Después de Copenhague

Por: Maria Otero
En estos días se está desarrollando el evento que marcará pauta respecto a nuestro futuro.

La 15 Conferencia de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (Unfccc), mejor conocida como la Cumbre de Copenhague agrupa a representantes de 192 países reunidos para discutir sobre el calentamiento global y cómo combatirlo.

El resultado final de este evento debiera ser un acuerdo que a partir del año 2012 sustituirá al maltrecho Protocolo de Kioto.

El Protocolo de Kioto implicaba una reducción paulatina de las emisiones de carbono hasta alcanzar en el año 2012 una disminución del 5% con respecto a las emisiones generadas en el año 1990. Adicionalmente se creaba la figura del mercado de derechos de emisiones de carbono, donde aquellos países que generaran menos emisiones que su cuota podrían vender el excedente.

El Protocolo de Kioto prácticamente murió al nacer, básicamente porque Estados Unidos, el principal generador de emisiones, se negó a firmar el acuerdo. Hoy día, Estados Unidos ya no se encuentra a la cabeza del ranking contaminador, adicionalmente, el gobierno norteamericano no está conformado por un equipo procedente y con altas influencias en el mundo petrolero, como lo era el gobierno de George Bush, y como guinda, entre las personas cercanas a Barak Obama se encuentra otro ganador del premio Nobel de la Paz, precisamente por su labor medioambientalista, Al Gore. Todo esto permite vislumbrar una aceptación del acuerdo que surja en Copenhague.

El medioambientalismo tiene una gran barrera, la economía. Todas las alternativas que permiten cuidar el medio ambiente son más costosas que aquellas que no, es una relación inversamente proporcional, a menor costo mayor contaminación y viceversa. No podemos hablar simplemente de la falta de compromiso gubernamental, cada uno de nosotros es generador de contaminación, solamente aquellas personas con un alto grado de compromiso con el medio ambiente sacrifican parte de sus ingresos o su comodidad por reducir su impacto en la naturaleza, esas personas son minoría, si bien hay que reconocer que en los últimos años su número ha ido creciendo. Con la finalidad de incentivar el consumo ambientalmente eficiente, los gobiernos deben aplicar impuestos que encarezcan aquellos bienes y servicios que mayor contaminación generan y utilizarlos para subsidiar aquellas alternativas de menor impacto ambiental.

Creo que el acuerdo que emane de Copenhague debiera establecer las cuotas de emisiones en función del tamaño de cada economía. Debería mantenerse el mercado de emisiones de carbono y establecer fuertes multas a los países que incumplan con sus cuotas, generando incentivos de participar en ese mercado.

El calentamiento global le compete al mundo entero, por ende, debe hacerse de obligatorio cumplimiento. En mi opinión, la mejor forma es vincular el acuerdo ambiental con los acuerdos comerciales y de financiamiento. En materia comercial, pueden establecerse preferencias arancelarias para el comercio entre los países firmantes o, por el contrario, pechar con mayores aranceles a los países no firmantes o que incumplan con los pagos de las multas. En materia de financiamiento, aplicación de mayores tasas de interés y menores plazos en financiamientos realizados por los organismos financieros multilaterales y bancas de desarrollo regionales. El calentamiento es una amenaza global.

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