Crisis medioambiental

crisis ambientalPor: RICARDO GIL OTAIZA. Estamos inmersos en una profunda crisis que rompe los diques de la autorregulación planetaria. Como todo ser viviente, el planeta posee la capacidad de recomponer aquellos procesos que de alguna manera alteren su propio equilibrio, reestableciéndose ese feed-back negativo que anula las desviaciones en el sistema. Sin embargo, la reiterada insistencia destructiva del ser humano agota de manera apresurada esas fuerzas que pugnan por la regulación, llevándonos inexorablemente al borde de la hecatombe, lo que implicaría inminente peligro para la supervivencia de la especie humana y del planeta mismo.

Desde el ángulo de la complejidad —lo estudian Edgar Morin y Kern en su libro Tierra patria— las crisis se caracterizan fundamentalmente por diversas variables que las hacen reconocibles: el aumento de las incertidumbres, las rupturas de las regulaciones y los peligros mortales para el conjunto de la humanidad. Con respecto a lo primero, esas incertidumbres hacen prácticamente imposible la predicción de escenarios futuros. Ya nos lo dice el escritor Amos Oz: «Casi todo el mundo —hace unos cincuenta años— sabía que pasaría su vida donde había nacido, o en algún lugar cercano, tal vez en el pueblo de al lado.

Todos sabían que se ganarían la vida como sus padres o de forma similar. Y que, si se portaban bien, irían a un mundo mejor después de muertos. El siglo XX ha erosionado, a menudo destruido, estas y otras certezas.» En cuanto a las regulaciones, el desarrollo inusitado de la tecnociencia, la explosión demográfica y el crecimiento industrial (llamados «crecimientos descontrolados»), se convirtieron durante el siglo XX (y lo que va del XXI) en los caballitos de batalla de un desarrollo que no ha medido las consecuencias de su impacto en nuestras vidas, trayendo como colofón eso que vendrían a ser los denominados «peligros mortales para la humanidad»: la amenaza nuclear, el daño al medio ambiente (o daño ecológico), el agotamiento de los recursos naturales, y el recalentamiento global, entre otras grandes amenazas.

Ahora bien, dentro de ese cuadro desolador, que muchos se niegan a aceptar siquiera como mera hipótesis (escépticos hasta la ceguera), la misma complejidad nos plantea la posibilidad cierta, que dentro de esos mismos peligros esbozados líneas arriba podamos vislumbrar una solución o salvación. Es decir, en palabras de Morin y Kern: «salvar a la humanidad del peligro a partir de la conciencia misma del peligro». Una salvación supeditada —por cierto— a una toma de conciencia, que no se basta a sí misma (como mera abstracción del intelecto), si no llega acompañada de un cambio sustancial de la noción que tenemos de desarrollo.

Las crisis son desmontables en lo teórico, pero lo más complejo es dar el salto cualitativo a la realidad de las cosas. Los signos de la crisis que hemos esbozado están latentes en nuestras vidas, forman parte de la cotidianidad, se han hecho inseparables de nuestra cosmovisión, del día a día. De alguna manera cada uno de nosotros hemos usufructuado los productos del desarrollo y no vemos como plausible continuar el camino bajo otra mirada, bajo otro enfoque ontológico, que comience ya a sanar las heridas del planeta. ¡Es urgente hacerlo!

Dar el necesario viraje para desmontar los «crecimientos descontrolados» requerirá de nosotros (y de la humanidad entera) un verdadero ejercicio de lucidez, que le permita al planeta echar a andar de nuevo sus mecanismos autorreguladores. Ahora bien, como lo dicen Morin y Kern, ello «no resolvería ipso facto ni la tragedia del desarrollo ni la problemática de la civilización», pero —creo yo— sería un boquete a través del cual podría colarse la esperanza.

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