
Dependiendo de su tonalidad, la superficie del agua está más o menos fría, generando cambios en los patrones de circulación del aire. Un cambio en el color de las aguas oceánicas podrían tener un impacto significativo en la cantidad e intensidad de los huracanes.
Un equipo de científicos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) realizó simulaciones de esos cambios en modelos informáticos para el Pacífico Norte, donde se forman más de la mitad de los vientos huracanados del mundo.
El principal factor es el tinte verde que toma el agua del océano cuando hay grandes concentraciones de clorofila, un pigmento que ayuda al fitoplancton a convertir la luz solar en alimento para el resto del ecosistema marino.
Sin clorofila, la luz solar penetra más profundamente en el agua, y la superficie queda más fría.
El agua fría, en tanto, causa cambios en los patrones de circulación de aire, que hacen que los vientos fuertes se mantengan altos, lo cual tiende a impedir que las tormentas desarrollen la superestructura necesaria para poder convertirse en huracanes.
Los huracanes prefieren la clorofila
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