Especulación y la financierización de la naturaleza

Por: Julio-Néstor Sosa. El término financierización puede resultar ajeno, complejo, rebuscado.

Puede dar lugar a preguntar “finan¿qué?”.

No obstante, está cada vez más presente en los debates y reflexiones de la sociedad civil, inclusive vinculado a la creciente especulación financiera sobre la vida, incluidos los bienes y componentes de la naturaleza, como los bosques, que son fundamentales no solamente para la supervivencia de las comunidades locales sino para todo el planeta.

Pero, obviamente, éste no es un fenómeno nuevo.

La especulación es propia del modelo económico capitalista dominante y se ha venido dando desde sus inicios, como resultado de la permanente necesidad de expansión del capital.

Mediante la aplicación de políticas de libre mercado y privatización, el capital se ha ido apropiando cada vez más de los bienes naturales –tierra, petróleo, energía, minerales, alimentos– así como de nuevas áreas – servicios que antes eran de gestión pública.

Ese proceso de creciente apropiación fue facilitado por la intervención de los Estados, que instrumentaron los marcos jurídicos para la necesaria privatización.

También habilitaron la creación de una “infraestructura” financiera – el mercado financiero -donde se negocian títulos y una serie de instrumentos financieros, como los mercados de derivados, los bancos de inversión, los fondos de cobertura, los fondos indexados, los productos cotizados en bolsa, por citar algunos.

En ese marco, y como manifestación de la creciente acumulación y concentración de capital que periódicamente hace colapsar los mercados, se han sucedido crisis económico-financieras, que generalmente se han “resuelto” con una expansión de la frontera de las inversiones.

Actualmente el mercado de flujos financieros ha adquirido un peso económico enorme por sobre el mercado de intercambio de productos reales.

La especulación en el mercado cambiario, en el mercado accionario, en los mercados de obligaciones del Estado, bonos, títulos públicos, etc. ha alcanzado niveles sin precedentes.

El valor combinado de dos tipos de productos financieros -derivados y activos financieros convencionales– supera en aproximadamente cinco veces el producto anual de los bienes y servicios del mundo (http://www.ft.org.ar/estrategia/ei1112/finanzas.htm).

En momentos en que hay más riqueza privada que activos financieros en los que invertir ésta, la necesidad de crear nuevos activos y expandir la especulación financiera la ha lanzado sobre nuevos espacios de la naturaleza.

Y mientras el sector financiero crece y crece, la producción y el empleo quedan rezagados, los salarios se estancan o reducen y la desigualdad se profundiza.

La financierización de la naturaleza

Cuando en 2008 estalló la crisis financiera que devino en crisis económica, los grandes inversionistas comenzaron a buscar nuevas formas de invertir sus millones de dólares y obtener las cuantiosas ganancias que la coyuntura de las décadas de 1980 y 1990 les permitió obtener.

Vieron en la creciente escasez de diversos bienes naturales una brillante oportunidad de negocios, y se lanzaron a especular en los mercados de alimentos, dando lugar a la crisis alimentaria de 2008/2009, que aumentó exponencialmente el precio de los alimentos básicos afectando duramente a los sectores más desposeídos de los países más empobrecidos.

Pero no satisfechos con estos mercados, los inversionistas han estado trabajando con los gobiernos nacionales y organismos internacionales en la creación de nuevos mercados para otros aspectos de la naturaleza.

La expansión de las fronteras de la especulación financiera ha llevado a que se comercialicen las emisiones de carbono y las funciones que prestan los ecosistemas, dentro de la categoría mercantil denominada “servicios ambientales”.

Los agentes del mercado financiero han puesto la mira en consolidar el mercado de carbono y en crear otros: del agua, las especies biológicas, los hábitats, la biodiversidad.

Más impactos sobre las comunidades que dependen del bosque

Como la experiencia ya lo ha demostrado, para las comunidades que dependen del bosque, la creciente expansión del capital ha significado destrucción e impactos negativos en su vida comunitaria y el bosque, como ocurre cuando grandes empresas transnacionales compran o consiguen una concesión sobre un área de bosque para explotar la madera, o para construir una gran represa, o para establecer una plantación de monocultivo de palma africana, o para extraer petróleo o algún mineral.

Con la financierización los problemas se manifiestan de manera similar pero con una intensidad acelerada; aparecen nuevos actores que no tienen una presencia clara en el territorio, por lo que no queda claro quién está detrás de los procesos, pero sin duda actúan de manera bien articulada con grandes empresas transnacionales y con bancos privados y estatales, contando para ello con las facilidades que les brindan los Estados a través de la reformulación de los marcos normativos internacionales y nacionales.

Por otro lado, las propuestas de conservación o protección de la naturaleza también buscan ser captadas por el proceso de financierización.

Supuestos programas de “conservación” de la naturaleza, como los esquemas REDD y REDD+ (Ver: http://www.wrm.org.uy/temas/REDD.html), vienen con el requisito primordial de que la población que habita la zona a ser “conservada” no puede utilizarla, y muchas veces resulta incluso desplazada.

Esto constituye una violación al derecho de las comunidades a existir como tales en la medida que esto implica prohibirles mantener su modo de vida y la forma en que tradicionalmente han hecho uso del bosque, implica prohibirles la agricultura de subsistencia con la que se han alimentado, o su práctica sustentable de usar la madera para fabricar sus canoas y sus casas.

Del valor al precio de la naturaleza

Un corazón sensible y una mente sensata pueden darse cuenta que una cosa es el valor y otra el precio: un río, un bosque, una montaña, tienen un valor inmenso. ¿Pero cómo ponerles un precio?

Ha habido economistas que le pusieron precio a lo que llaman “servicios ecosistémicos” o servicios ambientales, que se refiere a las funciones de los ecosistemas y los fenómenos relacionados, como el pago en servicios ambientales y su comercio.

Por ejemplo, en el caso de los bosques, sus funciones de conservar carbono, mantener la biodiversidad y contribuir al ciclo del agua se comercializarían como “servicios ambientales” (ver boletín 175 del WRM).

Los servicios de los ecosistemas valdrían entre 16 y 54 billones de dólares, dicen.

Hay una corriente de la Economía (la Economía Ambiental) que sostiene que asignarle un precio a la naturaleza terminará incentivando los negocios así como políticas que estén orientadas hacia la “sustentabilidad ambiental”.

Este enfoque es la esencia de la Economía Verde, y ya ha ganado adeptos en sitios estratégicos.

Enfrentando la financierización

En momentos en que la Humanidad, con su modelo civilizatorio capitalista predominante, se enfrenta a una encrucijada, es necesario un cambio de rumbo y se hace imprescindible que los Estados y gobiernos redefinan su función así como su compromiso con los pueblos.

En este momento las políticas en general apuntan a que los dineros públicos se destinen a apoyar a los grandes emprendimientos –que dan de ganar a grandes empresas y bancos– y los “rescates” a los grupos especuladores causantes de las crisis; se vuelcan a mecanismos perversos como el comercio de servicios ambientales, que profundizan la mercantilización y la financierización de la naturaleza.

Eso es inaceptable.

Ya es tiempo de que los dineros de los pueblos se canalicen en políticas públicas que apoyen a las comunidades que buscan genuinamente conservar y recuperar sus bosques y territorios, a las comunidades campesinas que llevan adelante tipos de agricultura que han posibilitado una convivencia y una interacción con el bosque.

Por otro lado, los movimientos sociales están en proceso de construir alianzas amplias entre quienes combaten el sistema financiero internacional, quienes luchan contra la privatización de la naturaleza, y quienes luchan diariamente por sus territorios y ecosistemas.

En Cochabamba, en la primera Cumbre de los Pueblos, se gestó una alianza popular de organizaciones y redes no gubernamentales y movimientos sociales, buscando una agenda propia.

En Río+20 el proceso continuó y se manifestó una posición común contraria a la ‘economía verde’, con una agenda en conjunto.

Este proceso necesita fortalecerse para poder combatir efectivamente las grandes corporaciones e instituciones financieras responsables de la financierización de la naturaleza y de la vida en general.

Hoy es imperioso que, para empezar, los movimientos y organizaciones de la sociedad civil exijan información y transparencia sobre los procesos de financierización que avanzan rápidamente en los países del Sur y, en especial, sobre el papel de los Estados que, sin consultar a nadie, ya través de la propuesta y aprobación de leyes y decretos, muchas veces contrarios a constituciones y acuerdos internacionales en vigor, fomentan los negocios del capital financiero de apropiación de los territorios y la naturaleza.

Y entre todos y todas debemos también hacer el esfuerzo de fortalecer el debate poniendo los aspectos “técnicos” y aparentemente “complejos” de la financierización en lenguaje lo más simple posible, porque cuanta más gente se apropie del tema y entienda su perversidad y su impacto sobre la vida de las comunidades que dependen de los bosques, o de la naturaleza en general, y a la larga de todos los pueblos, más posibilidades habrá de construir un frente sólido necesario para combatir esa tendencia.

La naturaleza no se vende, no tiene precio y ¡se defiende!

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