¿La culpa la tiene el mosquito?

Por: Lorena Oliva

Todo hacía pensar que, en pleno siglo 21, bastaba con estar vacunado, usar condón, cuidarse con protector solar, ingerir diariamente lactobacilus y comprar lavandinas antibacteriales para ganarles la batalla a los gérmenes y las enfermedades.

Pero no. La irrupción en escena de los virus del dengue (en paises como Argentina) y la influenza A (en todo el mundo) devenidos epidemia con peligrosa rapidez- ha inaugurado formalmente una nueva era en la que el cambio climático, la extrema pobreza y el veloz tránsito mundial, por citar sólo algunos factores, se conjugan a favor de cualquier enfermedad volviéndola más peligrosa e impredecible.

Fiebre amarilla (transmitida por el mismo vector que el dengue), malaria, mal de Chagas, hantavirus, leishmaniasis cutánea (también conocida como la lepra del siglo 21), leishmaniasis visceral (altamente mortal en otros países), leptospirosis, brucelosis, fiebre tifoidea, rabia, hidatidosis, toxocariasis, larva migrans, encefalitis del Nilo occidental y encefalitis de Saint Louis. No todas tienen el mismo impacto mediático, pero todas pueden llegar a ser graves.

El sentido común y los hechos indican que cualquier enfermedad que se disperse dentro de un país siempre golpeará con mayor fuerza en las regiones pobres. Y el caso de las enfermedades tropicales no es la excepción. De ahí la relación directa que suele hacerse con la pobreza.

La extensión geográfica y temporal de los climas templados -como efecto del cambio climático- es mencionada con frecuencia como un factor determinante para la mayor proliferación de estas enfermedades.

No es de extrañar, entonces, que en pleno siglo 21 todas las prevenciones no alcancen para evitar la sensación de vulnerabilidad. Aunque los repelentes y los barbijos se sigan vendiendo como pan caliente.


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