La tierra es plana, el cambio climático es una mentira

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Suelen algunos historiadores referirse a la Edad Media como una época de oscurantismo en la que los dogmas de la Iglesia impedían el avance de las ciencias. Los científicos emergentes de entonces tuvieron que pagar cara la osadía de contravenir lo indicado en las Sagradas Escrituras y la palabra de la autoridad eclesiástica autorizada para interpretarlas. Giordano Bruno, Galileo Galilei, Giulio Cesare Vanini, García de Orta, Copérnico, Kepler y muchos más fueron perseguidos por sus aportaciones a las ciencias, las que chocaban con el pensamiento dominante de aquellos años.

Hemos creído que con el advenimiento de la Ilustración, el triunfo de la razón y uno de sus instrumentos más sólidos, el método científico, la explicación de los fenómenos naturales, sociales y de la materia sería alumbrado siempre por la contundencia y seriedad de la ciencia en sus diversos continentes, y que la educación, como el medio por excelencia para difundir la razón, desalojaría de la conciencia humana la superchería, la superficialidad y los fanatismos. Y no ha sido cierto.

Nuestro siglo XXI ya es testigo, a pesar de la ciencia y la educación, del retorno del pensamiento de lo banal. Así como el poder de las redes sociales ha empoderado a los individuos frente a las instituciones de los estados, también lo ha hecho con el pensamiento de lo superficial, que sustentado en una mezcla de empirismo y creencia mítica sostiene sin rubor urbi et orbi las más locas estupideces. Pensamientos y creencias que tienen efectos desastrosos en la cultura, la educación y en la generación de políticas públicas.

Que en pleno siglo XXI existan botarates que tratan de regresar el reloj de la ciencia a cientos de años antes de la esplendorosa cultura griega, asegurando que tienen demostrado que la tierra es plana y que miles les sigan y los financien, pero además que encuentren en las redes sociales un vasto auditorio que replica sus frivolidades pseudocientíficas, es un hecho que merece la reflexión preocupada. Quiere decir que la cultura del pensamiento científico y las exigencias metodológicas de la razón se están diluyendo frente a una sociedad que prefiere los mitos, que goza de su credulidad y que está dispuesta a tragarse cualquier mentira espectacular.

Cuando el presidente orate que tienen los Estados Unidos ha declarado que el cambio climático, el calentamiento global, es una mentira inventada por los chinos y ha decidido sacar a su país de los Acuerdos de París, no sólo está abofeteando a las ciencias y a los científicos que han construido teorías sólidas sobre un asunto capital para el futuro del planeta y para todos nosotros, la humanidad, está lanzando también un discurso ideológico de desprecio sobre los saberes científicos y sobre el pensamiento racional. El discurso supremacista, xenófobo, misógino de Trump es congruente con su repudio a los valores del pensamiento liberal provenientes de la Ilustración, que pretendía poner en el centro de las preocupaciones al hombre.

Fanatismo, credulidad, rechazo a los instrumentos de la razón y a los valores humanos provenientes del liberalismo son el cóctel en el que hoy se está generando la práctica de muchos políticos y de grandes sectores sociales. El ancla perfecta para que una ideología, un modo de pensar, se afiance y sea incluso defendida en la plaza pública, es el vínculo económico. Si niegas el cambio climático y das a cambio a las poderosas mineras de carbón la oportunidad de seguir explotando el mineral y con ello generas riqueza y creas empleo, seguro ganarás el aplauso en ese sector, aunque destruyas el planeta. El dinero, con su valor primario: la ambición, casi siempre deja ciego al que lo acumula.

Por más que ha hecho esfuerzos, por décadas la educación nacional no ha conseguido desarrollar una conciencia ambiental que se indigne y actúe para impedir que el medio ambiente se siga destruyendo de manera irreversible. La circunstancia local es un ejemplo dramático de ello. La destrucción de bosques y aguas para la plantación ilegal sigue a galope tendido.

El próximo año será un año de recrudecimiento de la problemática ambiental. El poder económico que respalda la destrucción del medio ambiente sigue avanzando, pasando por encima de las leyes y de las instituciones, y es claro que se meterá a las campañas electorales. La afectación a los derechos ambientales ya está en las puertas de cada hogar, lo que viene es un gran problema político y social.

El retorno del pensamiento de lo banal, la entronización de la estupidez humana disfrazada de progreso económico, que justifica el ecocidio, el robo y acaparamiento de agua y el desprecio a la economía sustentable, es la ideología que se ha propuesto atacar y destruir los derechos ambientales de todos y someter a las instituciones gubernamentales. Son ellos la expresión del nuevo oscurantismo que se ha propuesto destruir la cultura de la legalidad y toda valoración de las ciencias ambientales. Con ellos toda educación ambiental ha fracasado. Ojalá no se le ocurra a político alguno ofrecerles el perdón a estos ecocidas, si lo hace lo hará en agravio de todos. Sólo espero que para entonces el neo oscurantismo de la banalidad no se haya apoderado del pensamiento de los ciudadanos.