«El Lorax: En busca de la trúfula perdida», otra lección de ecológia

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Por Ezequiel Obregón. «El Lorax: En busca de la trúfula perdida» (Dr. Seuss’ The Lorax, 2012) mezcla ciencia ficción y fábula en un relato en donde la conciencia ecológica es central.

Ya se sabe: una forma de llegar directo al corazón del público infantil es recurrir a la conciencia ambiental. ¿Será porque los niños son el futuro, que pueden ser cautivados con mayor facilidad por películas que apelan al cuidado del medio ambiente? Sea como sea, ejemplos sobran y a esta altura no está mal preguntarse qué aporta cada uno de ellos. A la cabeza, incólume, está «Wall-E» (2008), una película que trasciende la conflictiva categoría de “Infantil” para contar una historia con fluidez narrativa y pasión cinematográfica.

Pero volvamos a «El Lorax: En busca de la trúfula perdida», que esta semana llega a los cines latinoamericanos y españoles. Aquí, conoceremos a Once-ler, un joven ambicioso con una familia verdaderamente tosca e ignorante. Gracias a su inteligencia y ambición, sumadas a la falta de escrúpulos de los suyos, el muchacho conducirá a todo un bosque hacia una tragedia de alcance global. Luego de instalarse allí para montar un emprendimiento textil y de desafiar al Lorax (inclasificable animalito que oficia de “voz del bosque”), el muchacho terminará en un estado de absoluta soledad, rodeado del ambiente que él mismo degradó. Cuesta creer que el motor de ese proyecto sea la creación de una suerte de bufanda-gorro que, por algún motivo, todos querrán usar. Unos cuántos años más tarde, el film nos transporta a Theend-Ville, ciudad artificial que se mofa de no tener un solo árbol en pie. Excepto Ted, un niño enamorado de una cándida vecina cuyo sueño es ver uno de verdad, muy distinto a esos insípidos armatostes que en vez de frutos y hojas tienen lámparas.

«El Lorax: En busca de la trúfula perdida» apela, por una parte, a la conmiseración por los animalitos del bosque que se irán quedando sin un espacio para vivir. En la segunda parte, el relato se orienta hacia el objetivo de Ted: encontrar a ese personaje misterioso que fue la génesis de la tragedia. Relegado a una existencia mítica (no por nada es su abuela quien se lo menciona), esconde en una semilla la posibilidad de redimir su culpa y, al mismo tiempo, facilitarle las cosas al niño.

Con un atractivo uso de la tecnología 3D que tampoco supera la media, la película de Chris Renaud y Kyle Balda queda encorsetada en su propio mensaje. Ni causa tanto miedo el “segundo villano” (el alcalde de la ciudad, especie de capo mafioso que se hizo poderoso vendiendo aire) ni tanta ternura el niño, que a ratos cierra los ojos y recuerda a su vecinita. En cambio, sí es más convincente la perspectiva (estética y argumental) que la película genera sobre Once-Ier, a quienes los guionistas sí imaginaron con más psicología y menos marketing.

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