La ciencia lo confirma. El cerebro humano funciona mejor en la naturaleza

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El ser humano avanza de manera acelerada hacia las ciudades, concentrándose en grandes manchas urbanas. Datos del 2014 mostraban que el 54% de la población o 3.9 mil millones de personas vivía en una ciudad. Tendencia que ha sido proyectada a 6.4 mil millones en 2050. Asimismo, cada vez son menos las ciudades las que concentran la gran mayoría de las personas: 1 de cada 5 migrantes en todo el mundo viven en solo 20 ciudades. Otro reporte reciente muestra que para el 2025, unas 40 megaciudades tendrán un rol similar o de más importancia que naciones enteras.

Según investigadores de la Universidad de Exeter, una zona del cerebro vinculada con un estado de calma meditativa se activa cuando las personas contemplan imágenes rurales. Imágenes urbanas tienen un efecto retardado en el que una parte del cerebro involucrada en procesar la complejidad visual predomina en el cerebro.

“Al mirar un ambiente urbano el cerebro tiene que hacer mucho procesamiento, debido a que no sabe qué es este ambiente”, dice el profesor Ian Frampton. “El cerebro no tiene una respuesta inmediata natural, por lo que se pone a trabajar. Parte del cerebro al lidiar con la complejidad visual se activa como diciendo ‘¿Qué es lo que estoy viendo?’ Incluso si has vivido en una ciudad toda la vida, parece que tu cerebro no sabe realmente qué hacer con esa información y tiene que procesarla”. En otras palabras, los paisajes urbanos hacen que nuestro cerebro gaste energía y tenga que dirigir recursos que podrían utilizarse en otra cosas: las imágenes rurales “producen una respuesta mucho más quieta”, dicen los investigadores. Es esta una de las varias razones por las que el campo nos relaja y la ciudad nos estresa (seguramente podrían analizarse también los tipos de ruidos, los colores y los patrones simétricos de los distintos ambientes los cuales deben de tener efectos importantes).

A la luz de las cifras sobre la migración urbana podemos preguntarnos si, ¿es esto una especie de marcha contranatura o al menos contra la marea interna del bienestar? ¿Somos víctimas de la necesidad económica, de perseguir un trabajo en la urbe? Es por ello que vivir en el campo, para algunos es una forma de estatus, algo que a veces se piensa sólo los ricos pueden lograr, aunque en realidad también las personas que no tienen intereses por tener mucho dinero y adquirir muchas cosas pueden, de manera humilde, vivir bien en el campo. Al final, esa vida tranquila podría ser mucho más feliz, libre de las falsas necesidades del consumismo.