
Por Guillermo Alvarado
La transnacional British Petróleum anunció hace pocas horas que finalmente, tras 87 días de derramar millones de litros de crudo a las aguas del Golfo de México, se logró contener la fuga que amenaza convertir esa zona rica en biodiversidad en un segundo y enorme mar Muerto.
Si bien la noticia es buena, consideramos que es muy temprano aún echar las campanas al vuelo, toda vez que el tapón es una medida provisional y que aún no está suficientemente comprobada su eficacia.
Los expertos afirman que la solución final del vertido sólo llegará cuando se terminen de perforar varios pozos auxiliares, algo que se espera ocurrirá en el mes de agosto, aunque la verdad es que estamos ante un océano de incertidumbres porque la situación es inédita. Nunca se había trabajado tan profundo y tan lejos de la costa y, a ciencia cierta, nadie sabe que ocurrirá.
De lo que no queda ninguna duda es que la tragedia ya ocurrió. Sellar el pozo es sólo un episodio en la lucha por reparar los daños, pero a medida que transcurren los días existe más claridad de que la vida en ese lugar nunca volverá a ser la misma.
No importa cuanto dinero vaya a pagar la BP a los damnificados, que además sabemos que sus ejecutivos tratarán de que sea lo menos posible, ni cuantas órdenes ejecutivas emanen de la Casa Blanca. Nada de eso podrá devolver la existencia a un solo pez, un sólo delfín o crustáceo, a una sola familia de algas, de los cientos o miles que perecen todos los días como consecuencia de la contaminación.
Resulta absurdo que se pretenda hacer creer a las comunidades de pescadores en Luisiana que la costa y los pantanos serán sanados y reparados, que todo volverá a ser mejor que antes.
Ellos saben muy bien que NO sólo sus ingresos económicos están bajo amenaza, sino que todo su modo de vida, su cultura, sus tradiciones, su historia y su forma de organización social corren el peligro de desaparecer junto con las especies que durante siglos les han acompañado desde la cuna hasta la tumba.
Recientemente la secretaria ejecutiva de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Cristiana Figueres, aseguró que la humanidad debería aprender la lección dejada por la tragedia ambiental en el Golfo de México y comprometerse de manera seria en un esfuerzo por buscar otras fuentes de energía menos peligrosas.
Pero al mismo tiempo que los gobiernos busquen esta “mezcla más saludable de combustibles” que demandó Figueres, es necesario también que se le pongan límites a los poderes, hasta hoy casi absolutos, a las grandes corporaciones transnacionales, que están haciendo, literal y prácticamente, lo que les da la gana con nuestro planeta.
La British Petróleum se jactó en su momento de haber perforado tan profundo en el mar, como alto vuelan los aviones en el cielo. Hoy sabemos que carecían de un plan para el caso de ocurrir un accidente, como el de la plataforma Deepwater Horizon.
También se conoce que logró la autorización del gobierno de Estados Unidos para perforar en esas condiciones, a pesar de que había sido citada previamente por 760 violaciones al medio ambiente y la seguridad.
No hubo nunca un espíritu previsor, ni en las autoridades, ni en los funcionarios de la transnacional, que actúan como si la naturaleza fuese también de su propiedad o como si sus ingenieros estuviesen más allá de la reiterada facultad humana de equivocarse.
Hoy por fin dan una nota positiva, pequeño lunar blanco en una extensa mancha negra de aceite y veneno y por eso no creemos en vuelos de campanas. El toque, sigue siendo funerario.
Comparte este artículo

