La energía más barata y limpia es la que no se usa

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En los primeros años de este siglo, gran parte del debate energético estuvo centrado en la preocupación por el agotamiento de los recursos energéticos, particularmente, de los combustibles fósiles. Sin embargo, los recientes desarrollos en las técnicas de extracción de “shale gas” en Estados Unidos y de “oil sands” en Canadá, despuntan un nuevo paradigma energético en el mundo, que no está centrado en la escasez.

Nuevos desafíos, quizás más preocupantes, se vislumbran en el horizonte, dado que existe un creciente consenso en la comunidad científica acerca de que el calentamiento global y el cambio climático que experimenta la Tierra son producidos, en buena parte, por el uso de combustibles fósiles. El dilema actual se parece a la tortura de Tántalo, quien fue condenado por los dioses a vivir en un lago con el agua hasta la barbilla, bajo un árbol repleto de frutas. Cada vez que Tántalo, desesperado por el hambre o la sed, intentaba tomar una fruta o beber el agua, los frutos se alejaban inmediatamente de su alcance y el agua descendía imposibilitándolo para beberla. Aún si estuviéramos rodeados de combustibles fósiles, sería perjudicial usarlos de manera indiscriminada.

En este escenario, la alternativa de usar en forma más eficaz nuestros recursos energéticos juega un rol crucial. El objetivo de la eficiencia energética es usar los mínimos recursos energéticos posibles para lograr un nivel de confort deseado. Esta elección tiene sentido tanto en lo económico como en lo ambiental. Al usar menos combustibles para hacer las mismas actividades, se disminuye el costo de las facturas de los usuarios y se reduce la necesidad de ampliar la infraestructura energética. Al mismo tiempo, se mitigan las emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento global, se preservan los recursos energéticos y se posibilita que sectores de menores recursos puedan acceder a los beneficios de la energía.

Los consumos de energía para calefacción y refrigeración en viviendas y edificios pueden disminuirse en más del 50% con diseños adecuados y buena aislación térmica. Una refrigeradora actual utiliza un tercio de la energía que en 1973. En promedio tiene 20% más de capacidad de almacenamiento y cuesta la mitad de los antiguos equipos, cuando se corrige por inflación. Las lámparas de bajo consumo consumen entre un cuarto a un quinto de las tradicionales a filamento. Los nuevos lavarropas usan 70% menos energía. Los nuevos acondicionadores de aire gastan un 50% menos de energía.

El mayor costo inicial de los productos más eficientes se compensa con ahorros en la factura de energía durante su vida útil. El incremento en demanda de estos productos disminuye su costo. Estas rebajas en los equipos y sus menores consumos los vuelve más accesibles a sectores de menores recursos.

Una ventaja adicional del Uso Racional y Eficiente de la Energía (UREE) es que, para aprovecharlo, no son necesarias grandes y costosas obras de infraestructura. Si se desarrollase una gran reserva de gas en algún punto del pais, desde luego sería una muy buena noticia. Sin embargo, para aprovecharla, sería necesaria una gran inversión en el transporte de ese gas a los centros de consumo y, finalmente, ampliar las redes de distribución en las ciudades para llegar a los usuarios, o construir nuevas centrales eléctricas.

Eventos recientes ilustran la falencia de reducir la problemática energética a una cuestión sólo de oferta de energía. La inusitada ola de calor aumentó enormemente la demanda de electricidad y colapsaron los servicios de provisión de electricidad a miles de usuarios. Lo que falló esta vez no fue la oferta eléctrica, sino los sistemas de distribución. En ese sentido, una ventaja adicional del UREE es que disminuye en forma notable los picos de demanda. Además, al disminuir los consumos por usuario, se libera una parte de la infraestructura ya existente para que más personas o industrias tengan acceso a la energía producida, sin necesidad de invertir en costosas ampliaciones y ni agregar emisiones.

En el mundo se desarrollaron varias estrategias para estimular un uso más eficiente de la energía. Una de estas herramientas es el etiquetado de eficiencia de artefactos domésticos. Ellas permiten a los usuarios elegir y demandar equipos de menor consumo. En respuesta a esta demanda, los fabricantes se esfuerzan por producir equipos más eficientes, generando un círculo virtuoso que mejora la calidad de los productos, a la vez que promueve el desarrollo tecnológico y económico.

Mediante el UREE es posible disminuir totalmente las importaciones de energía. El UREE y el aprovechamiento de los recursos energéticos renovables son dos caras de una misma moneda. Al disminuir las demandas energéticas, los aportes de fuentes renovables comienzan a jugar un rol más significativo. Se disminuyen las emisiones y se desarrollan tecnologías para aprovechar nuevas fuentes renovables. Esta sinergia puede generar nuevos emprendimientos, empleo y desarrollo económico.

La experiencia internacional indica que, en general, es más barato ahorrar una unidad de energía que producirla. Así es como la UREE se convierte en un protagonista fundamental de las matrices energéticas de los países desarrollados, ya que es una fuente de energía de bajo costo que no contamina. Además, es un recurso energético que está más cerca del alcance de nuestras manos.

3 comentarios en “La energía más barata y limpia es la que no se usa”

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