Obama y China: lo importante puede esperar

Por: Jorge Díaz-Cardiel
“Aunque en nuestras relaciones ha habido altibajos, no estamos predestinados a llevarnos mal”. Para los chinos, que el país más poderoso de la tierra les haya tratado de igual a igual es algo que jamás olvidarán, en sentido positivo. Porque ese fue el propósito de la visita de Obama a China a mediados del mes de noviembre de 2009. Establecer relaciones entre Estados Unidos y China, en pie de igualdad.

No siempre había sido así: en los treinta años de relaciones diplomáticas reconocidas entre ambos países, desde que las inició oficialmente el Presidente Nixon, ha habido muchos altibajos en los tratos entre ambas naciones. Los chinos, gobernados y dirigidos por un Estado Comunista, en manos del Partido Comunista más poderoso del mundo, no olvidan que los americanos ganaron la Guerra Fría frente a los soviéticos y que, con la excepción del continente iberoamericano, el marxismo está en franco retroceso en todo el mundo: la gente quiere vivir en la prosperidad y no en la pobreza que genera el comunismo.

Sin embargo, desde que el Pequeño Timonel, Deng Xiaoping dijo, “enriquecerse es glorioso”, a principios de los años ochenta, los chinos han convivido con un modelo “mixto”. El Estado es oficialmente comunista; la economía cada vez se parece más a la de un país capitalista, aún siendo dirigida por el Estado. Ironías de la vida: en el tercer trimestre de 2009, Estados Unidos creció un 3,5% en PIB, mientras que China lo hacía al 8,9%. Aquí está el “quid” de la cuestión: ambas potencias se necesitan, en términos económicos.

Por un lado, los chinos exportan miles de millones de dólares en productos fabricados a bajo precio en China. Más de cuatrocientos millones de chinos han salido de la pobreza gracias a las exportaciones a Estados Unidos de esos productos que ellos fabrican trabajando 14 y 18 horas al día, con mínimos salarios que les permiten mantener sus familias: la vida en la China rural, con un ingreso per cápita de un dólar al día sería infinitamente peor. Los americanos, por simplificar, necesitan financiar su consumismo gracias al dinero que ahorran los chinos y que éstos invierten en activos financieros del Tesoro americano: en otras palabras; el déficit público americano, y su deuda, por un importe de 800 billones de dólares, está en manos chinas. Como dije más arriba, ambas potencias se necesitan. De ahí que Obama, abandonando la retórica de su predecesor en la Casa Blanca, haya optado por relaciones multipolares y por tratar bien a los chinos, empezando por no ofenderlos en cuestiones fundamentales como los derechos humanos.

Los americanos no se sienten cómodos con esta nueva situación. Me pregunto cómo se sentirían los ciudadanos del Imperio Romano cuando nuevas potencias que amenazaban su liderazgo aparecieron en el horizonte. Según encuestas publicadas por la CNN a propósito de la gira del Presidente Obama por Asia (Singapore, Japón, China, Corea del Sur) a mediados del mes de noviembre de 2009, más de dos tercios de la población americana veía con miedo la potencia económica china y pensaba que las relaciones comerciales entre Estados Unidos y China eran injustas hacia las compañías americanas. Un 51%, frente al 47%, además, se sentían amenazados por la potencia militar china: los chinos tienen armas nucleares y, además, el ejército más numeroso de la tierra. Lo que los americanos no saben (la gente de a pie) es que el Gobierno chino no tiene en la cabeza utilizar el Ejército de Liberación Chino para derrotar a los americanos, sino para mantener la paz social en China: los chinos, cada vez más, piden más derechos, más libertad, más independencia, más democracia, más información, más calidad de vida. Más de mil quinientos millones de chinos son demasiadas personas para controlar adecuadamente…, sin un gran Ejército obediente a mano.

Cuando Obama estuvo en China, dos días y medio, a mediados de noviembre de 2009, tuvo buen cuidado de no ofender al Gobierno chino. Ciertamente, Obama habló de las bondades del sistema americano, basado en derechos civiles, libertad de culto, democracia que permite elecciones, total acceso a la información, respeto a las minorías, ausencia de censura en Internet, etc. Pero Obama dejó bien claro que, considerando que su sistema (el nuestro, el Occidental) es el mejor, Estados Unidos no tiene intención alguna de imponerlo a los demás. En esto Obama se alejó mucho de los deseos de George W Bush, obsesionado con que Oriente Medio, empezando por Irak, se convirtiera en un vergel democrático como Suecia u Holanda.

El Gobierno chino apreció enormemente que Obama (frente a Bush hijo, Clinton, Bush Padre o Reagan) no tomara partido por las minorías étnicas musulmanas que causaron disturbios el verano pasado; o que no defendiera públicamente al Dalai Lama y la independencia del Tíbet. Tampoco entró Obama a juzgar la pena de muerte en China (unas 10.000 ejecuciones al año, de media) o la ausencia de derechos y libertades civiles. Obama no fue a China a criticar al Gobierno chino, sino a pedirle ayuda.

Para empezar, el poder de negociación de Estados Unidos, hoy, es muy limitado: su ejército está enfangado en dos guerras abiertas en Oriente Medio (Afganistán e Irak) y en otra encubierta en Pakistán. Además, tiene problemas con dos aliados de China: Irán (que provee a China de materias primas críticas para su desarrollo económico) y Corea del Norte (ideológicamente dependiente de China). Ambos países llevan bastantes años causando problemas a los Estados Unidos por sus programas de desarrollo nuclear. Los iraníes quieren apuntar con sus armas a Israel y a la propia Norteamérica, y los norcoreanos amenazan a los dos grandes aliados de Estados Unidos en la región: Corea del Sur y Japón.

El intercambio es sencillo: Estados Unidos quiere aprovechar el poder de apalancamiento de China con esos dos “rogue regimes”, para obligarles a abandonar sus programas de desarrollo de armas nucleares, a cambio de la apertura de los mercados americanos a los productos chinos. Con Estados Unidos en recesión económica, la financiación china es absolutamente necesaria para que la economía americana siga funcionando. En esto, Obama ha preferido ser pragmático y poner el desarrollo económico por encima de los principios políticos e ideológicos. Exactamente igual ha sido el comportamiento de los chinos. Lo acabamos de ver en la Cumbre contra el Calentamiento Climático de Copenhague: americanos y chinos, los más contaminantes del planeta, han dado discursos preciosos al estilo Al Gore, pero no se han comprometido de verdad a resolver de manera concreta los problemas que causan el cambio climático. Y, si no lo resuelven ellos, ¿quién será capaz de hacerlo? Claramente el desarrollo económico presente ha sido puesto por delante del futuro devenir del planeta.

Back home, en Estados Unidos, no todo el mundo está contento con la actitud de Obama. Ciertamente, muchos americanos eligieron a Obama como Presidente porque pensaban que él restauraría gran parte del prestigio de América en el mundo, tras los ocho años de Bush. Pero eso es una cosa y otra distinta es no actuar como la Primera Potencia de la Tierra. A los americanos les gusta sentirse ciudadanos de primera y, tratar de igual a igual a los chinos les genera sarpullidos. Así lo muestran las encuestas. Los americanos hubieran preferido que Obama se hubiera mostrado más firme con China, en todas las materias en que ambos países difieren. Quizá los americanos estén un tanto alejados de su realidad. Sus Fuerzas Armadas no dan más de sí; su endeudamiento, galopante, habrá de pagarlo durante décadas (y ¡gracias a Mao, que existen los comunistas chinos que les financian su existencia!) y Obama, en un ejercicio de realismo, prefiere buscar aliados en vez de seguir generando enemigos.

Tampoco los aliados tradicionales de Estados Unidos en la zona están satisfechos con la visita de Obama y su actitud demasiado conciliadora con los chinos. Corea de Sur se siente (exageradamente) desamparada de América, frente a su agresivo vecino del Norte. Japón apenas tiene ejército propio (herencia de la Segunda Guerra Mundial) y, para defenderse, depende muchísimo de las bases y tropas americanas en suelo japonés. ¿Y Taiwan? El Gobierno chino de la isla está permanentemente amenazado de ser engullido por la China comunista continental, que no reconoce y no quiere su independencia: si Taiwan existe, es gracias al apoyo norteamericano. Y, precisamente, Taiwan y los derechos humanos han sido el terreno de disputa entre China y Estados Unidos durante treinta años.

La visita de Obama a China y al resto de países de la zona, dejó perplejos e incómodos a los tradicionales aliados de América. Estos todavía se preguntan si las actuales prioridades de Norteamérica les dejan a ellos solos “frente al peligro”. Seguramente no será así y, de hecho, Obama, explicitó su compromiso con Taiwan, con Japón y con Corea del Sur. Pero, en un ejercicio de realismo, estos países saben que, como dice el refrán popular, “cada uno mira por su propio interés”, y América tiene, hoy, otros muchos intereses que atender.

Curiosamente, los aparentemente más contentos con la visita de Obama a Asia y, concretamente a China, fueron los 350 millones de internautas chinos. Donde sí puso énfasis Obama en sus discursos públicos (especialmente en su encuentro con estudiantes chinos en Shangai) fue en la defensa de los derechos de los internautas: sí al acceso libre a la información, no a la censura. En China, Facebook y Twitter fueron cercenados en marzo y julio de 2009, respectivamente. El Gobierno chino ejerce una férrea censura sobre los contenidos en Internet y, los temas polémicos son erradicados de la red. Obama no habló del Tíbet ni del Dalai Lama, en China, pero sí de los beneficios de un Internet libre.

Supongo que, cada uno, lo mirará desde el punto de vista que le interesa. A los tibetanos les hubiera encantado un apoyo explícito de Obama a favor de su independencia de China y, a los internautas chinos les volvió locos escuchar a Obama hablar de la libertad de expresión. En mi opinión, unas cuestiones son más importantes que otras, aunque todas son importantes. El problema es que Obama tuvo que elegir y, como le pasa al común de los mortales, tuvo que optar entre defender lo que más apoyaba sus intereses fundamentales (económicos, en este caso) y lo que venía bien a los demás. Obama eligió perseguir su propio bien (el de América como Nación), como decía el refrán, porque es consciente de que, si la economía va bien, el resto puede esperar. El Tíbet y el Dalai Lama, y los derechos humanos pueden esperar, porque lo importante es comer. Lo importante, puede esperar.









COMENTARIOS

Recibe mas notas maravillosas como ésta

Suscríbete para recibir GRATUITAMENTE un resumen de nuestros mejores artículos.