Ideas para enfriar el planeta

A pesar del Acuerdo de Kyoto, hace once años, en el que 37 países se comprometieron a reducir sus emisiones en un 5%, la temperatura del planeta continúa su escalada manteniendo vivos los más catastróficos vaticinios para este siglo.

Algunas soluciones extremas para reversar la fiebre que sufre la Tierra han comenzado a barajarse. Viejas y nuevas ideas sobre cómo frenar el cambio climático, censuradas por sus posibles consecuencias y dilemas morales, han regresado a la mesa de los científicos.

Un grupo de las propuestas apuntan a reducir el CO2 que se ha ido acumulando en la atmóstera desde que comenzó la revolución industrial y que es el principal factor responsable del calentamiento del planeta. Otro grupo de propuestas pretende frenar la luz que llega a la Tierra, para provocar un leve enfriamiento. Unas y otras forman parte de una ciencia que comienza a ganar adeptos: geoingeniería. En pocas palabras, cómo remodelar la esfera terrestre.

Al primer grupo de propuestas pertenece la de convertir los océanos en pulmones más poderosos que capturen el exceso de CO2. ¿Cómo? Fertilizando los mares con hierro. Al hacer esto, se estimularía el crecimiento del plancton, el conjunto de organismos microscópicos que forman la base de la cadena alimentaria marina. El plancton, como las plantas, utilizan el CO2 para producir su energía.

Otros científicos han desempolvado una vieja propuesta, que pertenecería al segundo grupo, del físico Mikhail Budyko. En 1974, este ruso sugirió que si el planeta se sobrecalentaba, inyectando varios millones de toneladas de dióxido de azufre al año podría reducirse la temperatura. El dióxido de azufre reacciona con las moléculas de oxígeno y agua en la estratosfera, formando diminutas gotas que funcionan como espejos reflejando la luz del Sol e impidiendo que alcancen la superficie terrestre.

La idea del ruso no tiene nada de antinatural. Cada vez que explota un volcán, millones de toneladas de esta sustancia van a la atmósfera y el efecto sobre la temperatura es evidente. En 1991, cuando erupcionó el Monte Pinatubo en Filipinas, la temperatura del planeta descendió un grado.

Tom Wigley, del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (EU), defiende esta idea. Para ejecutarla se podrían utilizar aviones o incluso globos especiales. Lo cierto es que esta solución costaría en promedio 25 dólares por cada ciudadano de los países desarrollados.

Científicos como Sephen Salter, un ingeniero marino de la Universidad de Edimburgo, han puesto sus ojos en las nubes y en cómo hacerlas más reflectivas para responder a la amenaza climática. Una de las sugerencias es rociar con agua de mar la atmósfera. De esta manera, las partículas de sal que se formarían al evaporarse el agua se aglutinarían en las nubes, convirtiéndolas en espejos. Salter ha aconsejado crear barcos gigantes que funcionen con energía eólica y que tengan la capacidad de succionar agua y rociarla en la atmósfera. Una flota de 1.500 de estos barcos podría hacer el trabajo.

Y si el problema es la luz solar, ¿por qué no pensar en una sombrilla? Ese parece haber sido el razonamiento de Roger Angel, director de un observatorio en la Universidad de Arizona. Colocar algunos millones de pequeños discos reflectores a una distancia cercana al millón de millas (donde la fuerza de gravedad de la Tierra y el Sol se equipara) cumpliría la función de una sombrilla sobre nuestro planeta. Los platillos tendrían un sistema electrónico que les permitiría navegar según coordenadas satelitales.

Riesgos – Por ejemplo, más dióxido de carbono atrapado en los océanos elevaría su nivel de acidez con consecuencias impredecibles y bombardear con dióxido de azufre la estratosfera reviviría un problema que parece controlado: el agujero en la capa de ozono con sus fatales consecuencias para los humanos, pues se incrementarían los cánceres de piel. También están los argumentos morales.