La publicidad y la búsqueda de la imagen más limpia

Por: Antonio Gallardo
Pérdida progresiva del preciado ozono; casquetes polares derritiéndose a una velocidad de vértigo; cientos de especies que se aproximan de manera preocupante a la crítica barrera que separa la extinción de la existencia. No es otra cosa que el imparable cambio climático, un proceso que no ha parado de ocupar portadas en revistas y periódicos de todo el mundo. Tanto es así, tanta es su fama, que la publicidad no ha podido evitar postrar sus ojos en él. Aunque, ¿de manera ética y transparente?.

El último reclamo del mundo publicitario ha sido subirse al carro de lo ecológico, de lo biodegradable, de lo que se encuentra en clara armonía con el medio ambiente.

Y es que, de alguna forma, muchas compañías de diferentes sectores se afanan en usar el cambio climático como un mero conejillo de indias para el marketing. Industria del automóvil, petrolíferas, eléctricas; compañías que muy complicado tienen el poder trabajar con el medio ambiente codo con codo, sin estorbarse el uno con el otro. Por lo menos como actualmente se conciben. Máquinas capitalistas en busca del mayor rendimiento posible. Un lobo vestido con piel de cordero.

El ojos que no ven, corazón que no siente, es una de las frases abanderadas de muchas compañías a la hora de publicitarse. Mientras por un lado éstas hacen un uso corrosivo del planeta, por el otro, se muestran a través de los medios de comunicación como impolutas e inmaculadas en por supuesto, clara armonía con lo que nos rodea. Falso.

La sociedad no necesita un regalo ocular. La sociedad necesita hechos. Cosas palpables. Para ello, por ejemplo, necesita urgentemente que los fabricantes de coches se tomen en serio el cambio climático y no lo usen tan sólo como un tema más de marketing. Por un lado inundan todos los días con anuncios de modelos ecológicos, y por el otro llevan 17 años intentando aguar, retrasar y minar una legislación europea que limite de forma obligatoria las emisiones de los coches vendidos en el viejo continente.

Las centrales eléctricas son una de las mayores fuentes de contaminación. Según José Luis García, responsable de la campaña Cambio Climático y Energía de Greenpeace, las subvenciones que reciben las centrales térmicas, que superan los 2.500 millones de euros, “son un regalo por contaminar”. En palabras de este ecologista “el dinero destinado a subvencionar el carbón nacional en dos años equivale a lo que costaría financiar los proyectos eólicos necesarios para producir la misma electricidad que la que produce ese carbón”. Pero en la televisión y demás medios, son etiquetadas de limpias gracias a la publicidad.

¿Porqué intentar esconder una realidad? El hombre es el único animal que se tropieza en la misma piedra. El problema radica, que no habrá oportunidad a un segundo tropiezo. La piedra, ni el planeta, volverán a estar para reproducir la escena. Una pena.

La Pluma Afilada