Bonos de carbono no han ayudado a contener el calentamiento global

bonos de carbono

Tras casi 20 años de concebida la idea de pagar por contaminar el clima mediante la compra de bonos transables, los mercados de carbono no funcionan para reducir el calentamiento global y son blanco de fraudes y otros delitos financieros.

Los mercados de carbono pueden ser fácilmente aprovechados por el crimen organizado, advierte Interpol.
A comienzos de este año, 38 millones de dólares en bonos de carbono rebotaron desde la República Checa a Polonia, Estonia y Liechtenstein antes de esfumarse por acción de piratas informáticos. Fue el cuarto escándalo de este tipo en el mercado de carbono de la Unión Europea (UE).

Los mercados de carbono están expuestos a fraudes, malversaciones y campañas engañosas. Estos sistemas contaron con fuerte apoyo gubernamental, pero todavía no logran reducir efectivamente las emisiones de gases de efecto invernadero. El cambio climático es causado por la contaminación atmosférica de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono que desprende la quema de combustibles fósiles.

Hay dos formas de enfrentar el problema o «mitigarlo», según la jerga técnica: reducir la contaminación climática allí donde se genera, arrojando menos dióxido de carbono a la atmósfera, o absorber (secuestrar) este gas en la vegetación, los árboles y los suelos. La última implica abatir la deforestación, reforestar y aplicar prácticas agrícolas y de pastoreo sustentables para mantener el carbono o promover su absorción.

Para muchos, los mecanismos de mercado son la única vía eficaz de movilizar suficiente capital privado para reducir las emisiones, pero esto no es verdad. Existe la presunción de que de ninguna otra forma podremos conseguir el dinero necesario para la mitigación. Y la otra presunción es que el dinero es la respuesta. A comienzos de los años 90, cuando el Protocolo de Kyoto estaba en debate en las negociaciones de la Convención Marco, nadie quería al mercado dentro de un acuerdo climático, excepto Estados Unidos. Pero finalmente Europa y otros países “hicieron un pacto con el diablo” y el Protocolo ‒que obliga a las naciones industrializadas a reducir en 5,2 por ciento sus emisiones entre 2008 y 2012‒ se firmó en 1997. Aunque Estados Unidos se negó más tarde a ratificarlo, en una completa marcha atrás, los mecanismos de mercado ya estaban incorporados y allí se quedaron.

Se trata en realidad de flexibilidades que permiten a los países industriales obligados a reducir su contaminación invertir en “proyectos de ahorro de emisiones” en el mundo en desarrollo como forma de compensar los gases domésticos que siguen liberando. El mayor de estos mercados de compensación de emisiones es el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL). Hasta ahora hay casi 3.200 proyectos registrados en África, Asia Pacífico, Europa oriental y América Latina y el Caribe.

Para reducir realmente las emisiones de gases invernadero, el dinero del Norte debe invertirse en proyectos limpios que no se hubieran llevado a cabo sin esos recursos.

Eso requiere un sistema de verificación independiente y de gran pericia técnica, y una “bola de cristal” para saber si un parque eólico en China se hubiera construido o no sin apoyo del MDL. Son claras las evidencias de que no ha funcionado. Diferentes estudios estiman que entre 20 por ciento y 90 por ciento de los proyectos registrados en el MDL no dan como resultado una efectiva caída de las emisiones. Las naciones industrializadas podrían haber cumplido las obligaciones asumidas en Kyoto sin mercados de este tipo. El mayor mercado de carbono es el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (ETS, por sus siglas en inglés), responsable de 95 por ciento de las transacciones mundiales que en 2010 llegaron a 144.000 millones de dólares. El ETS no solo fue objeto de fraudes ‒más de 100 personas de varios países fueron procesadas por ellos el año pasado‒ sino que tampoco destina muchos recursos a abatir realmente la contaminación climática.

Apenas una pequeña fracción de ese mercado se traduce en hechos. El ETS fue mal concebido y ha tenido numerosos problemas, como especulación y fraude. Varios estudios muestran que no fue el principal motor de las reducciones de emisiones de Europa. Hay otras alternativas, por ejemplo el impuesto a las transacciones financieras. Una coalición de organizaciones sindicales, ambientalistas y de desarrollo reclamaron a los negociadores en Bonn que consideren impulsar un tributo de menos de un centavo de dólar –entre 0,02 y 0,05 centavos—a cada transacción financiera. Este impuesto recaudaría entre 200.000 millones y 600.000 millones de dólares al año y desalentaría la especulación.

Todos hablan de la necesidad de un Fondo Verde para el Clima (a fin de ayudar a los países en desarrollo a hacer frente al cambio climático), pero nadie quiere hablar de cómo pagarlo. Francia y Alemania, e incluso el Fondo Monetario Internacional, creen que el impuesto a las transacciones financieras es una buena idea. Es hora de que el sector financiero haga lo correcto.

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