Mar Aral: la historia del lago que no quiso desaparecer

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Por Christopher Pala. Seis años después de la construcción de un dique que elevó en dos metros el nivel del agua en la parte norte del Mar de Aral y redujo su salinidad en dos tercios, el lago de Asia central que fuera sinónimo de catástrofe ecológica se convirtió en un modelo de recuperación ambiental.

Uzbekistán, quien logró su independencia en 1991, heredó la parte sur del Aral y el Amu Darya, el mayor de los dos ríos que trasladan el agua de los glaciares de la cordillera de Pamir hasta el lago y lo mantienen frío. Ese país también priorizó el algodón para la exportación, que se convirtió en su principal fuente de divisas.

El desvío de los ríos hizo que la superficie del Mar de Aral, que significa isla en kazajo, disminuyera en 10 por ciento y su lecho se confundiera con el desierto de Asia central.

En los primeros años de las obras, las tormentas de polvo dispersaron nubes de sal y pesticidas por la región, que ya era una de las más pobres de la Unión Soviética. Eso llevó al aumento de enfermedades respiratorias, según médicos locales.

El agua restante formó tres lagos, el contenido de sal aumentó y los peces emigraron a los deltas de ambos ríos.

En el norte, en la parte de Kazajstán, el Mar de Aral es menos salobre y se introdujo el pez platija que tolera mayores cantidades de ese elemento a fin de ofrecer un mínimo de proteína a la población local.

En Uzbekistán, al sudoeste, el lago es cuatro veces más salobre que el océano y solo ciertos langostinos sobreviven. En la parte sudoriental, mucho menos profunda, casi desapareció totalmente.

Al retirarse 100 kilómetros al sur de Aralsk, el otrora floreciente puerto con una gran fábrica de enlatados y un aeropuerto, ahora cerrado, se volvió tan desolado como los 200 barcos que iban quedando varados mientras el lago se secaba.

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Durante décadas, los barcos ofrecieron nidos para los halcones y sombra a las vacas, caballos y camellos que deambulaban por el desierto pardo de arcilla, que solo tolera unos pocos arbustos bajos.

Ahora que aumenta la demanda de pedazos de metal en China, la mayoría de los cascos de los barcos fueron cortados y enviados al exterior, dejando puentes herrumbrados, que enrarecen el paisaje al erigirse sobre el desierto.

Kazajstán recibió en 2005 un flujo de divisas por la venta de petróleo. Con asesoramiento y un préstamo del Banco Mundial construyó un dique de 13 kilómetros que impidió que el agua del Syr Darya fluyera hacia el sur y se evaporara. La obra permitió que el lago se ensanchara en 18 por ciento y volvieran los peces de agua dulce.

El proyecto tuvo un éxito espectacular. Más de dos decenas de especies del delta se reprodujeron a una rapidez vertiginosa a media que los juncos se propagaban en las partes más bajas del lago, ofreciendo sitios de desove y atrayendo a millones de aves.

Aun cuando los pescadores extraen unas 5.000 toneladas al año, el peso combinado estimado de los peces del Aral aumentó de 3.500 a 18.000 toneladas en seis años.

Ya se recogen los beneficios. En Aralsk hay una planta que hace filetes, empaca y congela lucioperca, entre otros peces, para exportar a varias ciudades, y emplea 41 personas. El director de la misma espera conseguir la aprobación necesaria para exportar esa variedad a la Unión Europea (UE), donde se vende mejor que el salmón. Además se está construyendo otra fábrica, cerca de ese poblado.

A pocos kilómetros de Akbaste, una decena de pequeños pescadores parten al anochecer a tirar sus largas redes, que recogen al alba, agitándola como una cornucopia de peces que aletean, todos comestibles y aptos para la venta.

La lección que deja el Mar de Aral es que, si al menos queda un pequeño ecosistema intacto, sirve de refugio a las especies, de tal forma que cuando se rehabilita, el resto se recupera del todo.

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