tema denunciaron que las llamadas fuerzas productivas se estaban convirtiendo en fuerzas destructivas o biocidas, con lo que el modelo de crecimiento imperante en las principales potencias del mundo bipolar de entonces iba a acabar poniendo en peligro la base natural de mantenimiento de la vida misma sobre el planeta Tierra». (Francisco Fe Buey, 2008).

Pero es seguro que no ignora que «según el periódico digital “Transitions Online” el presidente checo Vaclav Klaus donó 500.000 dólares al Washington Policy Center y 400,000 dólares al Competitive Enterprise Institute, dos de los think-tanks más activos en negar el calentamiento global antropogénico, financiados también por la petrolera ExxonMobil» (globalizate.org).

Ante la pregunta de un periodista: ¿Por qué firmó el Protocolo de Kyoto si no cree en el cambio climático?, Aznar sonrió y siguió su camino. Seguro que a los desiertos lejanos, en busca de las armas de destrucción masiva. ¡Qué se pierda!