El #fracking, la nueva pesadilla energetica para el #medioambiente

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Por: Jonathan Gil Muñoz. El hombre desde antiguo ha ideado y pulido mil y una formas de aprovecharse de los recursos naturales que le ofrecía su entorno. Ya en nuestra era moderna, los métodos han seguido evolucionando gracias a los adelantos tecnológicos, que hemos sabido aprovechar para poner sobre la mesa una gran catálogo de herramientas que nos pueden servir para conseguir esa energía que demanda nuestra sociedad actual. La energía eólica, la solar, la geotermia o la mareomotriz pertenecen a esa familia de “instrumentos” que sacan jugo de forma sostenible a las inagotables fuerzas de la Naturaleza. En este momento, en el que ya sabemos el camino energético a seguir, al menos, aparecen los viejos fantasmas del pasado. Un negro nubarrón sobre el horizonte apodado fracking.

Un riego totalmente innecesario.
Por desgracia, aunque la palabra suene a esnobismo, en algunas regiones, es ya conocida ampliamente. Se trata de la extracción de la misma roca madre de gas pizarra. Para ello se practican unos pozos al estilo petrolero de hasta cuatro kilómetros de profundidad. Después se proyecta, a alta presión, miles de litros de agua, mezclados con arena y una serie de productos químicos que consiguen fracturar la roca donde ha quedado atrapado el gas.

Veamos, el fracking o fractura hidráulica utiliza en primer lugar miles y miles de litros de agua. Un recurso que ahora puede ser abundante, pero ya sabemos cómo se las gasta la climatología , lo que hoy es abundancia el próximo año puede ser escasez. Ese agua, junto con los productos químicos que se utilizan y las piedras fracturadas a miles de metros de profundidad, pueden contaminar los acuíferos subterráneos. No hace falta ahondar mucho en esto, si llegan a los ríos subterráneos podemos acabar de un plumazo con los ecosistemas que dependan de ellos, así como con nuestros campos de cultivo y por último con nuestra salud.

Luego están las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero que libera la puesta en escena del fracking, la contaminación acústica, el impacto paisajístico, el daño de su instalación en parajes naturales… Y por si fuera poco también tenemos los terremotos. En el Reino Unido ya se han dado casos de movimientos sísmicos como consecuencia
del fracking, reconocidos por las propias empresas responsables. Vale que muchas de estas afecciones derivadas de la fractura hidráulica pueden subsanarse aplicando las mejores técnicas disponibles para la explotación del gas de pizarra o de esquisto, pero ¿realmente merece la pena ponerse a taladrar el subsuelo de nuestro entorno en busca de un combustible fósil? Si es que ya su “apellido” nos debería producir rechazo. El futuro es otro, es renovable.

La emoción de sentir lo natural

La plataforma que han montado las empresas de fracking  no ha tardado, como es natural, en querer calmar los ánimos, intentando llevar el debate a un plano “científico”, lejos del de las “emociones”, como ha llegado a apuntar su portavoz. Que en EE.UU, Francia, Alemania o Gran Bretaña se hayan impuesto moratorias a esta industria del fracking parece que no debe tener la menor importancia, seguro que son casos infundados, dirán. Pero aunque les cueste reconocerlo la fractura hidráulica suscita dudas científicas, eso como poco. Y a propósito de las “emociones”, ¿vivimos en cápsulas herméticas en el espacio o en pueblos y ciudades que dependen de la salud ambiental de nuestro entorno? ¿Es que no se les remueve algo por dentro cuando ven un paraje antes natural convertido en un páramo inhabitable? En resumen, que deberíamos estar ya hartos de que nuestro país sea el último “paraíso” para todas esas industrias proscritas, vaya, que por algo será.









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