Por: Xurxo Fernández

Sabios de antaño quisieron convencernos de algo que era obvio: que conviene que nos preocupemos de nuestro entorno. Que si no lo hacemos, que si lo maltratamos, la naturaleza se rebela.
Esa idea la encontramos ya en Plinio, que tenía clara la interacción entre la Tierra y sus habitantes.

Y no es difícil colegir que el bueno del naturalista estaba seguro de que el hombre era el peor de entre todos ellos. Y en ello coincidía con el dramaturgo Plauto, el autor de Asinaria: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit (“Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”). Frase que, muchos siglos después, sería popularizada por Thomas Hobbes: Homo homini lupus (simplemente, y mucho más claro: “El hombre es un lobo para el hombre”).

En nuestros días, el químico James Lovelock ha postulado la Teoría de Gaia, a partir de la que, sintetizando mucho, podríamos aventurar que existe una inteligencia global en nuestro planeta que le permite generar medidas para su defensa.

Parece de ciencia ficción, pero todo apunta claramente a que no lo es. El interesante novelista alemán Frank Shätzing plasmó en El quinto día (Planeta) esa tesis. El resultado fue demoledor. Creo sinceramente que ese libro contribuyó mucho a concienciar a muchísimos miles de lectores sobre lo que de verdad significa el respeto a la naturaleza. Y, sobre todo, que si no lo hacemos, es ella misma quien se va a encargar de vengarse de forma cruel, pandémica e irreversible.

A Al GORE. Lo critican dos tipos de personas: los muy escépticos –aquellos que, por pensar, tienen derecho a serlo; es decir: pocos– o la ultraderecha capitalista –aquella que no razona; es decir: muchos–. Al Gore, ex vicepresidente de EEUU (con Bill Clinton) y Premio Nobel de la Paz, lleva muchos años encabezando una cruzada en torno al cambio climático.

Nadie le hizo caso al principio, como tampoco hizo caso nadie a los Protocolos de Kioto. Pero no ha cejado de intervenir sobre el tema siempre que ha podido. Incluso se mereció un Oscar al mejor documental en 2006 por el fascinante Una verdad incómoda. Ahora reaparece, en Planeta, La Tierra en juego, que había sido editado por vez primera en 2007 –el año en que le fue otorgado el Nobel–, y que era la continuación de su ya clásico Earth in the Balance: Ecology and Human Spirit, de 1992.

Decir que es imprescindible es una obviedad. Léanselo. Les apasionará. Se trata de algo fundamental en lo que absolutamente todos los humanos nos jugamos nuestro futuro.

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