Por: MARCIO PORTO
Se nota, en los círculos internacionales, el miedo a la carencia de alimentos, que ha demostrado ser causante de serios problemas políticos y que ha forzado a muchos gobiernos a adoptar medidas desesperadas para lograr el control de la situación: restricciones a exportaciones de parte de los que tienen alimentos, imposición de subsidios a la producción, distribución de comida y semillas, entre otras.
Lo que no se dice es que ninguna medida adoptada abruptamente en tiempos de crisis agudas, solucionará el problema del hambre en el mundo. El problema del hambre no se soluciona con medidas paliativas ni provisionales; se soluciona con acciones que posibiliten a los mismos países protegerse de los efectos de la globalización, a largo plazo. El mundo necesita, urgentemente, de una seguridad alimentaria sustentable: el acceso universal a los alimentos que cada uno necesita para tener una vida saludable, ¡siempre!
¿Cómo alcanzar la seguridad alimentaria sustentable? En un mundo donde se dificultan la producción de alimentos y el acceso a ellos, donde convergen los cambios en las condiciones climáticas, los desastres naturales, la negligencia en la producción y el agravamiento de la ya enorme brecha existente entre ricos y pobres, esto es cada vez más difícil.
Se dice, quizás inocentemente, que no es tan difícil resolver problemas inmediatos de disponibilidad de alimentos si se tiene dinero para importarlos. Sin embargo, hay espacio para la pregunta: ¿a qué costo para el desarrollo de un país? En una economía planificada, las crisis en un sector específico provocan cambios repentinos de planes, que necesariamente perjudican otros sectores de igual importancia: salud, educación, transporte, para citar algunos, en este caso.
La seguridad alimentaria sustentable se logra con la independencia en la producción de alimentos. Esto solo se puede alcanzar priorizando el sector a través de inversiones en todos los eslabones de la cadena agroalimentaria: (insumos, producción, transformación, distribución, consumo) y sobre todo, priorizando la investigación y la generación de tecnologías. Lo mismo se aplica a otros sectores de la economía, como la industria, los servicios, la informática y la biotecnología, expuestos a una modernización acelerada en el entorno global. Sin embargo, muchos parecen ignorar que producir comida es una ciencia, y de las más importantes y dinámicas.
Los hombres del campo han realizado investigaciones desde que la primera semilla fue sembrada. durante siglos, han seleccionado las mejores especies, las variedades y razas productivas y más apreciadas.
Las ciencias agropecuarias han complementado la sabiduría popular y han generado tecnologías que hasta ahora posibilitan extraer cada vez más comida de la tierra. La existencia de casi 1 000 millones de hambrientos en el mundo no se debe a la falta de comida, sino a la mala distribución de los alimentos en la población mundial. La misma Revolución Verde de los años setenta, criticada por nosotros por su dependencia de insumos químicos, mostró que con la ciencia se puede alimentar al mundo y contradecir la teoría Malthusiana de que la producción de alimentos crecería a ritmo aritmético, mientras el incremento de la población lo haría a tasas geométricas.
Nuevas amenazas a la producción de alimentos, como el irreversible cambio climático, y la aparición de nuevas enfermedades animales y vegetales, agregan factores al desafío de equilibrar la producción y el incremento de la población mundial, que alcanzará más de 9 000 millones de personas en el año 2050. Esto, sin mencionar la aparente incapacidad de los países pobres de solucionar el problema con sus propios recursos.
Insisto en que para los que quieren alcanzar la seguridad alimentaria sustentable hay una salida: promover la investigación para garantizar la producción de alimentos de calidad a corto, mediano y largo plazos; así como mejorar técnicas de cultivo adaptadas a las nuevas condiciones climáticas y edáficas (relativo a las plantas y suelos) e introducir nuevas especies con la ayuda de tecnologías innovadoras y modernas, sin descuidar las prácticas tradicionales desarrolladas por los productores.



















