El calentamiento global revive enfermedades extintas

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Por: Manuel Sotillo Hidalgo. El calentamiento global está provocando que vuelvan a reproducirse vectores de enfermedades que se creían en vías de extinción. Dengue, fiebre amarilla, malaria, leishmaniasis, son patologías históricamente ligadas a la pobreza pero también, cada vez más, consecuencias del cambio climático, suscitado en gran parte por la actividad del hombre que en haras de producir más provoca cambios drásticos en los ecosistemas. Hay que incorporar los derechos humanos a los afectados de las enfermedades conocidas como ‘de la pobreza’: aborígenes, pobres, lo necesario es enfocar hacia cómo actuar para que la información llegue a la gente.

¿Qué son las enfermedades de la pobreza?: Afectan exclusivamente a grupos vulnerables, no son casi estudiados por los especialistas ni son prioridad pública, la inequidad es notable: el 20% de la población disfruta del 82% de la riqueza.
Los episodios producidos por «El Niño», probablemente han ocurrido desde hace miles de años. El nombre procede de la observación de un calentamiento de agua lejos de la costa de Perú y Ecuador, lo cual se produce más notablemente alrededor de la época de Navidad (el acuñamiento del término «El Niño» por dicho morito se refiere al niño Jesús). Con un intervalo irregular que se produce cada 2 y 7 años, el calentamiento es anómalo y persiste entre 12 y 18 meses… Puede seguirse de una fase fría, que se conoce con el nombre de «La Niña». Los episodios asociados con El Niño se acompañan constantemente de lluvias torrenciales e inundaciones en la costa oeste de América Latina, aunque, además, producen efectos climáticos importantes en otras regiones distantes del mundo; este hecho se produce porque se alteran las corrientes de convección en el ecuador, lo cual produce modificaciones en los patrones meteorológicos. Por ejemplo, durante los años en los que se manifiesta. El Niño, se producen sequías en el sudeste de Asia, Indonesia y África del sur, mientras que se pueden producir inundaciones en el sudoeste de Estados Unidos, Argentina y Kenia.

Hay un número de análisis de series temporales efectuadas durante más de un episodio que sugieren una serie de impactos sobre la salud provocados por el ciclo de El Niño. La relación más constante se produce con las epidemias de malaria en algunas regiones de Latinoamérica y del sur de Asia. Los efectos pueden estar mediados por condiciones climáticas atípicas a corto plazo (p. ej., lluvias torrenciales en regiones áridas y épocas de sequía en climas más húmedos). La incidencia de muchas otras enfermedades, como el dengue, las infecciones por hantavirus, el cólera y la encefalitis del Valle Murria pueden estar influenciados por El Niño, aunque la calidad de la evidencia es variable.
Hay una relación entre el fenómeno de El Niño y la población afectada por catástrofes naturales, particularmente por las sequías, en una escala global. No se conoce totalmente cómo afectará el cambio climático al fenómeno de El Niño, aunque el IPCC ha sugerido que se intensificarán las sequías e inundaciones asociadas al mismo.

Tomemos por ejemplo el Chagas Mazza, que guarda una alta morbilidad pero una baja mortalidad. Es una enfermedad que nunca se toma en cuenta, porque se produce por la inequidad y la pobreza. Lo social forma parte de lo biológico ya que el Chagas se cura con educación, cultura, vivienda, trabajo, erradicando la pobreza

Paradójicamente, el Chagas no forma parte de la currícula de las universidades en especialidades como Pediatría. Tampoco es prioridad política: El Chagas sufre de una parcelación en el conocimiento de su génesis, estigmatización en sus contrayentes e invisibilidad y negación por parte de la comunidad en general.

El impacto de algunos contaminantes sobre la salud parece ser más intenso durante los meses estivales o durante las épocas de temperaturas más altas, aunque este hecho no se produce en todos los casos. Los valores de ozono tienden a ser más altos cuando las temperaturas son más elevadas, y algunos estudios han sugerido que el ozono contribuye al aumento de la mortalidad observada.
El cambio climático es probable que afecte al riesgo de incendios forestales, que en algunas regiones del mundo (p.ej., Malasia y Brasil) se han asociado con un aumento del riesgo de visitas ambulatorias por enfermedades respiratorias. Después de la ola de incendios que afectó a Florida en 1998, se produjo un aumento de las visitas a los servicios de urgencias por asma, bronquitis y dolor torácico.

Los inviernos templados pueden provocar un inicio más temprano de la polinización, por lo que se pueden incrementar las concentraciones de los diversos alergenos producidos por este fenómeno. Además, se ha demostrado que el aumento de los valores de dióxido de carbono aumenta el momento y la liberación de alergenos biogénicos (p.ej., partículas de ropa), tanto en estudios de interiores como in situ. Por ello, el cambio climático puede incrementar la incidencia de rinitis alérgica, la intensidad y la duración de los síntomas, o ambos.

Los cambios en la temperatura, la humedad, la pluviosidad y el aumento de los niveles marinos pueden afectar sobre la incidencia de aparición de enfermedades infecciosas. Los mosquitos, las garrapatas y las pulgas son sensibles a los cambios sutiles de la temperatura y la humedad. Pero las enfermedades trasmitidas por vectores son igualmente dependientes de otros muchos factores que interactúan. Aunque en los últimos años que se ha producido un resurgimiento de algunas enfermedades infecciosas, no queda claro que el cambio climático haya desempeñado un papel significativo al respecto. Otros factores, como las migraciones de las poblaciones humanas y animales, las deficiencias en las infraestructuras de salud pública, los cambios en la utilización de las tierras y la emergencia de resistencias a fármacos han contribuido a ello.

La malaria actualmente se halla presente en 101 países y el 40% de la población mundial vive en áreas con malaria. La malaria afecta a 1-2 millones de personas anualmente, la mayoría de los cuales son niños. En África, la distribución de la enfermedad está limitada fundamentalmente por el clima, excepto en la zona sur. En muchos lugares del mundo, los sistemas efectivos de salud pública aseguran que la transmisión de la malaria permanezca dentro de los límites climáticos de su distribución.
Hay diferentes planteamientos para modelar el riesgo de presentar malaria con el cambio climático, incluidos los modelos biológicos construidos a partir de dinámicas de transmisión de la enfermedad conocidas y de enfoques estadísticos empíricos basados en la epidemiología actual de la malaria. Uno de los estudios que ha utilizado un modelo biológico ha sugerido, al basarse en escenarios climáticos específicos, que en el año 2080 se producirá un incremento de 260 a 320 millones personas expuestas, al vivir en zonas de transmisión potencial de la enfermedad, en relación con una población mundial esperada de 8.000 millones de personas. Este hecho representa un incremento del 2 al 4% del número de personas con riesgo de presentar malaria.
El uso de un planteamiento estadístico empírico sugería que no se produciría un cambio significativo neto en la proporción de la población mundial que vivirá en el 2080 en las regiones actuales de transmisión de la enfermedad. Pero este enfoque puede no haber capturado los efectos potenciales del cambio climático en la estacionalidad de la malaria en las áreas en que se produce la transmisión.
Al utilizar los últimos escenarios referentes al cambio climático, los modelos experimentales recientes sugieren un aumento potencial del 5 al 7% en la distribución de la malaria en África en el año 2100, principalmente debido a su mayor expansión en función de la altitud que de la latitud. El aumento global en el riesgo de exposición a la enfermedad en personas-meses fue del 16 al 28%, principalmente debido a un incremento de la duración de la estación en la que se produce la transmisión. Este estudio más reciente utilizó datos que fueron validados espacial y temporalmente contra las mediciones de los parásitos y representa los hallazgos que se siguieron a un análisis extenso.
El cambio climático puede contribuir al resurgimiento de la malaria en áreas donde las infraestructuras de salud pública se han convertido en defectuosas (p. ej., en Asia Central y en zonas del sur de la antigua Unión Soviética). En las regiones en que la malaria se ha eliminado localmente, aunque persiste el vector, hay un riesgo teórico, (reducido), de que aparezcan brotes epidémicos localizados, que podrían incrementarse debido al cambio climático.
Éste es un tema que conlleva una gran controversia y nuestro conocimiento continuará mejorando según se realicen nuevas investigaciones.

La tasa de replicación del virus del dengue en el mosquito Aedes aegypti se incrementa directamente en el laboratorio con el aumento de la temperatura. Se han desarrollado modelos basados en la biología que exploran la influencia de las previsiones de las modificaciones en la temperatura en la aparición de la fiebre del dengue. Cuando éstas se enlazan con las proyecciones realizadas con el cambio climático futuro, tales modelos sugieren que los incrementos de la temperatura relativamente pequeños en las regiones templadas, debido a la introducción del virus en una población humana susceptible, podrían aumentar el riesgo potencial de epidemias.
La epidemiología de ciertos arbovirus que producen encefalitis (trasmitidos por mosquitos) como el virus que produce la encefalitis de San Luis y el virus del oeste del Nilo, puede estar influenciada por factores climáticos. Ambas se han asociado en condiciones de sequía y cuando el virus del Nilo se manifestó en el verano de 1999 en Estados Unidos, las temperaturas del mes de julio en Nueva York alcanzaron sus registros más altos. Asimismo, se han producido brotes epidémicos tras periodos de sequía en el medio-oeste de Estados Unidos y en el este de Europa.

La leishmaniasis se ha erigido como una coinfección importante en pacientes infectados por el virus de la inmunodeficiencia humana en el sur de Europa y en algunas regiones de Asia. Puede haber diferencias entre los vectores en la susceptibilidad al cambio climático. Por ejemplo, un estudio realizado en Italia sugirió que el cambio climático pudo haber expandido el rango de un vector aunque pudo haber disminuido el de otro. Los cambios climáticos pudieron aumentar la distribución geográfica de los vectores en regiones de Latinoamérica y del sudoeste de Asia.

Enfermedades transmitidas por garrapatas. Tradicionalmente, ha habido un considerable interés por estudiar el impacto potencial del cambio climático en un número de enfermedades transmitidas por garrapatas, particularmente la enfermedad de Lyme, la fiebre de las Montañas Rocosas y las encefalitis transmitidas por garrapatas. La temperatura y la humedad son determinantes importantes de la distribución de las garrapatas. En Suecia, la extensión hacia el norte del límite del vector local y el incremento de los casos se ha atribuido a la aparición de inviernos más cálidos. Un modelo estadístico de la encefalitis transmitida por garrapatas en Europa ha sugerido que aunque el foco de la enfermedad se puede haber extendido a latitudes y altitudes superiores, ésta podría desaparecer prácticamente de Europa central debido a que el cambio climático podría romper el ciclo de vida tan complejo de la garrapata. Sin embargo, los cambios en la utilización de las tierras, además del resurgir de la población de ciervos en el este de Estados Unidos, pueden ser responsables del aumento de riesgo de sufrir la enfermedad de Lyme.

Enfermedades transmitidas por roedores. La emergencia del síndrome pulmonar por hantavirus en el sudoeste de Estados Unidos en 1993 puede estar relacionada con la sequía que siguió a las lluvias intensas relacionadas con el fenómeno de El Niño, el cual produjo un aumento de las poblaciones de roedores y la subsiguiente transmisión de enfermedades. Las inundaciones y huracanes extremos pueden producir la generación de brotes epidémicos de leptospirosis. En 1995, tras las importantes inundaciones que sufrió Nicaragua, se produjo una epidemia de leptospirosis. En un estudio de casos y controles, el hecho de caminar a través de aguas pantanosas se asoció con un riesgo 15 veces mayor de padecer la enfermedad.

Enfermedades relacionadas con el agua. Más de 1.000 millones de personas de todo el mundo no tienen acceso al agua potable. Los modelos del impacto del cambio climático sobre el agua reflejan una variabilidad considerable entre los diversos escenarios climáticos. El aumento del deterioro del agua se produce con más probabilidad en el sur y el oeste de África y en Oriente Medio. Sin embargo, es difícil relacionar este hecho directamente con el riesgo atribuible de enfermedades relacionadas con el agua, aunque la escasez de ésta puede provocar la utilización de fuentes más contaminadas debido a su uso combinado (esto es, la misma fuente para el agua destinado a la bebida, a la limpieza y al regadío). Si el aumento de las inundaciones en algunas regiones del mundo en los meses de invierno se acompaña de épocas de sequía más largas durante los meses de verano, se puede producir una duplicación del riesgo de enfermedades relacionadas con el agua. En Estados Unidos, así como en otros lugares, se ha relacionado la aparición de brotes epidérmicos de criptosporidiosis con episodios de pluviosidad intensa.
Las temperaturas cálidas de la superficie del mar promueven el desarrollo de algas que pueden asociarse con epidemias de cólera. La incidencia del cólera en Bangla Desh en los primero años de la mitad del siglo pasado (1893-1940) no se correlacionó con el fenómeno de El Niño, aunque en los últimos años del siglo xx (1980-2001) la relación fue evidente, consistente con las épocas en que se produjeron más acontecimientos relacionados con ello.

Desnutrición. De acuerdo con la Organización de Alimentación y Agricultura (FAO) de las Naciones Unidas, aproximadamente 790 millones de personas de los países en vías de desarrollo presentan desnutrición. Los estudios sobre los efectos del cambio climático en la producción de alimentos sugieren que las cosechas de cereales probablemente están aumentando en las regiones de latitudes medias o altas, aunque disminuyen en los de latitudes más bajas. En particular, hay una preocupación acerca de que el cambio climático pueda afectar adversamente a la nutrición en África, sobre todo debido al aumento de la sequía.

Mitigar el cambio climático. La mitigación se refiere al diseño de políticas destinadas a reducir las emisiones de los gases que producen el efecto invernadero (p. ej., al promover energías eficientes y el uso de fuentes de energía renovables, como la energía solar y eólica). Este hecho podría aplicarse especialmente a Estados Unidos, país que produce más del 25% global de las emisiones que ocasionan el efecto invernadero. Aunque las discusiones acerca de las políticas destinadas a mitigar este efecto se escapan de la intención de este artículo, el personal médico debería reconocer que las reducciones en las emisiones de dichos gases probablemente proporcionarán también beneficios a corto plazo en la polución del aire.

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