#Rio+20: El engaño de la economía verde

Por NAZARET CASTRO. Hoy comienza de la cumbre de Rio+20, la conferencia de Naciones Unidas que pretende evaluar los logros alcanzados desde el encuentro que acogió Rio de Janeiro hace veinte años. A priori, no parece que haya mucho que celebrar. Los intentos por introducir el concepto de sostenibilidad en el marco del capitalismo global han sido tímidos o simplemente inexistentes; una de las últimas cumbres contra el cambio climático, la de Copenhague de 2009, se saldó con un rotundo fracaso, y desde entonces, la urgencia de la crisis financiera en los países desarrollados sacó de la agenda internacional cualquier consideración medioambiental.

Rio+20 pretende, antes que cualquier otra cosa, devolver el protagonismo al debate sobre la sostenibilidad, pero las ausencias de Barack Obama, Angela Merkel o David Cameron no auspician que esta cumbre, por publicitada que sea, vaya a tener más éxito que sus predecesoras. Si poco se puede esperar de los estados, tal vez las ideas más interesantes provengan de los encuentros paralelos que protagonizará la sociedad civil, y sobre todo, de la Cumbre de los Pueblos que se celebrará paralelamente al encuentro de los jefes de Estado.

El debate clave, como explica Ignacio Ramonet en un reciente artículo en Le Monde Diplomatique, será en torno a la disyuntiva entre dos conceptos: economía verde versus economía solidaria. El primero, defendido por los portavoces del neoliberalismo global, es para Ramonet “un concepto-trampa” que implica “un simple camuflaje verde de la economía pura y dura de siempre”. Un ‘enverdecimiento’, dice Ramonet, del capitalismo especulativo. Los países que lo defienden pretenden que “la Conferencia Rio+20 les otorgue un mandato de las Naciones Unidas para empezar a definir, a escala planetaria, una serie de indicadores de medición para evaluar económicamente las diferentes funciones de la naturaleza, y crear de ese modo las bases para un mercado mundial de servicios ambientales”, como de hecho ya se comenzó a hacer con el incipiente mercado de las emisiones de dióxido de carbono. Nada nuevo bajo el sol: el capitalismo sabe llevarse todo a su terreno, y no iba a ser menos con las preocupaciones ambientales. Economía verde significa, entonces, una mercantilización de los recursos naturales que abre enormes posibilidades de negocio.

Algunos movimientos rechazan la economía verde y piden una economía solidaria./ Lotus Head
La guerra del agua

En radical oposición a estos conceptos, las organizaciones que defienden una economía solidaria creen en la superación del modelo capitalista actual, incompatible, por su propia naturaleza –se basa en un crecimiento infinito, en un planeta de recursos limitados- con la sostenibilidad ambiental. Desde estas posturas se reivindica el concepto del bien común, esto es, la exigencia de que ciertos bienes sean de propiedad colectiva, comenzando por los más básicos para la supervivencia humana: la atmósfera, el agua, las tierras comunales, las semillas, la biodiversidad.

El agua dulce se sitúa en el centro del debate, pues el capitalismo ya ha intentado apropiarse de ella y comercializarla en países de todo el planeta. El caso de Bolivia es paradigmático: las leyes privatizadoras llegaron al absurdo de prohibir a los ciudadanos que recogiesen el agua de la lluvia en baldes, pues ello, pretendidamente, iba en contra de la libertad empresarial de Bechtel, la compañía que controla el suministro de agua. Los bolivianos salieron a la calle hasta que consiguieron echar del país a la multinacional; tal vez su experiencia fue apenas un precedente de la guerra del agua que está por venir a escala mundial.

La concepción del bien común se enmarca en una nueva concepción del mundo, superadora del capitalismo depredador, que cree en otro orden de cosas más armónico con el medio ambiente y con el propio ser humano. Que, como recuerda Ramonet, quiere avanzar hacia un consumo responsable, que combata lacras instaladas sistémicamente en la economía mundial, como el trabajo esclavo y la obsolescencia programada. Quiere impulsarnos hacia una economía sustentada en el trabajo y no en el capital; que se base en los recursos y las necesidades humanas y no en esa lógica tramposa de la maximización del beneficio, esa que permite que la sobreabundancia conviva con la miseria, y que la capacidad tecnológica y científica del siglo XXI lleve a la humanidad a la opresión en lugar de a la liberación. Obvio que la lucha contra la opresión no florecerá en ninguna cumbre de jefes de Estado, con o sin Obama. Los grandes cambios, las verdaderas revoluciones siempre las protagonizaron los pueblos.

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