La cultura puede ser catalogada como «antiecologica»

Por Ángel Ruiz Cediel. Aunque en las sociedades avanzadas la concienciación de respeto al medioambiente progresa a muy buen ritmo, algunos ámbitos de la Cultura pueden ser catalogados como antiecológicos. De todos los órdenes poco o nada respetuosos con el medioambiente, probable y curiosamente, son algunos de la Cultura los que se muestran más destructivos con él, quizás superando al conglomerado industrial, al petrolero o incluso a las mismas guerras.

Por atroz que pueda parecer, más bombas se arrojaron filmando películas bélicas que durante la II Guerra Mundial, y más destrozos medioambientales se produjeron en el rodaje de alguno de los grandes éxitos de taquilla que por causa de incendios o catástrofes naturales. Y si esto es en cuanto al Cine se refiere, la Literatura no se queda atrás, e incluso es mucho más perniciosa por cuanto precisa de potentes industrias forestales de apoyo para la obtención de celulosa y de supercontaminantes industrias papeleras para la transformación de ésta en papel, ambas contrarias al respecto medioambiental. La Cultura, así, con especian hincapié en el Cine y en la Literatura, resultan ser un desastre tal para la humanidad y su medioambiente que quizás no tardando tendremos que reconsiderar sus medios de producción y difusión.

Ver algunos paisajes después de que los cineastas han recogido sus bártulos y se han marchado, puede resultar algo desolador. En las películas queda muy bien la espectacular explosión, el automóvil o el camión que se precipitan en llamas por un precipicio o las deflagraciones del napalm; pero la naturaleza en esos lugares, especialmente elegidos por su belleza, queda absolutamente devastada. Si juntáremos todos los parajes de incomparable belleza que han sido destruidos por el rodaje de películas, para mayor gloria y taquilla de la industria del Cine, tendríamos una superficie equivalente a todos los desiertos del planeta en los que durante décadas no podrá crecer ni la hierba; pero que no es muy diferente de lo que sucede con orden de la Literatura, utilizándose cada año para la impresión y difusión de libros una extensión arborícola equivalente a Canadá, y una industria auxiliar de transformación que allana costas y cuencas fluviales de la importancia, por ejemplo, del Paraná, convirtiendo sus aguas en altamente tóxicas. Un lujo que la sociedad humana en su conjunto no se puede permitir, especialmente por cuanto ya hay modos y maneras de obtener el mismo resultado sin dañar en absoluto a la Naturaleza.

Efectivamente, los medios tecnológicos actuales nos permiten ya no sólo usar medios informáticos para contener tan impresionantes daños –realidad virtual, ebook, etc.-, sino que son infinitamente más baratos y ofrecen muchísimas más posibilidades para los productores y los usuarios. Por una parte, la espectacularidad que precisa cierto tipo de cine –el llamado de acción-, puede hoy conseguirse con los mismos resultados por medios absolutamente respetuosos con el medio, no sólo disminuyendo de una forma muy notable los imponentes costos que suponen desplazar a toda una legión de actores y técnicos de filmación a lugares recónditos, sino multiplicando la belleza de los resultados. Y otro tanto sucede con la Literatura, la cual, además de ser demoledora para la naturaleza por la necesidad de colosales cantidades de papel, necesita adicionalmente ingentes cantidades de madera para almacenar esos libros, siquiera sea a nivel doméstico. Un simple pen drive, hoy, puede almacenar decenas de películas o cientos o miles de ebook con lo más granado de la Literatura Universal, y ser llevada toda esa colección en un bolsillo, o un simple ordenador doméstico podría contener la misma cantidad de obras que la Biblioteca de Alejandría.

En cuanto a los libros, por ejemplo, es verdaderamente sorprendente que el volumen de los vendidos en formato ebook sea apenas del tres por ciento del total de los producidos, algo que no se entiende bien por cuanto un libro de papel es mucho más caro, tiene muchas menos posibilidades y requiere para su almacenamiento librerías de madera u otros materiales de los que no somos excedentarios. Lo chocante de este caso es que no pocos lectores, a quienes se les supone culturalmente más concienciados, se muestran particularmente misoneístas con las tecnologías de ebook, arguyendo que la electrónica jamás sustituirá al papel, o que no hay experiencia semejante a tener un libro de papel entre las manos. Una resistencia a la innovación tecnológica que, curiosamente, está contra el concepto mismo de cultura. Es, de alguna forma, como si el descubrimiento de la imprenta supusiera un fiasco para los escasos lectores que había en tiempo de Guttemberg. Sin embargo, es algo parecido a lo que sucedió cuando comenzaron a comercializarse los teléfonos portátiles, que todo el mundo juraba sobre sagrado que en su vida usaría tales artefactos para estar localizados o para hablar solos por la calle como si estuvieran locos, pero que hoy incluso los niños desde su más tierna edad llevan uno de estos aparatos en el bolsillo. La resistencia a los cambios tecnológicos no son sino la renuencia al progreso, una conducta anticultural… y en este caso antiecológica. Como sucediera con los portátiles, sin embargo, sucederá con la Literatura y el Cine, y es más que previsible que muy pronto tanto los libros de papel como las películas destructivas hayan pasado a mejor vida, con el único costo añadido de que cada día que pasa asolamos un poco más la maltrecha Naturaleza, la cual está dando claros síntomas de rendición.

Precisamente debido a esta situación extrema que está experimentando el medioambiente, es imprescindible que tanto los productores de estas industrias como los consumidores de sus productos sean conscientes del daño que perpetran, e incluso sería del mayor interés que las autoridades culturales primaran las nuevas tecnologías que tanto daño evitan y penalicen las técnicas tradicionales. Pero también los usuarios deben tomar conciencia no sólo de las ventajas de aplicación y precio que estas nuevas tecnologías le ofrecen, sino que están en el deber moral de ser conscientes de que por cada libro de papel que compran destruyen inútilmente un árbol, y por cada película de acción que ven, un paraje incomparable queda destruido para siempre. La conciencia ecológica debe ir más allá de una postura testimonial, especialmente en la Cultura.

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