Reciclar o morir, esa es la cuestión…

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Por: Lorena Illoldi. En un mundo en el que nada se crea ni destruye sino simplemente se transforma, la única diferencia es el tiempo en que ese proceso de degradación.

En un mundo en el que nada se crea ni destruye sino simplemente se transforma, la única diferencia es el tiempo en que ese proceso de degradación y transmutación en otro estado toma para llevarse al cabo. Es decir, en cuánto tiempo algo se “echa a perder” y se convierte en otra cosa y puede seguir siendo asimilada en el eterno reciclaje de la vida, que es lo que se conoce como biodegrabilidad, la facultad de algunos materiales de reintegrarse a la tierra por acción de la naturaleza.

La biodegradabilidad está relacionada con la ecología, el manejo de desperdicios, y más que nada cuando se habla de plásticos, ya que estos tardan cientos de años en ser descompuestos.

Qué tan biodegradables o no es un material depende de su estructura física y química.

Actualmente muchos productos son fabricados con agentes biodegradables, como pasa con los detergentes, pero todavía están los plásticos y diversas sustancias como los insecticidas.

A continuación, le comparto algunos ejemplos de cuánto toman en pudrirse algunos materiales que son tan utilizados por nosotros:

  • -Cáscara de banana: 2 a 10 días
  • -Pañuelos de algodón: 1 a 5 meses
  • -Papel: 2 a 5 meses
  • -Cáscara de naranja: 6 meses
  • -Cuerda o soga: 3 a 14 meses
  • -Calcetines de Lana: 1 a 5 años
  • -Envases/cartones de leche Tetra Paks (con algo de plástico): 5 años
  • -Filtros de cigarrillos: 1 a 12 años
  • -Zapatos de cuero: 25 a 40 años
  • -Nailon: 30 a 40 años
  • -Vasos de aislante térmico de poliestireno “Styrofoam”: 1 a 100 cien años
  • -Anillos plásticos de paquetes de latas de aluminio de seis “6-pack”: 450 años

Ahora bien, millones de dólares se recuperan anualmente gracias a la labor de los “pepenadores”, quienes ayudan a que estos deshechos no terminen en vertederos o peor aún, en el fondo de ríos u océanos, y cumplen una gran labor en la urgente necesidad de reciclar más y mejor.

Pronto deberá llegar el momento en que las tiendas se sumen a estas estrategias, y nos den bolsas de colores que faciliten el manejo de los residuos. El color verde, para los orgánicos, tales como restos de comidas, yerbas, té, huesos, etc.; el amarillo, para papel y cartón sin arrugar y seco; el azul, destinado a los reciclables, tales como envases de plástico, bolsas, botellas y frascos de vidrio en buen estado, latas, alambre, telas; el color rojo, para los elementos peligrosos, como chicle, papel sucio, excremento de perro, pañales, agujas, vidrios rotos.

Si lo anterior le parece muy complicado, pues le dejo la opción más simple, que consiste en usar dos bolsas de basura: una para lo que se pudre, y otra, para lo que no se pudre. Le aseguro que cualquier tipo de consideración que tomemos en estsentido, se traducirá en magníficos resultados para la ecología y sustentabilidad de este planeta en que vivimos. Y eso siempre será bueno para nosotros y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos.

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