Hace 100 años, murió el último ejemplar de la paloma pasajera

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¿Por qué recordarla?. Cuenta uno de los capítulos más impresionantes y bochornosos de la larga y continua historia de las especies que el hombre ha hecho desaparecer del planeta.

La tarde del primero de septiembre de 1914 todo parecía en orden en el zoológico de Cincinnati, en Ohio, Estados Unidos. Un empleado realizaba su ruta cotidiana, cubriendo con cuidado las jaulas de los pájaros. De pronto, al acercarse al área de las palomas, notó algo inusual y se percató de que nunca en su vida iba a olvidar aquella tarde. En el fondo de su jaula yacía inerme una paloma. No se trataba de una paloma cualquiera.

“Martha ha muerto”, reportó con tono sombrío el empleado a su supervisor. Se hicieron rápidamente los arreglos necesarios y en pocas horas el cuerpo de la paloma fue congelado, embebido en un bloque de más de 100 kilos y enviado a la Smithsonian Institution, en Washington, D.C., para ser disecado. ¿Qué clase de paloma era esta para merecer tan especial “servicio funerario”? Se trataba simplemente de la última sobreviviente de una especie que no muchos años atrás había asombrado a los naturalistas por su abundancia sin par. Con la muerte de Martha se cerraba uno de los capítulos más impresionantes y bochornosos de la larga y continua historia de las especies que el hombre ha hecho desaparecer del planeta.

Martha era la última paloma viajera (Ectopistes migratorius). Las palomas viajeras o pasajeras eran notablemente parecidas a las huilotas (Zenaida macroura) pero de mayor tamaño y vigor y con la cola más larga y puntiaguda. Bajo cualquier criterio, la paloma viajera era el ave más abundante que haya existido sobre el planeta. Su área de distribución incluía todas las zonas boscosas de Norteamérica, principalmente al este del Mississippi desde la bahía de Hudson hasta el norte de México.

En cuanto al tamaño de sus poblaciones, abundan los relatos del siglo XIX sobre ingentes parvadas de esta paloma. Entre los naturalistas que fueron testigos del maravilloso fenómeno del paso de grupos de palomas viajeras, destacan los connotados ornitólogos Alexander Wilson y John James Audubon. Un día de 1810, Wilson se sentó en el banco de un río a observar el paso de una gigantesca nube de palomas viajeras. Calculó que el grupo tenía algo así como dos kilómetros de ancho, cerca de 380 km. de extensión, que se movía a unos 90 km. por hora y que contenía no menos de 2 millones de individuos. Audubon, en 1813, observó una parvada de las palomas cuando se encontraba a unos 90 km. en camino a Louisville, Kentucky. Cuando finalmente llegó a la ciudad, la parvada seguía pasando sobre su cabeza, en densidades tales que “oscurecían la luz del medio día como si se tratara de un eclipse. Aún usando los cálculos de más conservadores que los de Wilson, Audubon llegó a la conclusión de que la parvada que había observado tenía al menos mil millones de palomas.

Martha nunca conoció la gloria que alcanzaron las de su estirpe. La última de las palomas viajeras nació en cautiverio, vivió hasta los 29 años bajo el cuidado de los empleados del zoológico y nunca participó en las masivas migraciones que sus parientes silvestres realizaban entre los bosques que les proveían de alimento o de sitio de reproducción. En compensación Martha tampoco tuvo que testificar el increíble colapso de la especie que se dio en la segunda mitad del siglo XIX.

La saña con la que se persiguió y exterminó a la paloma viajera rivaliza con la espectacularidad de sus parvadas. A mediados del siglo XIX, la carne más barata que se podía conseguir en Estados Unidos era la de paloma, por lo que este animal tenía una gran demanda. Un comerciante de Nueva York se ufanaba de vender más de 18 000 palomas diariamente. Grupos organizados de cazadores exterminaron grandes agrupaciones de lo que parecía ser un recurso ilimitado. En un solo día de 1878, un grupo de hombres dio muerte a más de mil millones de palomas en un sitio de anidación del estado de Michigan.

Para cuando Martha nació, en 1885, las poblaciones habían sido ya fuertemente diezmadas, pero la inclemente cacería continuó. Para 1896 quedaban únicamente alrededor de 250.000 individuos adultos. En ese año, un mensaje telegráfico alertó a los cazadores sobre un grupo de anidación en el estado de Ohio, probablemente el último que se formó. La eficiencia de los que llegaron al sitio fue asombrosa: se colectaron cerca de 200 000 piezas, esto sin contar los 100 000 polluelos que se dejaron abandonados en el sitio. El botín fue empacado y enviado por tren a los mercados del este de los Estados Unidos. El vagón en el que viajaban, sin embargo, se descarriló dejando expuestos al sol los cuerpos de las palomas. En avanzado estado de putrefacción, las piezas fueron arrojadas a una cañada. Patético final para una especie que llegó literalmente a dominar los cielos norteamericanos.

El último registro de una paloma viajera en estado silvestre es de 1900; fue un individuo que fue cazado por un jovenzuelo del condado de Pike, en Ohio. Catorce años más tarde, con la muerte de Martha, la extinción alcanzó a una de las especies más espectaculares que hayan existido jamás. Lo único que queda de la paloma viajera son los relatos de los naturalistas, ejemplares científicos y algunos individuos disecados que se exhiben en museos como testigos de una de las extinciones más increíbles de la historia.

La triste historia de la paloma viajera ilustra uno de los problemas con los que se enfrentan en la actualidad los biólogos de la conservación. Normalmente se considera que las especies más raras son las más susceptibles de extinción. De hecho, en ciertas clasificaciones, como la de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) , se incluye la categoría de especies raras. Implícita en esta categorización está la idea de que las especies raras podrían estar en mayor riesgo de desaparecer que las más comunes. Por extensión, se podría entonces suponer que las especies más comunes son las menos vulnerables a la extinción. La historia de la paloma viajera y la de otras especies nos muestra que esta lógica simplista puede ser un peligro sofisma.

En realidad podemos cometer dos tipos de errores al juzgar la vulnerabilidad de una especie con base a su abundancia. El primer tipo de error sería proteger una especie rara que en realidad no esté en peligro de extinguirse. El otro tipo de error sería ignorar una especie abundante pensando que no requiere protección especial. Los dos tipos de error pueden resultar costosos.

Existen otros casos de especies muy abundantes que podrían ser más susceptibles de extinción que otras más raras. El caso típico es el del bisonte americano (Bison bison). Así como la paloma viajera dominó los cielos de Norteamérica, el bisonte fue amo de las praderas del norte de México, Estados Unidos y sur de Canadá hasta finales del siglo XIX. Se estima que llegó a haber unos 50 millones de individuos de esta especie, lo que equivale a unas 30 millones de toneladas de bisonte. (En comparación, los 362 millones de humanos que actualmente pueblan Norteamérica pesan algo así como 21 millones de toneladas). En una historia muy parecida a la de la paloma viajera, la salvaje cacería del bisonte hizo que para 1890 quedaran apenas unos cuantos cientos de animales. En la actualidad, gracias a los programas de conservación, subsisten unos 100.000 bisontes, apenas 0.2% del total de animales que alguna vez hicieron retumbar el suelo de las praderas de Norteamérica.

Otros ejemplos de animales aparentemente abundantes son los de las especies que forman grandes concentraciones en sitios específicos. Tal es el caso de la mariposa monarca (Danaus plexippus) y el murciélago guanero (Tadarida brasiliensis).

Fuente: National GeographicSmithsonian National Museum of Natural History

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