ecobioball-de-golf

Por: Pio Garcia
El 8 de julio del 2009, unos científicos americanos se marcharon a Escocia y montaron una expedición para, de una vez por todas, encontrar huellas del célebre y esquivo monstruo del Lago Ness. Cogieron un aparato sumergible, le instalaron varias cámaras, lo hundieron y se pasearon ojo avizor por el oscuro lecho lacustre. No hallaron ni una sola prueba del supuesto bicho prehistórico, pero el fracaso no les importó demasiado. A cambio, pudieron avistar un panorama insólito, sorprendente, que les dejó con la boca abierta. Sobre la arena del fondo, como si fueran los vestigios de una pesadilla surrealista, descansaban más de cien mil pelotitas de golf.

El misterio tiene una explicación prosaica: se cree que los lugareños y los turistas han venido utilizando las orillas como plataforma de entrenamiento. Los entusiastas aficionados se colocaban frente al agua, sacaban el palo, componían la figura, golpeaban la bola con fuerza y observaban dónde caía. Así han ido sembrando el Lago Ness de pelotitas de golf, un caso que puede parecer extremo, pero que seguramente no es raro: a saber cuántas bolas se han ido depositando, por ejemplo, en el Mar Mediterráneo o en el Océano Atlántico.

No hay estudios concluyentes que especifiquen el daño ambiental que pueden causar, pero se estima que tardarán en desintegrarse más de cien años y se sabe que su núcleo, compuesto por materiales pesados (zinc, tungsteno), no resulta precisamente inocuo. Preguntado por la CNN, el diputado ecologista escocés Patrick Harvie resumió el hallazgo con una sentencia: «Desde la luna hasta el fondo del lago Ness, el hombre ya ha ensuciado con sus bolas de golf los lugares más inaccesibles». Las palabras de Harvie no son en absoluto exageradas: en 1971, el astronauta Alan Shepard se dio el gusto de tirar unas bolas sobre la superficie lunar.

Albert Buscató un empresario español jamás había pensado en esto. Hijo del mítico jugador de baloncesto Nino Buscató, el joven Albert se destrozó la rodilla varias veces y pronto decidió que su destino no estaba escrito en las canchas, sino en la tierra. Estudió Ingeniería Técnica Agrícola y trabajó en una empresa de protección de cultivos hasta que decidió marcharse a Estados Unidos para mejorar su inglés. Allá hizo amigos y un día decidió acompañar a uno de ellos a practicar golf en los muelles de Manhattan. «Yo no era aficionado -explica-, pero estaba aburrido y no tenía nada mejor que hacer». Minutos después, se encontraba en un pasillo cerrado, con una red al fondo, en la que los deportistas golpeaban y golpeaban bolas sin mucho fundamento. «No veías nada. Ni dónde caía ni si cogía efecto ni si iba muy lejos. Nada. Siempre acababa en la red», indica Albert. Las pelotitas no podían caer al mar porque las autoridades prohibían arrojarlas al agua.
Cuando regresó a su casa, Albert Buscató repasó la extraña experiencia que acababa de vivir y tuvo una idea. Pensó en fabricar una bola biodegradable, que no sólo no ensuciara el medio ambiente, sino que trajera algún beneficio. Entonces empezó lo más difícil. «De la idea a la muestra física pasaron dos años -recuerda-. Dos años muy duros para encontrar los materiales, para buscar proveedores y, en definitiva, para levantar una empresa de la nada».

La firma de Buscató, Albusgolf, ya ha creado la ‘ecobioball’ y ahora afronta su comercialización. Un profano apenas encontraría diferencias físicas con una bola normal, pero al contacto con el agua, la cubierta (confeccionada con polímeros sintéticos) se deshace a las 24 horas y empieza a liberar el contenido de su núcleo, compuesto de un pienso similar al que se emplea en los cebos de pesca. La ‘ecobioball’ no se ha hecho para jugar torneos, sino para practicar un solo golpe en yates, en hoteles, en las playas o en las orillas de lagos y ríos. Según su creador, su respuesta se asemeja bastante a la que se obtiene con las bolas que se usan en los campos de prácticas: «En el caso de los hierros cortos, la distancia es muy similar; con los hierros largos, llega hasta el 80% de la distancia habitual; y, con las maderas, se alcanza un 70%». Son capaces de soportar impactos de hasta 1.000 kilos y velocidades de 200 kilómetros hora. La ‘ecobioball’ no es la primera bola biodegradable del mercado, aunque sí la única cuyo corazón se descompone en alimento para peces.

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