La realidad climática está superando nuestras previsiones más negativas

Por: R. SANTAMARTA. Cambio de clima o clima de cambio?. Dice el refranero español «llueva abril y mayo, aunque no llueva en todo el año», pero después del cuarto invierno más seco de los últimos 150 (tan solo hubo cuatro días de precipitaciones), la primavera dejó el nivel de lluvia más bajo de los últimos siete años y el verano no ha sido pasado por agua precisamente. ¿Esto es preocupante?

La disminución de las precipitaciones siempre es preocupante, porque muchos de nuestros sistemas dependen de que llueva. Lo importante es discernir si es algo pasajero o recurrente.
Determinar esto no es sencillo, pues se requieren años de observación para ver si lo que nos parece raro verdaderamente lo ha sido.
Ha pasado casi desapercibido que este año la superficie de mar cubierta por hielo ha llegado a un mínimo que ha sobrepasado todo lo pensable.
Si hace dos décadas, en condiciones normales, cada verano en el Ártico la superficie mínima cubierta por hielo no bajaba de nueve millones de kilómetros cuadrados, este año apenas ha superado los tres millones.
Ni siquiera en 2007, cuando el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) aprobó su cuarto informe, se preveía que se diera este escenario a finales de siglo incluso en las peores circunstancias.
Este es un cambio de una magnitud descomunal y no ha ocurrido algo así en la Tierra desde hace más de un millón de años.

¿Es el Ártico una zona crítica para el clima de la tierra?
Sí. En esas latitudes se producen procesos que terminan afectando al clima entero del planeta. Este año no solo se ha perdido una gran superficie de hielo en verano, sino que se han producido procesos que pueden tener consecuencias graves. Así, en Groenlandia se ha producido este año un deshielo superficial sin precedentes, que prácticamente afectó a toda su extensión, incluso en superficies a más de tres mil metros de altitud, lo que indica que las condiciones térmicas han sido excepcionales. Una parte de esta agua irá a los océanos, contribuyendo a elevar el nivel del mar. Por otro lado, en buena parte del este de América del Norte se han registrado temperaturas que han batido los registros históricos y se ha producido una sequía que también ha alcanzado registros récord, tanto que un río tan caudaloso como es el Mississippi, por el que se transporta una buena parte del grano que en se produce, ha estado a punto de tener que cerrar por falta de agua. Estos episodios extremos que estamos sufriendo no son fruto de la casualidad. Aunque la demostración de causa y efecto sea casi imposible por la naturaleza estadística de los episodios extremos, lo que está ocurriendo coincide con lo que la ciencia viene anticipando.

¿Y qué se nos avecina?

Las proyecciones más robustas indican que aumentará la temperatura y las olas de calor. Los veranos extremos, que aparecían hasta ahora una vez cada diez años, se harán tan frecuentes que los tendremos una vez cada cinco a mediados de este siglo o cada dos años a finales del mismo. La pérdida de precipitaciones y las sequías recurrentes son otras de las proyecciones que tienen alta fiabilidad. Bajo estas circunstancias, o cambiamos los hábitos y pautas de conducta o los incendios adquirirán más protagonismo, pues tenderán a hacerse más grandes. Además, la regeneración de la vegetación va a ser más difícil, porque se va a producir bajo condiciones de sequía.

¿Qué podemos hacer para afrontarlo?

En el marco de las Naciones Unidas se han adoptado acuerdos para evitar que el clima se descontrole de manera peligrosa, para lo cual el calentamiento no debería exceder de 2ºC. Nuestro país también se ha sumado. Los científicos hacen el diagnóstico, decimos qué puede pasar si se toma tal o cual decisión, pero los gobiernos son quienes deben ejecutarlas y los ciudadanos exigirles las responsabilidades que corresponda. La información que aportamos comprende lo que puede pasar si se actúa pronto y lo que pasará si no se hace nada. Y, de no hacer nada, nos enfrentamos no a 2ºC para finales de siglo, que ya es un calentamiento significativo, sino a muchos más. Algunas de las consecuencias más trágicas ya se están produciendo, pues parte de los 1.000 millones de seres humanos que pasan hambre en el mundo probablemente se lo deben ya al cambio climático. La pelota está en el tejado de los gobiernos que deben decir qué males quieren evitar para todos mediante las actuaciones que pongan en marcha, ya que la ciencia es robusta, sin ápice alguno de alarmismo. Con la sequía de este año, una de las zonas más productivas de grano del mundo, como es Estados Unidos, ha disminuido su producción, lo que terminará afectando al precio de los cereales. Y el aumento de precios significa que muchas personas van a sufrir. Puede que no seamos nosotros, pero son nuestros congéneres. Quizás ahora no nos toque, pero puede que sí la próxima vez.

Normalmente es más vulnerable quien menos tiene, quien está al límite. Hay algunos países del Pacífico que se van a inundar, van a desaparecer, y ya están cerrando acuerdos para irse a otras zonas. La producción de alimento en las zonas tropicales es sensible al aumento de las temperaturas, lo que quiere decir que su productividad no ha aumentado conforme lo ha hecho en el resto del mundo. En estas zonas la relación entre disminución de la productividad y hambre, por desgracia, suele ser demasiado directa. El planeta va a seguir calentándose de manera acelerada. El problema no son las temperaturas medias, sino las olas de calor y los cambios térmicos a destiempo. Un calor extremo en el periodo de maduración tiene consecuencias muy diferentes que cuando el grano está formado. Hay incertidumbres en los detalles, pero no las hay en las generalidades.

Contaminamos tres veces más de lo que podemos soportar. Esto, unido a las bajas precipitaciones, ¿qué consecuencias tiene para la salud?
En la regulación de la temperatura corporal, cuando hace frío, aumentamos la producción de calor. Pero, cuando hace mucho calor, nuestro metabolismo se acelera y nos calentamos más. Es una paradoja, pero así es como somos. Esto significa que las altas temperaturas suponen un estrés muy importante para muchas personas. Si se aumenta la actividad corporal cuando la temperatura excede lo normal, se pueden producir golpes de calor que acaban con la vida. El estrés térmico hace que, cuando se produce una ola de calor, la mortalidad aumente.

Por otro lado, el calentamiento afecta también a la salud de manera indirecta, en tanto en cuanto la climatología controla también los patógenos que nos hacen enfermar. La falta de frío invernal puede hacer que aparezcan patógenos que no teníamos. Asimismo, con las altas temperaturas y una mayor insolación, la contaminación producida por la combustión de los vehículos hace que aumente la producción de ozono en la baja atmósfera, la que respiramos. Un accidente de tráfico en el que trágicamente mueren unas pocas personas es objeto de los titulares de los medios. Pero un efecto de mortalidad difuso, que es mucho más letal y puede afectar a centenares o miles, como puede ser el causado por una ola de calor, pasa desapercibido.

Nosotros no les decimos a los gobiernos lo que deben hacer. Les decimos qué es lo que puede ocurrir si toman la decisión A, si toman la B, o si no adoptan ninguna. Somos los mensajeros y ellos son los responsables de hacer caso o no a la ciencia. Sabemos que si no disminuyen las emisiones de dióxido de carbono de manera sustantiva, para lo cual antes de que acabe esta década debemos estar ya en una senda efectiva de reducciones, para llegar a 2050 con un 50-80% menos de emisiones, no será posible alcanzar el objetivo de que el calentamiento no exceda los dos grados centígrados que los gobiernos más importantes del mundo han decidido no querer exceder.

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