Rentabilidad medioambiental en época de crisis

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POR: FERNANDO DE LA HOZ ELICES. ¿Por qué he de preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí? (Groucho Marx).

La posteridad no vota, sin embargo la preocupación por el medio ambiente se centra en modificar los hábitos de los habitantes de hoy en beneficio de futuras generaciones.
Lo que en épocas de prosperidad puede ser -y, de hecho, ha sido- un inconveniente para que los gobernantes tomen medidas drásticas en beneficio del medio ambiente, en épocas de crisis puede ser una oportunidad para tratar de reconciliar lo ecológico con el aprovechamiento y crecimiento económico.

Sin lugar a dudas, toda política medioambiental es necesariamente intervencionista. Sin la intervención de los gobernantes, no podrá protegerse el entorno. John Stuart Mill lo anticipó hace dos siglos. ¿Acaso no existe la propia tierra, sus bosques, sus aguas por encima y por debajo de la superficie? Ante esta herencia que ha recibido la raza humana, no debe ser el azar el que decida sobre qué derechos y en qué condiciones pueden actuar los ciudadanos sobre cualquier parte de esta tenencia común. Ninguna función gubernamental debe ser más importante que la regulación de estas cuestiones, ni más relevante para la idea de una sociedad civilizada.

Uno de los políticos liberales británicos más radicales, Nicholas Ridley, justificó la intervención estatal en la política medioambiental con una metáfora contundente. «La contaminación, como el fraude, es algo que impones a otros contra su voluntad en busca de un posible beneficio económico». Como la prevención de la violencia y el fraude, el control de la contaminación es en esencia una actividad que el Gobierno, en cuanto protector del interés público frente a todo interés particular, ha de dirigir y regular.

Algunos opinan que no vale preocuparse por la contaminación por el hecho de que es una consecuencia del mundo económico y su hábitat. También Dios creó la mosca con su sabiduría y olvidó decirnos para qué. ¿Eso significa que debemos dejar que nos molesten? La contaminación debe ser tratada como un mal de futuro. Nuestra responsabilidad es tratar de minorar sus efectos.

Qué oportunidad tienen ahora los gobernantes ante esta crisis, que ha subido a las nubes los precios energéticos, para conciliar la contaminación de sus ciudades con el aprovechamiento económico de sus medios. Sus resultados pueden ser más eficaces en cuanto ahorro energético, y por tanto en abaratamiento de costes, en transporte para los ciudadanos, más que cualquier otra medida reductora de las que se están tomando para equilibrar el déficit, tales como elevación de impuestos, bajada de salarios, etcétera. Hasta ahora, la mano invisible del mercado no ha sido capaz de armonizar los intereses del individuo o de la empresa con los de la sociedad en su conjunto.

La mayoría de los ciudadanos utilizamos el coche individualmente para ir al trabajo, en lugar de hacerlo en autobús. Los costes, en este caso para la sociedad en su conjunto, tanto por la contaminación que causa el tráfico como por el deterioro, en consecuencia, de la capa de ozono, exceden a cualquier coste privado imputable a un individuo o empresa. Éste es abrumadoramente ineficiente socialmente. Quienes tienen el poder de decisión en las ciudades han de intervenir para ajustar los costes privados a los causados a la sociedad en sentido amplio.

Si el que contamina paga, los usuarios contaminantes, debemos satisfacer las costes de las acciones que recaen sobre la sociedad en general ¿No paga una empresa por contaminar? ¿No tiene una empresa que invertir para evitar la contaminación? ¿Por qué los individuos no tomamos conciencia de ello y ayudamos a la mejora ambiental a la vez que reducimos gastos en energía escasa y, por lo tanto, cara?

Invito a los gobernantes a que aprovechen la oportunidad que tienen ahora de intervenir en la política medioambiental, y hagan uso del sentido común para modificar los hábitos de sus ciudadanos.

Es obvio que todo ello debe ser motivo de un estudio en condiciones de la movilidad de vehículos en la ciudad, pero sus consecuencias pueden ser muy eficaces para los bolsillos de los ciudadanos, para el saneamiento de las arcas municipales, para la reducción de los efectos contaminantes y, por lo tanto, el efecto del daño medioambiental, y fundamentalmente, como dijo Margaret Thatcher en su discurso del partido conservador británico en octubre de 1988 que marcó su paso de Dama de Hierro a Diosa Verde: «La tierra no puede ser el feudo de ninguna generación». «El uso de la tierra es un arrendamiento de por vida con la obligación de mantenerla en perfecto estado».

No hay crisis sin oportunidad. Saber aprovecharla será la fuerza de un gobierno municipal, para salvar las debilidades y amenazas de esta situación crítica en el aspecto económico y medioambiental.

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