
Mientras los políticos firman cada año acuerdos para reducir las emisiones que están detrás del cambio climático para incumplirlos después, los científicos están buscando vías para reducir su impacto. Desde colocar enormes espejos en el espacio para rebotar la radiación solar a convertir los océanos en sumideros de carbono, la geoingenería propone alterar el clima a escala planetaria. Aunque los ecologistas temen que sea peor el remedio que la enfermedad, la dispersión de partículas reflectantes en la troposfera gana enteros como la mejor arma contra el calentamiento. Un estudio ha analizado seis posibles mecanismos para esparcirlas allí arriba, encontrando que una flota de aviones diseñados para esa misión sería la última línea de defensa para evitar el desastre.
Las teorías de geoingeniería solar destinadas a provocar un enfriamiento artificial de la Tierra filtrando los rayos del Sol son realizables y de precio abordable, asegura un estudio publicado en la revista Environmental Research Letters, del Instituto británico de Física (IOP), señala sin embargo la necesidad de estudiar a fondo riesgos y consecuencias.
Las tecnologías cuya factibilidad y coste evaluaron apuntan a inducir efectos similares a los observados durante las erupciones volcánicas: el polvo emitido, al permanecer en la estratosfera refleja los rayos solares y hace bajar la temperatura del planeta.
El estudio sugiere diseñar un nuevo avión específicamente preparado como un dispersor desde cero que podría superar el principal obstáculo que tiene el resto de opciones: la altura. Se podría desplegar una flota de varias decenas de aeronaves a entre 18 y 25 kilómetros y en una franja que va desde los 30º norte y los 30º sur, en la zona intertrópicos, donde se concentra la mayor parte de la civilización. Esta flota sería capaz de reducir el flujo solar en un vatio por metro cuadrado dispersando en la troposfera un millón de toneladas de aerosoles (partículas de dióxido de azufre) al año.
Justin McCLellan (Aurora Flight Science Corporation), David Keith (Universidad Harvard) y Jay Apt (Universidad Carnegie Mellon) analizaron los costes de sistemas capaces de transportar cada año cerca de un millón de toneladas de aerosoles (capaces de tener un efecto similar al polvo volcánico) a una altura de entre 18 y 25 kilómetros. Demostraron que la tecnología de base ya existe y que podría ser puesta en práctica por menos de 5.000 millones de dólares anuales.
En comparación, con el coste de la reducción de emisiones de dióxido de carbono (CO2) está evaluado en entre un 0,2 y un 2,5% del Producto Interior Bruto mundial para 2030, es decir, entre 200.000 millones y 2 billones de dólares.
La mejor opción, según los investigadores, sería desarrollar un avión especial, ya que los existentes necesitarían modificaciones considerables y costosas para alcanzar la altitud necesaria.
La utilización de dirigibles sería más económica, pero más vulnerable. Otras opciones fueron descartadas por ser demasiado costosas o poco factibles.
Muchos científicos son escépticos o incluso hostiles a ese tipo de intervenciones, que no harían sino compensar artificialmente el recalentamiento del planeta, sin tratar los problemas de fondo del cambio climático. Además, podrían tener consecuencias desastrosas para ciertas regiones del globo.
Los autores del estudio admiten, por otra parte, que la reducción de la radiación solar que llega a la Tierra no disminuiría las concentraciones de gases con efecto invernadero en la atmósfera ni la acidez de los océanos.







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