Esta increíble máquina convierte la contaminación del aire en joyas

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Dann Roosegaard, un artista holandés de 36 años, tuvo una extraña inspiración para crear sus obras: la polución. Después de quedar fascinado con Beijing (China) y visitarla varias veces, descubrió que las ciudades modernas debían ser habitables otra vez. “Como artista siempre trabajo con el mundo alrededor, que me maravilla y que me irrita. Quería ser parte de eso y usarlo como un ingrediente para crear, para diseñar”, dijo cortante y con ese inglés gutural propio de quienes viven en los Países Bajos.

Una de sus obras está ubicada en un espacio verde en Vierhavensstraat, un barrio de la ciudad de Rotterdam, en Holanda. Se trata de una torre de siete metros de altura, cubierta con unas láminas de metal que cuando se abren en la parte superior toman la forma de un robot gigante o de un transformer. “En este momento estamos en uno de los lugares más limpios de Rotterdam”, dice Roosegaard.

De hecho, estar ahí lo obligaba a uno a ser más consciente de la respiración y del aire que entra a los pulmones, comúnmente infestado de partículas microscópicas de esmog. El aire no era el mismo de siempre, por el contrario, tenía la textura de ser liviano y purísimo. “Creando espacios donde la gente pueda sentir la diferencia, oler la diferencia, es clave para crear un movimiento de la conciencia. De una u otra forma estás creando tu propia utopía”, remata el artista.

La estructura llamada “Smog Free Tower” (“Torre libre de esmog”, en español) fue construida con un grupo de expertos, entre diseñadores e ingenieros, durante dos años. Es capaz de limpiar 35.000 m3 de aire por hora, que equivale a un estadio de fútbol al día o a un barrio pequeño de Rotterdam. Ese aire se purifica en un 75 % y no utiliza más electricidad que una caldera de agua, es decir, entre 1.100 y 1.400 watts.
 

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El mecanismo es simple física en acción. Consiste en un campo electromagnético que carga las partículas del aire positivamente. Para ponerlo en términos más sencillos, es imaginarse la frotación de una bomba sobre la cabeza de una persona. Los pelos se ponen de punta porque los iones se cargan positivamente. Ese mismo principio electrostático sucede con el esmog: que se atrae a la torre y se carga con ionización positiva limpiando las partículas sucias.

Las partículas de esmog recolectadas lucen como un puñado de polvo que, a simple vista, serían un desperdicio. Sin embargo, el 42 % del esmog es carbono y cuando este elemento es puesto bajo mucha presión se obtienen diamantes. Entonces el esmog recolectado se comprime, se deposita en un cubo transparente y el resultado final es una joya, sostenida sobre un aro de acero, cuyo valor oscila entre los 50 y 250 euros. Comprando una de ellas, como explica Roosegaard, se le están donando 1.000 m3 de aire puro a la ciudad donde está la torre.
 
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El prototipo ha viajado a Mumbay, Kazajistán, Beijing y París. Ahora se prepara para un tour mundial que no siempre es visto con buenos ojos por los gobernantes. Según Daan Roosegaard, muchas ciudades no quieren enfatizar en su polución. “La idea tampoco es venderlo a un particular, sino que la gente se beneficie”, sostuvo Lidi Brouwer, miembro del estudio Roosegaard, donde nació el proyecto. Por eso, la torre no busca ser una solución final, sino una experiencia sensorial a la que se unan gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y la misma industria.
¿Qué tenemos que hacer para que una ciudad esté libre de esmog?, se pregunta el artista. De acuerdo con cifras del Estudio Roosegaard, en Holanda las personas viven nueve meses menos por culpa de la polución con contaminantes en el aire que son invisibles. Pero existen países como China o México donde el esmog permanece como una capa o bruma gris que cubre la ciudad.