Cómo llegar hacia una economía verde

Por: Sandra Guzmán. Durante los últimos años hemos escuchado hablar del término “economía verde” en casi todos los congresos, talleres y eventos relativos al desarrollo sustentable y el cambio climático.

No obstante lo anterior, existen diversos enfoques e incluso opiniones sobre lo que es la economía verde, pues mientras algunas personas como Hilda Solís, Secretaria de Trabajo de Estados Unidos, señala que la economía verde es capacitar a los trabajadores americanos en el ejercicio de carreras en industrias especialmente, veteranos, mujeres, jóvenes, afroamericanos, latinos, personas con discapacidades y americanos nativos, en el tema de profesiones verdes; otros como Pavan Sukhdev, uno de los principales impulsores de la economía verde del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), señala que “es necesario una economía ecológica que domine el potencial productivo de la naturaleza a fin de aumentar la biocapacidad de la Tierra y así asegurar el bienestar humano”.

En general, el PNUMA, que es uno de los principales impulsores de la economía verde, señala que se entiende por economía verde, “aquel sistema económico que es compatible con el ambiente natural, que es amigable con el medio ambiente, es ecológico y, para muchos grupos, es también socialmente justo”. Incluso se ha señalado que para considerarse economía verde, debe incluir criterios como “la justicia social, no comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus necesidades; los derechos de los países pobres y de la gente pobre al desarrollo y las obligaciones de los países ricos y de la gente rica de cambiar sus niveles de consumo excesivos; las condiciones equitativas para las mujeres en el acceso a recursos y oportunidades; y asegurar condiciones laborales decentes, además de la democracia y la equidad”.

Lo que es necesario destacar es que, se nombre como se nombre, es decir, economía verde, economía ecológica, o economía baja en carbono como algunos autores la han clasificado, el tema de fondo no es el concepto sino el contenido de lo que esta economía implica en la práctica y el objetivo que la misma persigue.

La economía verde se ha interpretado como aquella redefinición del origen de las inversiones, es decir, las nuevas prioridades de los países en términos de la distribución de los recursos, es pasar de la inversión de combustibles fósiles a la inversión en energías renovables; o de autos altamente contaminantes a autos híbridos o eléctricos, pero lo cierto es que la economía verde en su visión de mantener el crecimiento económico, ha perdido de vista una cosa… que los recursos naturales en el mundo se están acabando.

¿Será que nos encontramos una vez más ante un espejismo? Tal y como le sucedió al concepto de desarrollo sustentable, que fue en su momento un buen pretexto para que las grandes corporaciones pudieran asumirse ambientalmente responsables, pero sin hacer modificaciones en su producción sino en su forma de “empaquetado verde”. Quizá esto pueda ocurrirle a la economía verde, que si bien tiene un fundamento en el cambio de prioridades, esto no necesariamente significa un cambio estructural de fondo de aquello que ha causado el problema climático, pues plantea un modelo bajo los mismos estándares, las mismas instituciones, las mismas técnicas de mercado y las mismas ambiciones del capital y de crecimiento, pero sin una internalización y asimilación de que el tan deseado crecimiento económico está condenando el futuro del plantea y de la humanidad.

Si se trata de un aspecto de fondo, la economía verde buscaría no vender un millón de coches de ocho cilindros sino un millón de coches híbridos. Si bien esto significa una pequeña reducción de emisiones no cambia el fondo del modelo de consumo que ha generado el problema. La economía verde, por lo tanto, debiera significar un modelo de redefinición de prioridades y necesidades en la población y para desgracia de muchos, esto significa respetar a cabalidad el concepto de frugalidad del que tanto se habla pero del que poco se sabe en la práctica, y que se refiere al concepto de vivir con lo necesario para estar bien, sin incorporar aquellas “necesidades” que ponen en jaque al medio ambiente, internalizando las externalidades de las actividades y procesos.

El cambio de dirección

Todo cambio de dirección requiere de un proceso interno de reflexión, esto significa que lograr un equilibrio entre la naturaleza y los 9 mil millones de habitantes que se estima habrá en 2050, requiere de un cambio en el patrón de decisión y de organización. Esta relación requiere de un esquema que privilegie el equilibrio del medio ambiente con la supervivencia humana. Esto es, que aun cuando los hombres y mujeres deseen poseerlo todo, tienen que considerar que al tener eso estarán afectando o generando un desequilibrio en los ecosistemas.

Y como los cambios no se dan de la noche a la mañana, es importante empezar por lo que hoy en día está en nuestras manos, buscando incidir ahora en la redefinición de la organización del futuro, pues mañana no seremos nosotros los que decidiremos.

La economía “verde” o una economía que busque abatir el problema climático y el desequilibrio ambiental, pudiera promover cambios iniciales como:

1) El impulso de actividades cuyo objeto sea el equilibrio ecológico, en el que no sólo se reduzcan emisiones, sino que se planteen actividades de conservación y manejo integrado de los recursos, contabilizando las externalidades de dichas actividades; hoy en día no basta con generar energía con recursos renovables, sino que su desarrollo tenga también beneficios ambientales y sociales.

2) La reducción de incentivos y apoyos gubernamentales a aquellas actividades que están generando trastornos en los ecosistemas, por emisiones y residuos, como los subsidios a los combustibles fósiles, pues es necesario que exista congruencia entre la lucha contra el problema ambiental y la crisis climática y las acciones y prioridades de la economía, es decir, es necesario que se comience a despetrolizar a la economía.

3) La utilización inteligente y congruente de los fondos públicos y privados, invirtiendo en aquellas actividades con menores impactos ambientales, mayores esquemas de eficiencia, menores emisiones de contaminantes, mayores beneficios sociales. Impulsando medidas que sabemos tendrán un impacto positivo no sólo en el ambiente sino incluso en la economía y en la sociedad, haciéndolas costo efectivas, como la inversión en transporte público eficiente, energía renovable, eficiencia energética en todos los sectores, manejo sustentable de los recursos forestales, manejo adecuado de residuos, etc.

4) La creación e instrumentación de mecanismo fiscales para redefinir la base económica de los países, buscando colocar impuestos a las actividades más contaminantes y brindando incentivos a aquellas que promuevan un menor impacto en los ecosistemas; desafortunadamente no podemos esperar a que la población, las empresas y los gobiernos estén conscientes del impacto de sus actividades, por lo que sancionar las malas prácticas es un mecanismo que tenemos que instrumentar con rapidez, o de lo contrario, podremos esperar a que sea la naturaleza la que cobre el descuido.

5) Y cuando de recursos se habla, es necesario redefinir los esquemas y las prioridades, hoy no se trata sólo de hablar de mecanismos de financiamiento, se trata de hablar de las necesidades que tenemos que atender con urgencia y de los planes que podemos desarrollar para emprender medidas integrales de bienestar humano, sin arriesgar el futuro y buscando el equilibrio con los ecosistemas.

Y finalmente, pero no menos importante, sino como factor de relevancia para nosotros los humanos, es que:

6) Ningún “crecimiento o economía verde”, puede estar disociado de un bienestar humano y social, esto es, que no basta con incrementar nuestro Producto Interno Bruto, e invertir en transporte eficiente y energía “limpia”, si esto no se hace con el objetivo de brindar beneficio y un mayor bien para el mayor número de personas. No hay crecimiento “verde” sin una integración social con el medio ambiente, y quien no lo conciba en su integralidad, estará sólo lucrando con el medio ambiente profundizando las brechas sociales y las desigualdades, y ello sólo asegura una aceleración del pronóstico que auguran los científicos pero se niegan a entender los políticos.

Lo anterior debe venir acompañado de un fuerte apoyo a la difusión de información, además de un claro y prioritario énfasis en la educación a todos los niveles, para promover el necesario cambio de actitud y de acción, frente a los retos que trae consigo la devastación del ambiente, del que todos somos responsables de alguna forma.

La denominada economía verde, o la ola de interés de los empresarios y políticos por los aspectos ambientales, debe significar un impulso a la conciencia social, que implica un cambio definitivo de actitud y de reconocimiento de que el mundo ya no es como antes, y de que no podemos mantener el patrón de consumo, y de que el “sueño americano” ya no tiene cabida en este mundo. Y eso no debe significar un retroceso a la humanidad, sino que debe verse como una oportunidad para replantear las necesidades buscando un equilibrio de los ecosistemas con el bienestar social.

Hoy en día las instituciones no bastan para hacer frente a las demandas que hace el planeta, pues su visión sólo representa un segmento de la población. Las instituciones deben internalizar el problema de cambio climático, replantear sus inversiones y redefinir sus prioridades; la inversión del 90% del recurso del sector transporte no puede seguir destinado a construir carreteras, el 80% de los recursos del sector energético no pueden seguir yendo a la exploración y a la producción del petróleo.

El sector privado no puede seguir en esta tendencia de crecimiento depredador, hoy el capital privado representa un porcentaje importante en el mundo, y su destino tiene que considerar aspectos sociales y ambientales, finalmente los empresarios no están exentos de sufrir los impactos del cambio climático y tienen la responsabilidad de promover la inversión y la mejora de las condiciones socio-ambientales.

La ciencia y la tecnología deben avanzar en la consecución del equilibrio ambiental, no en la promoción de la profundización del problema. Hoy la “innovación tecnológica”, traducida en la energía nuclear y en la captura y almacenamiento de carbono, es una muestra del espejismo de la “superación”. Un real combate al problema climático no comienza con la búsqueda de nuevos mecanismos para mantener el consumo, hoy el real combate es la reducción del consumo y la satisfacción de las necesidades, no condenando el conocimiento y aprendizaje, sino redefiniendo la interacción con el entorno.

Los “pragmáticos” podrían decir que es utópico, los “radicales” que no es suficiente, pero la realidad es que ningún modelo de “economía arcoiris” -por no mencionar el color-, que no internalice los reales impactos del cambio climático, que no incluya el respeto a los derechos humanos, la equidad de género y los criterios de equilibrio socio-económico-ambiental, podrá funcionar de manera integral, es decir, tiene que considerar la escasez de los recursos, los cambios e impactos del clima en la producción, las amenazas sociales y la vulnerabilidad de comunidades, poblaciones urbanas, mujeres y hombres, el alza de los precios, y el desgaste ambiental traducido en fenómenos hidrometeorológicos hoy fuera del control humano, entre otras cosas.

Entonces no hay que engañarnos, la economía verde no es incrementar la maquila de celdas solares, o producir sólo autos híbridos, y si es así, entonces la llamada economía verde, no es la solución al problema y seguimos sin querer ver la gravedad y el reto que tenemos frente a nosotros como humanidad. Aún estamos a tiempo de cambiar.

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