Movilidad urbana sostenible

Por. JAVIER GRANDA ÁLVAREZ. Vivimos en un mundo en el que el término de moda es el de la sostenibilidad. El desarrollo debe ser sostenible, la ciudad y la edificación deben ser sostenibles, la movilidad urbana debe ser sostenible, al igual que la gestión medioambiental, entre otros aspectos. Pero sabemos realmente ¿qué es la sostenibilidad?, ¿es posible?, o se trata simplemente de un término felizmente acuñado y totalmente huero.

Según los teóricos del tema, la sostenibilidad o el desarrollo sostenible es aquel que permite hacer compatible el crecimiento económico, la cohesión social y la defensa del medio ambiente, de manera que se pueda proporcionar calidad de vida a los ciudadanos sin esquilmar los recursos ambientales disponibles. Es decir, aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las futuras. Dando por válida esta definición, la sostenibilidad debería ser una práctica política común al condicionar el presente y comprometer el futuro de los ciudadanos.

Parece evidente que el transporte urbano introduce fallas en el sistema, al afectar directamente al equilibrio deseable del mismo. El transporte urbano es un factor que grava el consumo energético, incide en la salud de la población (contaminación atmosférica y acústica, inseguridad vial), y, en cierto sentido, en la equidad social, al condicionar la accesibilidad a los servicios considerados básicos (educación, sanidad, ocio, trabajo, abastecimiento, etcétera).

Es innegable que los patrones actuales de movilidad en los que el uso del vehículo privado es predominante tienen un impacto social y ecológico (se puede medir a través de la denominada huella ecológica) notable. Por ello, es muy importante tender puentes hacia una movilidad más racional en la que el vehículo particular sea relegado por otros modos de transporte menos lesivos, tanto para el medio ambiente como para la economía en sus diferentes escalas (personal, local, regional, etcétera), pero que cubran igualmente las necesidades de movilidad de la población. Estos modos alternativos son el transporte público en sus diferentes modalidades, los desplazamientos peatonales y la bicicleta.

La movilidad urbana sostenible no es sólo deseable sino que es posible y depende, en buena medida, de las actitudes personales de cada uno de nosotros para hacer frente a nuestras necesidades de desplazamiento en el marco urbano. Puede parecer una actitud meramente volitiva, pero los buenos hábitos relativos a la movilidad se pueden aprender y enseñar, y tienen influencia no sólo a escala local, sino también global. Sólo es necesario que el mensaje sea interiorizado, sea asumido como propio, por todos nosotros.

Si queremos transitar por la senda de la sostenibilidad, la orientación está trazada. Sólo falta creérnoslo y actuar en consecuencia.

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