De escépticos a cínicos

Aunque innumerables investigaciones científicas demuestran que el cambio climático es real y causado fundamentalmente por las actividades humanas, un sector del público (principalmente representates de corporaciones contaminadoras y explotadoras)sigue desconfiando de la ciencia. Ello se debe a las dudas planteadas por los escépticos del cambio climático en los medios de comunicación, y a la falta de una actitud crítica de la gente hacia los escépticos. El culto desmedido a la fama, y el ensalzamiento que de ésta se hace a menudo en los medios de comunicación, hacen que las opiniones de sujetos sin conocimientos científicos e incluso con bajo nivel cultural queden a la misma altura o más que las expresadas por científicos. Y de eso se aprovechan los escépticos para diseminar el mayor número posible de opiniones escépticas por los medios de comunicación.

Con la maniobra, los escasos científicos escépticos (que a menudo están vinculados a corporaciones del sector de las energías sucias) quedan magnificados y el punto de vista que defienden parece tener tanta credibilidad como el dictamen del resto de la comunidad científica. Hábilmente, los escépticos presentan la cuestión como de opinión, y no como de un hecho y la negación del mismo, y cuando no pueden negar que hay un cambio climático en marcha, optan por restarle importancia o por atribuirlo exclusivamente a causas naturales y cíclicas. Por el mero hecho de aparecer en televisión, hablar por la radio o escribir en un periódico, todos los comentarios logran la misma credibilidad ante ese sector del público poco acostumbrado a cuestionar lo que se dice en los medios de comunicación. Como resultado, esa gente puede considerar que el cambio climático es una cuestión científicamente controvertida, cuando en realidad sólo es controvertida por lo que tiene de conflicto de intereses comerciales.

En la actualidad, desde distintas corrientes sobre todo de medios de comunicacion se están levantando voces que se autoproclaman “objetivos y apolíticos” incluso algunos “progresistas” al ocultar, bajo su pretendido realismo, una gran dosis de cinismo, porque su falacia (que sigue manteniendo la vieja práctica de explicar fenómenos naturales complejos a partir de deducciones simplistas) contribuye al mantenimiento del “status quo” en lugar de proponer soluciones sociales.

El escepticismo parece un buen refugio en tiempos en que ya se decretó el fin de las utopías, el fin del socialismo e incluso el fin de la historia. Es más cómodo decir que no se cree en nada, que todo es igual, que nada merece la pena. El socialismo habría devenido en tiranía, la política en corrupción, los ideales en intereses. La naturaleza humana sería esencialmente mala: egoísta, violenta, propensa a la corrupción.

En ese escenario, solo restaría no creer en nada, por lo que es indispensable descalificar todo, adherir a cambalache: nada es mejor, todo es igual. Ejercer el escepticismo significa tratar de afirmar que ninguna alternativa es posible, ninguna tiene credibilidad. Unas son pésimas, otras imposibles. Algunos medios, como ya fue dicho, son máquinas de destruir reputaciones. Porque si alguien es respetable, si alguna alternativa demuestra que puede conquistar apoyos y protagonizar procesos de mejoría efectiva de la realidad, el escepticismo no se justificaría.

En realidad el escepticismo se revela, rápidamente, en la realidad, ser un cinismo, tanto el uno como el otro, una justificación para la inercia, para dejar que todo continúe como está. Aún más que el escepticismo-cinismo está al servicio de los poderes dominantes, que acostumbran emplear esos otavinhos (1) dándoles espacio y empleo.

Su discurso es que el mundo está cada vez peor, al borde de la catástrofe ecológica -todo se desmorona- y otros cataclismos. Promueven esa visión pesimista, incitan al escepticismo y a sumarse a la inercia, que permite que los poderosos sigan dominando, los explotadores sigan explotando, los engañadores –como ellos– sigan engañando.

Por más que digan que todo está peor, que el siglo pasado fue un horror –como si el mundo estuviera mejor en el siglo XIX-, que nada merece la pena, no pueden analizar la realidad en concreto. Para no ir más lejos, basta contemplar América Latina, tema sobre el cual la ignorancia de esa gente es especialmente acentuada. Imposible no considerar que el siglo XX fue el más importante de su historia, el primero en que la región comenzó a ser protagonista de su historia. De economías agro exportadoras, se avanzó a economías industrializadas en varios países, a la urbanización, a la construcción de sistemas públicos de educación y de salud, al desarrollo del movimiento obrero y de los derechos de los trabajadores.

Pero bastaría concentrarnos en el periodo reciente, en el mundo actual, para darnos cuenta de que las sociedades latinoamericanas –el continente más desigual del mundo– o por lo menos la mayoría de ellas, avanzaron mucho en la superación de las desigualdades y de la miseria. Aún más en contraste con los países del centro del capitalismo, referencia central para los escéptico-cínicos, que giran en falso en torno a políticas que América Latina ya superó.

Las poblaciones de Venezuela, Bolivia, Ecuador, están viviendo mejor que antes de los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. La Argentina de los Kirchner está mejor que la de Menem. El Brasil de Lula y de Dilma está mejor que el de Fernando Henrique Cardoso.

Pero el escepticismo-cinismo desconoce la realidad concreta, no conoce la historia. Es pura ideología, estado de ánimo, que da cabida a los poderosos, partido que escogieron, al optar por dejar el mundo como está. Trata de difundir sentimientos de angustia frente a los problemas del mundo, pero es solo un cebo para transmitir mejor su compromiso para que el mundo no cambie, continúe igual. Incluso porque la vida está bien buena para ellos que comen de la mano de los ricos y poderosos.

Ser optimista no es desconocer los graves problemas de todo orden que vive el mundo, no porque la naturaleza humana sea mala por esencia, sino porque vivimos en un sistema centrado en el lucro y no en las necesidades humanas: el capitalismo, en su fase neoliberal. Desconocer las raíces históricas de los problemas, no comprender que es un sistema construido históricamente y que, por lo tanto, puede ser desconstruido, que tuvo un comienzo, tiene un punto medio y puede tener un final. Que la historia humana es siempre un proceso abierto a alternativas y que triunfan aquellas que logran superar ese escepticismo-cinismo que lleva agua a su molino para dejar todo como está, apuntando a la acción consciente, organizada, solidaria de los hombres y mujeres concretamente existentes.

Emir Sader, sociólogo y cientista brasileño, es secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

(1) (NDLT) En Brasil, personajes típicos del neoliberalismo, que promueven el desencanto de la izquierda para intentar imponer la idea del tango Cambalache: Nada es mejor, nada todo es igual.



PUBLICIDAD



Comparte este artículo

      
Home » PORTADA » De escépticos a cínicos
Mas acerca de...     , ,


QUIERES SABER MAS...

Diario Ecologia en tu email:

   



Ahora en portada

PUBLICIDAD