¿El sistema actual soluciona los problemas de la gente?

Por Vicente S. Reale – Sacerdote católico. Tres décadas atrás, los popes del capitalismo mundial se jactaban de que «su» sistema era el mejor de todas las épocas, pasadas y futuras, y declaraban que «ese» sistema terminaría con todos los problemas de los habitantes de nuestro planeta.
Se recordará, en este sentido, el libro de F. Fukuyama, «El fin de la historia», como la presa que ostentaban los pretendidos vencedores económicos de nuestro mundo.

A treinta años vista de aquella profecía de éxito, la verdad histórica se ha encargado de ir derribando, una a una, las piedras fundantes de aquel «muro» (Wall Street) que auguraba tiempos felices como nunca para la humanidad toda.

Fueron las crisis del Sudeste de Asia, de México, del mismísimo Estados Unidos y, ahora de Europa, las que se encargaron de ir disolviendo tamaño sueño triunfalista y las que demuestran que se ha construido un mundo inmensamente más injusto y desigual que el que existía hasta treinta años.

Veamos algunos números de hoy:

  •  Mil quinientos millones (1.500.000.000) de personas padecen hambre.
  •  Un cuarto (1/4) de la población mundial carece de agua potable.
  •  Se están agotando los recursos naturales no renovables.
  •  Nunca, antes, se había producido tanta riqueza, pero nunca, antes, había sido tan mal repartida.
  •  El PBI mundial es de U$S 35 billones, de los cuales los países del G7 (10% de la población mundial) concentran U$S 23 billones, quedando U$S 12 billones en manos de ciento ochenta (180) países.
  •  El 20% de la población mundial consume el 80% de los recursos del planeta y de los producidos por el hombre.
  •  El mundo gasta U$S 4 billones anuales en armamentos y movilización militar. El 50% de esa suma la gasta EEUU; el 10% de ese presupuesto bastaría para asegurar lo esencial para vivir a «todos» los habitantes del planeta.
  •  Cuatro mil millones (4.000.000.000) de personas subsisten con menos de dos (2) dólares diarios.
  •  En América Latina doscientos cincuenta millones (250.000.000) de personas sobreviven con menos de dos (2) dólares diarios.
  •  En EEUU vive el 6% de la población mundial, ostentando el 50% de la riqueza mundial.
  •  El costo para lograr y mantener el acceso de todos los humanos a la enseñanza básica, a la atención básica de salud, a una alimentación suficiente, a agua limpia y saneamiento, es de aproximadamente U$S 54 mil millones de dólares por año, cantidad inferior al 4% de la riqueza combinada de las 225 personas más ricas del mundo.
  •  Las 3 personas más ricas del mundo tienen activos que superan el PIB combinado de los 48 países menos desarrollados.
  •  Las 225 personas más ricas del mundo tienen una riqueza combinada superior a un billón y medio (1,5 billones) de dólares, que es el ingreso anual del 47% de la población mundial

Ganadores y perdedores

En este panorama de altísima injusticia mundial -y como no podía ser de otra manera- hay ganadores y perdedores.

Y hay ganadores porque hay perdedores. Nuestro planeta es uno solo y cada uno/a de nosotros ostenta la misma dignidad y, por naturaleza, debe tener acceso -con su trabajo- a los bienes básicos de un ser humano. Teórica y declamativamente, nadie -ni aun los más ardientes propiciadores y beneficiarios de este injusto sistema- niegan la validez y verdad de esta afirmación.

Pero la realidad y los hechos se encargan de desmentir esa afirmación hecha pour la galerie. Nada se hace para solucionar los problemas de fondo creados por este mismo sistema.

Los grandes emprendimientos multinacionales y las entidades bancarias creadas por ellos para resguardar sus inmensas riquezas con el aval de los Estados y sus legislaciones, son los ganadores de siempre.

En todas las crisis económicas y financieras, ninguna multinacional fue a la quiebra. Y, mucho menos, sus Bancos. Los que quebraron, y se quedaron sin el pan y sin las tortas, fueron los medianos y pequeños emprendimientos y los ciudadanos de a pie.

El por qué de esta situación anómala e inmoral, es conocida por todos. Hoy, ese 20% mundial de personas que «detenta»» (detentar no es sinónimo de «bien habido») el 80% de la riqueza natural y generada es el que marca el ritmo de los Estados y de la vida ciudadana en todos sus aspectos. Seamos conscientes de ello o no. Seamos cómplices de esta situación o no.

Desde que comenzaron las grandes crisis económicas actuales, los Estados -es decir, esas realidades intangibles bajo las que nos agrupamos los habitantes y ciudadanos- han «volcado» a las empresas bancarias la friolera de treinta billones de dólares (¡U$S 30 millones de millones!). Ese dinero salió de los tesoros de los Estados, del dinero y riqueza que generaron millones de personas, y fue a parar a los mismos personeros multinacionales que generaron las crisis para quedarse con el mango y la sartén. ¡Diabólica jugada para que, siempre más, la riqueza generada por muchos quede en manos de pocos! Lo decían ya los Obispos de América Latina en los ?70: «Este injusto sistema lleva a que en nuestra naciones haya pocos ricos cada vez más ricos y muchos pobres cada vez más pobres».

¿Es posible un sistema más justo?

Sin lugar a dudas que sí.

No porque los adoradores del dios dinero estén dispuestos a cambiar, sino porque quienes debemos cambiar somos quienes estamos, voluntariamente o no, sometidos a ellos.

La cuestión es simple: preguntémonos cuántas cosas que tenemos en casa no nos son verdaderamente necesarias o las utilizamos bastante poco. Seguramente, la respuesta será que tenemos muchas. ¿Ganamos nosotros con tener esas cosas o ganan aquellos que hicieron que nosotros las compráramos al crearnos una necesidad «ficticia»?

La misma pregunta desde el reverso: ¿Qué sucedería en la economía mundial, nacional o provincial si nos atuviésemos a adquirir los bienes y servicios estrictamente necesarios para vivir una vida digna y sencilla? Sí. No engrosaríamos las vilmente engordadas arcas de los ganadores con este sistema.

Felizmente está creciendo la conciencia de que es importante y necesario -por nosotros y por los que vendrán- cambiar el «buen vivir» por el «vivir bien», sin dañarnos y sin dañar a la naturaleza.

¡Ojalá no perdamos tiempo!

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