‘Yo no necesito aplausos’, la carta de una médica española que está moviendo conciencias en redes sociales

Esto no va solo por mi, hoy soy la voz de todos los compañeros que siguen yendo a trabajar cada día arriesgando su salud y la de sus familias por un sueldo mísero y un aplauso.

No soy un superhéroe. No tengo superpoderes ni sé hacer magia. No soy invencible ni mis heridas se curan al instante. Necesito dormir para recuperarme y comer para tener fuerzas. También lloro, me enfado y grito. Mi mayor preocupación en la vida no son mis pacientes, sino mis hijos, como cualquier otra madre.

También tengo padres, hermanos y amigos, un piso de alquiler y recibos que pagar cada mes. Ahorro para pedir una hipoteca que, a pesar de ser médico, no me conceden. Soy «cliente de riesgo»…

No soy un héroe, solo soy médico. Soy especialista en cirugía plástica. Trabajo a media jornada desde que tuve hijos. No he vuelto a trabajar en un hospital público, no hay plazas. Me han ofrecido dos veces una sustitución por maternidad, fuera de mi ciudad, con turnos de días y horas irregulares, y no las he cogido. La medicina privada me aporta más dinero que la pública y no tengo que hacer guardias. El ser autónoma me permite organizar mis horarios, no perderme las funciones escolares y quedarme en casa con mis hijos si están enfermos o se rompen un tobillo.

No tengo vacaciones pagadas ni pido bajas laborales. Trabajo desde casa cuando mis hijos duermen: leo artículos especializados y escribo informes, blogs de difusión y presentaciones profesionales. Acudo a todos los seminarios y congresos que puedo sacando de mi bolsilllo los gastos. Pago asociaciones y sociedades científicas. No soy un héroe ni ambiciosa y superficial. Soy médico.

Me da miedo no poder ejercer un día mi profesión porque me falte un dedo o me sobren dioptrías y por ello pago una cantidad ingente de seguros de incapacidad laboral (por cierto, no deducible en hacienda). Pago el IVA cada trimestre y también pago una jubilación privada porque empecé a trabajar tarde (seis años de carrera universitaria y ocho más de especialización con contratos de media jornada; además de máster, postgrados, estancias en el extranjero).

Soy fuerte. Soy exigente. Tengo una muy buena formación y cinco idiomas, pero no tengo el reconocimiento social ni el sueldo de un manager. Estoy cansada de justificar mis decisiones terapéuticas y desmentir al «doctor Google».

La epidemia del coronavirus reclama y exige de inmediato el mayor número de médicos cualificados disponibles. A tiempo completo, con dedicación exclusiva. Sin quejas, sin horarios, sin recelos. Durante meses. ¡No hay suficientes médicos en la sanidad pública! De los que había, miles se han infectado, varios han muerto.

El Gobierno propone que recién licenciados asistan a los enfermos. O jubilados voluntarios. Y cuando no queden más médicos internistas sanos, ¿llamarán a los cirujanos para curar neumonías? ¿Operaremos los tumores o fracturas por la mañana y atenderemos los Covids por la tarde? ¿Cuál es el plan? ¿Quemar las naves? ¿O prometer el oro y el moro a los que quedan?

Yo me pregunto, con todo el respeto: ¿cuántos repartidores trabajan voluntariamente? ¿Cuantos cajeros de supermercados jubilados se han movilizado? ¿Cuántos transportistas en formación han acudido al servicio u opositores a las fuerzas de seguridad del Estado?

¿Aplausos? Aunque me emocionan, no quiero que nadie me dé una palmadita en la espalda por contraer el coronavirus en acto de servicio y me manden a trabajar al tercer día de estar libre de fiebre. ¿Cómo van a recompensar mi esfuerzo y el riesgo que corro? ¿Quién cuida de mis hijos mientras yo voy a trabajar al hospital ahora que han cerrado los colegios? ¿Y si me pongo enferma? ¿Cómo voy a aislarme yo? ¿Quien vendrá a cuidarme a mi y a mi familia? ¿Podré tomarme un descanso (pagado) cuándo todo esto acabe? ¿Tendré asistencia psicológica cuando los sueños se me repitan durante meses?

A los que están en primera línea les pasan esas cosas por la cebeza al entrar y al salir de trabajar… Dentro sólo hay pacientes que los necesitan. No hay tiempo.

Yo me prometí, mientras estudiaba la carrera, hacer mi trabajo lo mejor que pudiera, intentar la excelencia y ofrecer los mejores métodos y técnicas que conozca para ayudar a alguien a mejorar su salud o curar sus heridas. ¡Porque no me gusta ver sufrir a nadie! Porque soy «cuidadora» de los míos y de «los otros». Porque disfruto con cada éxito del que he formado parte y con cada sonrisa de agradecimiento de un paciente. Porque me siento bien cuando algo sale bien gracias a mi esfuerzo. Pero, ¡no soy un héroe! ¡Tengo miedo! Y sé que de mi salud dependen también la de mis hijos y la de mis padres.

Si no reman conmigo (el Gobierno, los colegios profesionales), si no me defienden, no me ofrecen los medios de protección, de trabajo, de colaboración o de información necesarios para ayudar a los demás, ¡se nos hunde el barco! No soy un superhéroe y no voy a salvar el mundo desnuda y sola. Aquí y siempre, o todos o ninguno. Eso sería lo justo.

* Noemí González Muñoz es médico, de Barcelona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir arriba