¿Qué esperar de la 17ª Conferencia de las Partes sobre el clima en Durban?

¿Será posible que en esta ocasión los gobiernos, en especial de los países históricamente más contaminadores, se dispongan al fin a hacer un acuerdo vinculante, aunque sea porque el plazo del protocolo de Kyoto vencerá a fines de 2012? ¿Será posible que este acuerdo haga que la segunda década del siglo XXI sea un ‘punto crucial’ de la historia en el sentido de ser un comienzo de cambios profundos en el actual modelo industrial dominante de producción y consumo? ¿Será posible que finalmente los países responsables de la mayor cantidad de emisiones contaminantes tengan la obligación de reducirlas sustancialmente para que la temperatura en la Tierra no aumente por encima de niveles en los que se prevén efectos dramáticos para la humanidad? ¿Será posible que la deuda ecológica de los países del Norte para con los países del Sur sea finalmente reconocida? ¿Y será posible que los combustibles fósiles que quedan se dejen bajo tierra?

¿O quizás prevalecerá en esta década un acuerdo sin compromisos vinculantes, dejando vía libre a las empresas transnacionales y al mercado de carbono, dominado por la estrategia de considerar bosques y monocultivos de árboles como stocks de carbono a través de proyectos REDD+? ¿Con fondos de ‘adaptación’ administrados por instituciones financieras históricamente responsables de financiar la contaminación y destrucción ambiental, como es el caso del Banco Mundial? ¿Con la idea de que la economía o el capitalismo ‘verde’, además de ser una oportunidad para un nuevo ciclo de acumulación del capital y de ganancias, será nuestra ‘salvación’, ‘ratificando’ el derecho de algunos de contaminar más, a expensas de la mayoría?

Si observamos a los gobiernos y a lo que han hecho en los espacios de negociación internacional en los últimos años en Copenhague y Cancún, a la hora de tratar los problemas que nos afectan a todos, lo que tiende a prevalecer es el pesimismo.

Al mismo tiempo, aparecen señales de optimismo si dirigimos nuestra mirada y horizonte hacia lo que han hecho los pueblos del mundo, que sienten no solo los efectos de la crisis climática sino también los efectos de una crisis mucho mayor. Una crisis con dimensiones económicas, sociales, políticas, culturales e inclusive éticas y morales. Esta noción ya condujo al movimiento por la justicia climática a usar el siguiente slogan: ‘Cambiar el sistema, no el clima!’

Al mirar en este último año hacia el lado de los pueblos, vemos que muchas personas, sobretodo jóvenes, salieron a las calles. Desde el mundo árabe hasta Europa, pasando por Estados Unidos y también en muchos otros países del mundo, hubo movilizaciones, a veces con más de 1 millón de personas. Por ejemplo, Chile, ejemplo “exitoso” de la política neoliberal, donde el pueblo exige educación pública gratuita y de calidad. Otro hecho relevante fue el de miles de personas que salieron a las calles a protestar contra el sistema financiero internacional, inclusive en Wall Street.

Por su postura y muchas veces por la represión que aplican, parece que los gobiernos tienen miedo de la población que los eligió. Un buen ejemplo ocurrió recientemente cuando el gobierno griego sugirió organizar un referéndum para consultar al pueblo si aceptaba o no un nuevo plan de ‘ayuda’ de la Unión Europea. Tanto los líderes de la Unión Europea como las bolsas de valores entraron en pánico, solo de pensar en la idea de consultar al pueblo y, aún peor, en la posibilidad de ser forzados a ¡seguir la opinión de la mayoría de un pueblo de una nación soberana! Tuvieron miedo que un gobierno pudiera echar mano de una herramienta válida de democracia participativa.

Grandes movilizaciones y marchas tuvieron lugar también en la lucha por la justicia climática en Copenhague y Cancún, además de la importante conferencia sobre el cambio climático y los derechos de la Madre Tierra en Cochabamba en 2010. Fue un encuentro participativo y dinámico que contó con la presencia de más de 35 mil participantes que contribuyeron a la construcción de una declaración final profunda, llamada simbólicamente Acuerdo de los Pueblos. En Durban tendrán lugar nuevas manifestaciones de miles de personas.

Sin embargo, las movilizaciones y sus reivindicaciones y posicionamientos claros y opuestos a lo que los gobiernos han hecho hasta ahora, aún no lograron ‘derribar’ a los ‘regímenes dictatoriales’ de empresas transnacionales del sector petrolero y de otras áreas, de grandes ONG conservacionistas que predican el ambientalismo de mercado, y de otros consultores, especuladores y expertos, más interesados en las ganancias que puedan generar con el negocio del carbono que en el futuro de la humanidad.

Pero pensando en Durban y el clima, ¿por qué citar aquí luchas más amplias, como la de los pueblos árabes o la de Chile? ¿Qué relación tienen esas luchas con las manifestaciones vinculadas a las conferencias climáticas? Están totalmente relacionadas. Todas esas personas, sobretodo los jóvenes, salieron a la calle para reivindicar una mejora en las condiciones de vida del pueblo y la justicia social. Protestaron contra el sistema vigente que, más que nunca, aumenta las desigualdades sociales y ambientales y priva a la mayor parte de los jóvenes del mundo de perspectivas de futuro.

El sistema contra el cual todos/as directa o indirectamente luchan ha logrado, de forma hábil, fragmentar las diferentes problemáticas de injusticia social y ambiental, mientras hace oídos sordos para escuchar y seguir caminos alternativos, que muchas veces incluyen propuestas simples y fáciles de concretar. Y eso también divide y fragmenta las protestas y las luchas de resistencia.

Nos corresponde el gran desafío de vencer cada vez más tal fragmentación, rumbo a Durban y, posteriormente, rumbo a la conferencia de Rio+20 en 2012, para que logremos construir un movimiento más unificado y, por lo tanto, más fuerte en la lucha por la justicia social y ambiental. Ello será fundamental, si queremos que los gobiernos comiencen a oírnos y a actuar.

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