Aznar y el clima

Por: Gustavo Catalán

En alguna ocasión me he referido a las tertulias radiofónicas, donde el rigor del análisis alterna demasiadas veces con el apriorismo, la defensa de una ideología (las ideologías beben de los sentimientos) o, simplemente, se subordina la objetividad a la irresistible pulsión por ganar; por callar al interlocutor sea como fuere.
La inmediatez del debate en directo puede excusar unas derivas de difícil justificación cuando las opiniones se escriben, cuando no existe el apremio, el interpelado puede tomarse su tiempo o, caso más flagrante, el opinante decide tema y plataforma mediática. En tales casos, los sesgos e incluso falsedades, cuando contrastadas, debieren informar su currículum y en posteriores exposiciones advertir, junto a la firma del susodicho, del riesgo que supone tomárselo en serio. Que es un indocumentado o, si pretende convencer por mor de una supuesta autoridad, algo peor.
Viene la digresión a propósito del Sr. Aznar y unas opiniones sobre el cambio climático («Es una teoría discutible» «Yo no lo creo») que, por cierto, no difieren de las que manifestó con anterioridad su antes mano derecha y ahora denostado, aunque sea con disimulo, Rajoy. Me quedó el tema en el tintero y sé que unos cuanto argüirán (podría señalarlos si acaso me leen, supuesto improbable) que la discrepancia es parte consustancial de la democracia: otro ejemplo de tendenciosidad si no se acota el terreno de la divergencia. Disentir puede incluso ser higiénico cuando no existen respuestas unívocas, y dudas o propuestas alternativas pueden ser intelectualmente tan honestas como sus contrarias si el tema está abierto o las conclusiones no parten de evidencias incuestionables cual es el caso del calentamiento global. «El cambio climático existe y es real», ha afirmado el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), creado en 1988 y compuesto por 3000 científicos de todo el mundo. «Las emisiones de gas, sobre todo dióxido de carbono, con efecto invernadero, deben disminuir; las actuales políticas medioambientales son inadecuadas y es necesario actuar ahora».
Pues no señor. Tal vez Aznar crea, como Nietzsche, que no hay hechos sino interpretaciones, aunque dudo que conozca siquiera el nombre del filósofo e imagino más bien que no distingue entre evidencias y las presunciones que explican el que andemos aún a vueltas con la hipótesis de un dios o si Son Espases debiera haberse planteado en su actual o distinta ubicación. Las creencias carecen de baremo; en todo caso, nada hay más estéril que un debate metafísico pero allá cada cual y, en cuanto a Son Espases, opinen ustedes. Pero el cambio climático pertenece a un ámbito distinto y no puede ser analizado desde la fe o la conveniencia. Mejor dicho: convendrá no hacerlo so pena de mostrar el llautó.

No se requiere la condición de experto para opinar pero, si no por honradez siquiera por prudencia, se espera de un adulto con la cabeza normalmente amueblada que no se meta en berenjenales si no cuenta con la adecuada información, so pena de ser etiquetado de imbécil. No tanto por su desconocimiento como por proclamarlo sin ambages, cual es el caso de un lamentable bocazas con quien no valdría la pena siquiera polemizar de tener ocasión, por seguir el consejo de no discutir nunca con un imbécil: la gente podría no notar la diferencia o, según otra variante, porque con su experiencia en imbecilidades terminaría por ganar .

Los asuntos científicos exigen para su desarrollo de cualificación; una vez establecida la hipótesis, de mucho trabajo y, tras las conclusiones, el escepticismo es un ejercicio deseable desde el conocimiento. La libertad de juicio, en ciencia, no contempla la estulticia porque la verdad, siempre provisional, no es opinable excepto a través del razonamiento y no ha sido el caso. Dicho de otro modo: las conclusiones de un foro experto (científicos independientes consideran incluso que se subestima el impacto que el calentamiento tendrá en el mundo desarrollado) no pueden ser debatidas por o con ignorantes; la polémica no las mejora y las astracanadas aportan confusión cuando no perjuicio si las acciones que debieran seguirse dependen en buena medida de la convicción con que la ciudadanía se posicione frente al problema.
Por ejemplificar en el terreno del cáncer, las creencias y actitudes erróneas siguen a día de hoy causando muertes evitables, y todavía recuerdo aquella niña fallecida por un tumor potencialmente curable debido a que los padres, un remedo de Aznar, consideraron que debía someterse a ayuno y beber su propia orina durante cuarenta días, en vez de seguir las indicaciones de los especialistas. El cambio climático representa una amenaza colectiva de tal magnitud que no podemos permitirnos, advierten los entendidos, dilaciones, así que, memeces, ninguna. A partir de las declaraciones del tal, echen la vista atrás, recuerden sus mentiras respecto a la guerra de Irak cuando ejercía el poder y deducirán en manos de quién hemos estado. Aunque sea a toro pasado, aún es para echarse a temblar.

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