Un planeta mal llamado tierra

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La Tierra tiene una superficie de 510,101 millones de km2, de los cuales 363 millones de km2 están cubiertos por agua, lo que corresponde a alrededor de 71 por ciento del total. Si las diferencias de relieve de la corteza terrestre desaparecieran, el agua la cubriría totalmente, formando una capa de más de dos kilómetros y medio de profundidad. Al pensar en todo esto, ¿no te parece que el nombre de nuestro planeta a lo mejor está mal puesto, y que debería ser Agua y no Tierra?.

Cuatro mil millones de años después de la aparición de la vida en el agua, ésta última sigue siendo esencial para la primera.

Sin embargo, el agua dulce es un bien escaso, ya que el 97,5% del líquido elemento presente en nuestro plantea es salado y, por lo tanto, inutilizable para el consumo humano. Además, la inmensa mayoría del agua dulce se halla congelada en los glaciares, oculta en profundas capas subterráneas o estancada en los pantanos. Por si fuera poco, su distribución entre las distintas regiones del mundo es muy desigual. En definitiva, los seres humanos sólo podemos utilizar un 0,0075% del agua de la Tierra.

La escasez de agua es un problema muy importante, sobre todo en los países en desarrollo, que suelen estar ubicados en regiones áridas y dependientes de la agricultura. Los cultivos agrícolas absorben la mayor parte del agua disponible para el consumo humano: casi un 70%, según el último Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos en el Mundo. La cantidad de agua destinada a la agricultura podría duplicarse de aquí al año 2050.

Asia es, sin duda alguna, la región del mundo que más agua consume. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), este continente es el segundo del planeta por la magnitud de sus reservas de agua, pero concentra de por sí solo el 70% de la superficie mundial de tierras agrícolas de regadío. Su agricultura absorbe el 84% de los recursos hídricos del continente. En cambio, su población –que asciende a unos 4.000 millones de personas– sólo consume el 6%, y su industria el 10%.

El continente asiático se halla en plena mutación. Se calcula que en el año 2050 el mundo estará poblado por 9.000 millones de seres humanos, de los cuales 5.000 vivirán en Asia. Además de su fuerte crecimiento demográfico, este continente se desarrolla cada vez más en el plano económico y su creciente prosperidad está cambiando radicalmente los hábitos de consumo de las poblaciones. A la producción de arroz, gran devoradora de agua, ha venido ahora a sumarse una demanda cada vez mayor de carne. China, que en 1960 producía 2,5 millones de toneladas de carne, rebasó en 2006 los 80 millones. Según el Instituto UNESCO-IHE para la Educación relativa al Agua, para obtener un kilo de arroz se necesitan 3.000 litros, mientras que la producción de un kilo de carne de bovino consume unos 16.000 litros.

A todo esto hay que añadir el gran auge de la producción de vehículos de motor. Es preciso saber que la fabricación de un automóvil necesita entre 20.000 y 300.000 litros de agua. Una vez fabricados, los automóviles necesitan combustible para funcionar. En estos últimos años, se ha extendido mucho el consumo de biocombustibles como el etanol, que se obtiene a partir del maíz y la caña de azúcar. Su producción está redundando en beneficio de los agricultores mexicanos y brasileños, pero agrava el problema de la alimentación y el del agua.

Para producir un litro de etanol se necesitan unos 2.500 litros de agua. Según el Panorama Energético Mundial, publicado por la Asociación Internacional de la Energía, el ritmo de progresión de la producción de biocombustibles se cifra en un 7% anual. En Brasil, un país donde las precipitaciones lluviosas son abundantes, esa producción no va a constituir probablemente un problema, pero en países como China y la India es muy posible que no ocurra lo mismo en el futuro.

Hoy en día, muchos mejicanos dicen: “¿Prefieres llenar el depósito de combustible de tu automóvil, o poder comer?”. No es imposible que en el futuro los asiáticos digan: “¿Prefieres llenar el depósito de combustible de tu automóvil, o tener agua para beber?”.

La agricultura es el sector que más agua despilfarra. Se calcula que más de la mitad del agua utilizada para fines agrícolas se desperdicia, lo cual representa un 30% del agua dulce disponible a escala mundial. Limitando ese derroche se puede ahorrar una cantidad de agua enorme. Para ello, se prevé utilizar diversos métodos. Jan Olof Lundqvist, investigador del Instituto Hídrico Internacional de Estocolmo, dice: “Los sistemas de regadío son muy ineficaces. Además, en la producción de alimentos se derrocha también mucha agua. Esto es lo que solemos llamar la pérdida del campo al plato”. En las faenas de recolección, almacenamiento y transporte se echan a perder más o menos la mitad de los productos cultivados. “El agua es necesaria para la producción de todos los alimentos. Por lo tanto, todo desperdicio de éstos entraña una pérdida de agua”.

También se puede ahorrar agua en los primeros eslabones de la cadena de producción agraria. En los países en desarrollo se suele recurrir al riego superficial, posibilitado por el almacenamiento del agua en embalses. Esta técnica, sencilla y barata a la vez, se utiliza en particular para el cultivo del arroz. Sin embargo tiene un inconveniente: el elevado porcentaje de agua –casi un 50%– que se pierde a causa de la evaporación y las infiltraciones.

Sería fácil ahorrar agua utilizando la técnica de riego gota a gota, consistente en regar las plantas directamente con pequeñas cantidades de agua, utilizando tubos colocados en el suelo o, mejor aún, en el subsuelo. Sin embargo, este procedimiento de ahorro de agua resulta costoso y, además, necesita conocimientos técnicos para la colocación de los tubos que, una vez instalados, impiden toda flexibilidad en materia de cultivos. “Este método de regadío consume mucha energía”, señala Jan Olof Lundqvist. “En efecto, es necesario instalar bombas para llevar el agua a toda la superficie cultivada. Las inversiones que esta técnica necesita son demasiado elevadas para aplicarla a determinados tipos de cultivos, en particular al del arroz. En definitiva, es demasiado onerosa”.

Nuevas estrategias

Para mejorar la situación, el investigador sueco estima que, en una primera etapa, “bastaría con coordinar mejor el abastecimiento en agua y las faenas agrícolas, en el caso del cultivo del arroz y de otras plantas con escaso valor añadido”. El problema que se suele plantear a este respecto es que no se dispone de agua suficiente cuando se necesita, y viceversa. Lundqvist considera apremiante que los agricultores optimicen la gestión del agua.

Otra solución es el almacenamiento del agua. “Es imprescindible que los agricultores utilicen más el ‘agua verde’, esto es, el agua de lluvia. Es necesario capturarla y conservarla, de preferencia con sistemas de almacenamiento subterráneos”, dice el investigador.

Pero, ¿qué se puede hacer en las regiones donde llueve poco? “En estas zonas el riego gota a gota es una buena solución. No obstante, sería insensato cultivar en ellas plantas devoradoras de agua”, responde Lundqvist. Aunque sea una cuestión controvertida, lo más adecuado sería cultivar plantas genéticamente modificadas, capaces de resistir a la sequía y la salinidad. “Naturalmente, los agricultores no las cultivarán si no pueden venderlas”, añade.

En esas regiones también sería posible producir biocombustibles. Por ejemplo, cultivando la jatropha curcas, una planta euforbiácea, leñosa o herbácea, cuyas variedades están extendidas por todo el planeta. Las semillas de esta especie vegetal, que necesita poca agua para su cultivo, tienen un 30% de aceite, utilizable para la fabricación de biodiesel. Su inconveniente es que también contienen sustancias tóxicas. “En la India y algunas regiones de África, la jatropha curcas se puede cultivar sin agravar los problemas de agua y alimentación. Pero en esto, como en todo, lo importante será a qué escala se cultive. Cabe suponer que será relativamente reducida, teniendo en cuenta la cantidad de energía que su cultivo necesita”.

Además del ahorro de agua, para las regiones áridas hay otra solución posible: explotar nuevas fuentes de agua abundante, por ejemplo la del mar. Sin embargo, su desalinización es muy costosa en energía y exige importantes inversiones financieras. De ahí que esta técnica todavía no haya cobrado un auge importante. En la agricultura sólo se usa el 1% del agua desalinizada actualmente. “Aunque el nuevo procedimiento de membranas haya reducido el costo de la desalinización, reduciéndolo a 50 céntimos de dólar por mil litros, sigue siendo una técnica demasiado costosa para la producción alimentaria, habida cuenta de la gran cantidad de agua que ésta necesita”, dice Jan Olof Lundqvist. Por eso, el investigador cree que la desalinización se adapta más a la obtención de agua potable, o la producción de algunos alimentos con un alto valor añadido.

Si se consigue reducir aún más el costo de la desalinización, las consecuencias de la escasez de agua se paliarán considerablemente. La Fundación Desertec ha preparado proyectos de plantas desalinizadoras que funcionan con energía suministrada por centrales térmicas de concentración directa de las radiaciones solares, capaces de producir electricidad a bajo costo en el Oriente Medio y las zonas costeras de África del Norte. Como estas dos regiones figuran entre las más áridas del mundo, los proyectos de ese tipo podrían resolver sus problemas de una vez.

En los años venideros, el cambio climático va a agravar también la crisis del agua. “El régimen pluviométrico va a experimentar alteraciones considerables –advierte Lundqvist– y por eso es importante preparar una estrategia que coordine mejor el riego y los sistemas de irrigación complementarios con los recursos locales de agua de lluvia, que será preciso almacenar bajo tierra”. Una empresa de este tipo supone todo un reto, pero el investigador está convencido de que se puede afrontar. “Soy optimista por naturaleza”, concluye diciendo el investigador sueco.