Smart Cities: Las ciudades ecológicas del futuro

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Por: Cristina Sen. Smart Cities. El concepto de Ciudad Inteligente tiene ser una herramienta para que la administración pueda prestar sus servicios de una forma más eficiente, y para que las empresas tengan la posibilidad de crecer y disponer de infraestructuras eficientes. Es un concepto abstracto pero tiene que presentar soluciones concretos. La apuesta por las ‘smart cities’ se abre paso ante el agotamiento del actual modelo urbano. La conexión de todos los servicios mediante la tecnología permite el ahorro energético. En el 2050, el 75% de la población vivirá en urbes, lo que obliga a repensar el modelo.

magine un momento: un sensor –de los muchos que habrá en las ciudades– detecta humo e inmediatamente las cámaras cercanas enfocan el punto de la incidencia y envían la información a un centro de datos. Allí, en función de la gravedad de la situación, se conecta con el coche de bomberos o de policía más cercano y se acompasan los semáforos para que este llegue lo antes posible.

¿El futuro? En esto trabajan hoy las grandes empresas tecnológicas del mundo; de esto debaten arquitectos, urbanistas, ingenieros…, y esto estudian los ayuntamientos de algunas de las grandes ciudades del planeta. Es sólo un pequeñísimo ejemplo de cómo pueden funcionar las smart cities, una nueva formulación sobre el futuro de las urbes, y de cómo las habitan sus ciudadanos aprovechando al máximo las nuevas tecnologías.

La creación de ciudades inteligentes es un debate en boga que va más allá del concepto de ciudad sostenible o verde. Un debate sobre cómo reformular el desarrollo urbano en las urbes de larga historia, y una realidad en algunos puntos: en Emiratos Árabes, Corea del Sur, China, Dinamarca o Singapur se construyen nuevas ciudades ciento por ciento inteligentes.

Para enmarcar el porqué del creciente interés que suscita este tema hay que partir de dos realidades inapelables. Los informes de la ONU avisan del éxodo de la población rural hacia las ciudades en los próximos años en los países emergentes –en el año 2050, se estima que el 75% del total de la población estará instalado en áreas urbanas–. Mientras, en los países desarrollados ya se ha llegado a la convicción de que el actual modelo de crecimiento y de funcionamiento de las ciudades, especialmente en un contexto de larga crisis, es insostenible en todos los sentidos.

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El debate sobre las smart cities parte de una necesidad y de la evidencia de que, si no se hace nada, la calidad de vida será insostenible. Los recursos y el espacio son finitos, la energía se malgasta y, desde el punto de vista económico, no nos lo podemos pagar. Por ciudad inteligente –en un primer acercamiento tecnológico– se entiende aquella que utiliza o utilizará las nuevas tecnologías para conectar en un sistema homogéneo la gestión de los servicios de transporte, sanidad, seguridad, energía, residuos y educación para optimizarlos al máximo y reducir drásticamente los costes.

En el plano social y ante el evidente encogimiento del sector público, la utilización de las nuevas tecnologías permitiría, por ejemplo, generalizar las consultas, seguimiento e incluso chequeos médicos a través de la red o intercambiar información entre hospitales. En lo medioambiental, está claro que la tendencia apunta hacia la definición de ciudades más autosuficientes desde el punto de vista energético –edificios aislados y que consuman menos, azoteas verdes, energía fotovoltaica, paneles solares…–, una disminución del tráfico privado y su sustitución por vehículos no contaminantes.

Para abordar a fondo el debate, su realidad y evolución y sus interrogantes, la Fira de Barcelona acogerá a partir del 29 de noviembre a los grandes gurús mundiales en lo que será el primer congreso europeo que plantea un acercamiento global a esta materia. Con el hilo conductor de que son las ciudades, las densas urbes, las que mueven el mundo gracias a su capacidad de atraer a la gente creativa.

Porque la ciudad sabia debe incluir a los muchos ciudadanos que hoy ya toman la iniciativa para autoorganizarse. «No puede haber una urbe inteligente sin una sociedad inteligente», señala Pilar Conesa, y esto supone la participación activa de los ciudadanos, que interactúen con lo que pase. En Copenhague ya funciona un sistema incorporado a las bicicletas, al que se accede con un smartphone, con información sobre atascos, contaminación y estado de las calles.

Como siempre, la voluntad política será clave para determinar hasta qué punto las ciudades podrán ser inteligentes. Es necesario unificar criterios de gestión, cambiar la forma de contratación de los servicios, fomentar fiscalmente este camino y la forma de relación con los ciudadanos. Es cuestión de sabiduría.

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