El nuevo ciudadano sostenible

Por: Isabel Martínez Pita. La crisis económica que afecta a muchos bolsillos de los países del mundo ha provocado que cada familia, cada habitante, se formule su vida de manera distinta para evitar gastos que, hasta hace poco, no se tenían en consideración.

Según los expertos, el derroche al que muchos de los habitantes de este planeta estábamos acostumbrados ha creado desigualdades entre pueblos y continentes, ha generado basura en grandes cantidades y, en muchos casos, no degradable.

También hay corrientes de opinión que indican que se ha consumido alegremente energía procedente de materiales fósiles hasta el punto de generar cambios climáticos y, sobre todo, se ha impuesto una mentalidad de «usar y tirar» que no existía en épocas anteriores.

Pero, aunque este ahorro al que nos vemos obligados favorezca la ralentización del deterioro del medioambiente, según los ecologistas, esta crisis no ha proporcionado una mayor concienciación medioambiental.
Esta concienciación y su consecuente movimiento actúan con lentitud y tienen su origen hace décadas, pero se instaura de forma segura, y proporcionará, posiblemente, una alternativa a una sociedad que ya sufre las consecuencias del consumo desproporcionado.

Limitar el consumo despilfarrador

Para Isidro Jiménez, portavoz de la Comisión de Consumo de Ecologistas en Acción, «la sociedad tiene una percepción de que se han hecho cosas mal y que ya no se puede despilfarrar, pero cuando se llega al terreno de lo concreto, de la compra diaria, eso se traduce sencillamente en comprar marcas más baratas, por ejemplo. Esa es una tendencia muy clara. Hay un ahorro en ciertas cosas, pero no traducible a una mentalidad de por qué es necesario limitar nuestro consumo despilfarrador».

Según Jiménez, que aporta además la visión que analistas sociales han presentado recientemente en la Fundación de la Universidad Complutense de Madrid, basada en estudios sobre los nuevos hábitos de consumo, la idea de que no se debe abusar porque no es sostenible «no llega a fraguar del todo, lo que funciona es una idea más sencilla y básica, «no me puedo permitir eso porque no tengo dinero, pero si lo tuviera me lo permitiría». Son motivos distintos».
«Pero esa postura −continúa Jiménez− no es coherente con la responsabilidad social que sabemos que tenemos por haber abusado en una etapa de crecimiento bestial. Lo que sí vemos es que, efectivamente, la gente tiene cierta predisposición a asumir que en una etapa como esta va a haber que reducir gastos y limitar lujos, pero esto no está ligado a temas ambientales o de sostenibilidad».

Quizás sea el momento apropiado para introducir productos ecológicos y desarrollar tecnologías más limpias porque, además, terminan siendo más baratas, según Isidro Jiménez, quien además argumenta que «la población tiene una percepción de que lo ecológico es más caro, aunque tenga esos condicionantes de sostenibilidad, por lo que, entre lo más caro de lo ecológico y lo más barato, el gran vencedor es el último, es decir, productos muy ajustados de precio, como sucede con las rebajas».

A pesar de todo, desde hace años crecen las apuestas por alternativas de consumo sostenible, apunta el especialista, y ya «hay mucha gente que está haciendo cosas con ese objetivo. Pero tengo serias dudas de que eso haya aumentado con la crisis, aunque ésta haya fomentado algún pequeño modelo. Yo creo que es un proceso que viene dándose lenta y progresivamente desde hace muchos años como, por ejemplo, el crecimiento de los grupos de autoconsumo en alimentación, que se están ampliando mucho en algunos barrios de grandes ciudades que tienen consumo autogestionado».

Modelos de soberanía alimentaria

La soberanía alimentaria es un proceso en el que la autogestión de la producción elimina gastos de intermediarios y costes añadidos a los productos que, generalmente, se encuentran en la venta al consumidor.
La idea que transmiten es la de productos locales para consumir por las poblaciones locales. Estas experiencias se están impulsando en amplias zonas de América Latina y Asia, como alternativas al consumo actual que, «además de su coste económico, resultan poco ecológicas, ya que para su producción masiva requieren de pesticidas y conservantes para su mantenimiento», añade el experto.
Jiménez subraya que «la soberanía alimentaria en esos países tiene un proceso de 15 ó 20 años de tradición, y en países del norte de Europa el gran «boom» del comercio justo surgió antes de la crisis, no con ella. Todos esos procesos han sido anteriores. Lo que la crisis ha creado es un tipo de mentalidad por el que, si antes se permitía comer cinco veces ahora se come tres. No ha generado apego a la tierra, a la autoproducción, es decir, a involucrarse en un proceso directo con el productor».
Pero Jiménez añade: «confío en que esas alternativas a la producción aumenten entre la población, porque tienen sentido y cada vez hay más grupos de consumo alternativo que se dedican a ello. Esto se traduce a lo concreto y lo cotidiano, permite que la gente coma más sano y eso cada día se valora más».
Para el portavoz ecologista «la mentalidad por la sostenibilidad se está creando muy lentamente, más de lo que es necesario, porque el tiempo va en nuestra contra y los cambios climáticos ya están siendo dramáticos. Por eso creo que es inevitable, por ejemplo, volver a tomar una dimensión de contacto con la naturaleza agroecológica, en la que la soberanía alimentaria es casi necesaria porque la alimentación se está haciendo muy cara y muy mala. Ya hay mucha gente que está percibiendo que eso tiene que cambiar radicalmente. No tenemos más opciones que empezar a buscar alternativas de consumo porque la finitud del planeta nos ha puesto los límites».
El cambio que gradualmente está surgiendo en la población respecto al consumo es, para Jiménez, el que «se está preocupando sobre todo por cuestiones relacionadas con la salud. Ha habido una gran evolución en ese sentido y se empieza a conceder importancia al equilibrio entre cuerpo y mente».
«Las personas que tienen todavía conexión con lo que fue la alimentación del pasado, más natural, de pueblo o zona rural, lo tienen muy claro, pero también hay gente joven que entiende que no se puede alimentar de las cosas con las que nos alimentamos hoy y eso le provoca una cierta ansiedad que hace que se preocupe y se informe. Además, vivimos en una sociedad hipercalórica y la gente comienza a buscar alternativas de vida más sana», concluye Isidro Jiménez.

Nuevos modelos para la producción ecológica

Desde las cuatro esquinas del planeta se va notando el despertar de una conciencia ambiental de parte del consumidor, advierte el reportaje de América Economía titulado el «Por qué una producción ecológica es una apuesta rentable».
Esta razón es la que está conectando no solo a las organizaciones comerciales con el diseño de modelos de negocios ecológicos, sino a instituciones enfocadas en el desarrollo social.
La Fundación Yantaló−Perú está financiando en este momento la primera clínica de construcción ecológica en Perú. Según Luis Vásquez, su presidente y fundador, la clínica que prestará asistencia en Yantaló, una comunidad de escasos recursos ubicada en la zona amazónica de este país andino, «estará construida tomando en cuenta las condiciones locales de la naturaleza.
La estructura es antisísmica, los techos son altos y las ventanas enormes para permitir no sólo la circulación del aire y la entrada de luz natural, sino también ayudar a que el paciente mantenga contacto visual con su entorno. La energía se generará a partir de paneles solares, la opción de orden porque en Yantaló sale el sol todos los días, y el sistema de iluminación será LED que genera menor consumo, cuenta con un pozo de agua propio, sin depender del suministro de la ciudad y se han instalado sistemas de filtro y tratamiento de desechos para reutilizar las aguas servidas en la irrigación».
Vásquez señala que dada la naturaleza de la fundación, que no busca el lucro, la motivación fundamental estuvo en buscar alternativas que sirvieran mejor a la población local, y protegieran el entorno natural al mismo tiempo. Sin embargo, observa también que cuando se realizó el balance de costos para la inversión, resultó claro que el ahorro en electricidad ya lo convertía en un proyecto rentable.

Un exponente de ecoturismo se encuentra en México, y es el Tour de Gastronomía Prehispánica en Malinalco que lleva promoviendo Adriana Pérez de Legaspi desde hace tres años. El origen de la iniciativa se remonta a hace 20 años, cuando Adriana descubrió el enorme legado de la cultura culinaria mexicana prehispánica. «Fue en Malinalco, un poblado cerca del DF. Ahí aún existe un mercado popular lo más semejante a un mercado prehispánico que se puede ver hoy día, donde encontré una fiesta de colores, olores y sabores que yo no conocía». Adriana aprendió con las doñas del lugar sobre ingredientes que ya no se usaban en la cocina mexicana, pero que habían reinado en el arte culinario azteca durante siglos.
«Para mí se convirtió en una pasión porque no veía posible que todo eso que era maravilloso se estuviera perdiendo y comencé a hacer lo que se llama rescate etnogastronómico: documentar y fotografiar ingredientes del pasado precolombino de la región mesoamericana. Luego, mi familia hizo que considerara darle un formato más comercial y ahí pensé en el Tour de Gastronomía Prehispánica, que se ha desarrollado y ahora enseña a los participantes a cocinar con estos ingredientes».

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