
La comunidad científica advierte que el episodio de El Niño 2026-2027 podría convertirse en el más intenso jamás registrado, recrudeciendo el calor extremo, las sequías y las inundaciones a escala planetaria.
La anchoveta no suele concebirse como un barómetro meteorológico; sin embargo, su repentina desaparición en las costas de América del Sur anticipa la llegada de uno de los eventos de El Niño más colosales que se recuerden.
Estos pequeños peces acostumbran a congregarse en cardúmenes masivos a lo largo de la costa del Pacífico suramericano, prosperando gracias a aguas frías y cargadas de nutrientes. Cada año, los pescadores de Perú y Chile aguardan con expectación la temporada de captura, pero de cuando en cuando las corrientes oceánicas frustran las previsiones. Este año es uno de ellos.
En periodos determinados, los vientos alisios que soplan del este sobre el Pacífico se debilitan o invierten su curso. Aunque el detonante exacto sigue siendo objeto de estudio, esta alteración empuja corrientes oceánicas cálidas hacia el litoral sudamericano, desplazando el afloramiento de agua fría y rica en nutrientes y provocando la desbandada de la anchoveta. Debido a que estas aguas cálidas suelen manifestarse cerca de la Navidad, los pescadores peruanos bautizaron históricamente a este fenómeno como «El Niño» (en alusión al Niño Jesús).
El alcance de este patrón climático natural trasciende con creces las fronteras suramericanas, desencadenando sequías extremas o inundaciones a millones de personas. No obstante, este año se presenta sobrecargado por el cambio climático, una combinación que enciende las alarmas entre la comunidad científica, organismos de ayuda humanitaria y gobiernos de todo el mundo.
Stephanie Roe, científica líder en materia climática del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), señaló que este «súper El Niño» constituye un severo recordatorio de cómo el calentamiento global agrava la presión sobre la sociedad y la biodiversidad:
«El Niño puede generar desastres climáticos devastadores por cuenta propia, pero hoy se despliega sobre un planeta mucho más cálido. Esto multiplica las probabilidades de que el calor, las sequías, las inundaciones y los incendios empujen a comunidades y ecosistemas más allá de cualquier límite antes experimentado».
Sequías e inundaciones
A medida que gana fuerza en el Pacífico, El Niño de este año converge con una masiva ola de calor marina persistente, sumándose a los efectos directos del calentamiento provocado por la actividad humana. Su onda expansiva golpeará las cadenas agroalimentarias y la biodiversidad, vulnerando los medios de subsistencia de pescadores y agricultores, así como el sustento de miles de millones de personas dependientes del sector agrícola global.
El avance del fenómeno está siendo monitorizado rigurosamente desde el espacio y en altamar mediante una flota satelital y una red de boyas marinas. Estos dispositivos transmiten datos en tiempo real sobre temperaturas del agua, corrientes y vientos, permitiendo dimensionar su potencial magnitud. Todo apunta a que el ciclo 2026-2027 podría quebrar los récords históricos.
Registros de la Oficina Meteorológica del Reino Unido (Met Office) indican que un episodio estándar de El Niño provoca anomalías térmicas de entre 1 y 2 °C en el Pacífico ecuatorial. Sin embargo, las proyecciones para cuando alcance su punto culminante, entre finales de 2026 y principios de 2027, sugieren incrementos de hasta 3 °C.
«Debemos ser claros: estamos ante un evento sin precedentes. Jamás habíamos visto una señal de El Niño con esta intensidad en nuestros modelos predictivos», declaró Adam Scaife, profesor y jefe de pronósticos de largo alcance de la Met Office. «Esto significa que, si el pronóstico acierta y otros sistemas internacionales arrojan valores extremos similares, sus efectos sobrepasarán por mucho cualquier registro reciente sobre el clima mundial».
¿Cuáles son las implicaciones?
Aunque la atmósfera siempre guarda cierto margen de incertidumbre, un episodio de El Niño exacerbado por el calentamiento global augura graves complicaciones. El secretario general de la ONU, António Guterres, comparó el fenómeno con «echar más leña al fuego en un planeta ya sobrecalentado».
Sus impactos se sentirán a escala planetaria, provocando sequías en ciertas zonas y diluvios en otras (o incluso alternando ambos extremos en un mismo territorio). Según Carbon Brief, el sudeste asiático y América del Sur resultarán especialmente perjudicados. El sur de África podría padecer severas sequías, mientras que el este del continente afrontaría inundaciones. El fenómeno también podría alterar los vientos monzónicos estivales por efecto del calor térmico, agudizando la falta de lluvias.
Ante este panorama, la secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), Celeste Saulo, subrayó que este «súper El Niño» demanda una preparación sin precedentes:
«En los 50 años de historia de la OMM, jamás habíamos puesto en marcha una movilización de pronósticos y servicios de tal envergadura con el objetivo primordial de salvar vidas y medios de sustento».
Impactos asimétricos y costos económicos
El Niño también suele atenuar la frecuencia e intensidad de los huracanes en el Atlántico y aportar lluvias a regiones áridas. Los modelos prevén que su punto álgido coincida entre diciembre y febrero, una ventana crítica para la siembra y el desarrollo de cultivos en América del Sur.
De acuerdo con análisis del banco de inversión Morgan Stanley, las lluvias abundantes podrían favorecer las cosechas en Argentina y el sur de Brasil; no obstante, otras regiones brasileñas enfrentarán patrones pluviométricos irregulares y retrasos en los calendarios agrícolas.
El balance general resulta sombrío: las pérdidas agrícolas amenazan con tensionar las cadenas de suministro mundiales y causar mermas multimillonarias. Economistas de Citigroup proyectan que un evento de esta magnitud podría acarrear pérdidas globales de hasta 7 billones de dólares en los próximos cinco años, dejando cicatrices duraderas en el producto interno bruto (PIB) mundial.
«La mayoría de los años con El Niño representan un contratiempo, pero este tiene el calibre de un choque estructural que alterará los patrones en regiones agrícolas neurálgicas», advirtió Julia Rizzo, estratega de materias primas para América Latina en Morgan Stanley. «Sus efectos trascenderán los partes meteorológicos locales e impactarán en los precios, la rentabilidad y las cadenas de distribución».
A su vez, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) advirtió que el fenómeno irrumpe en un contexto donde el sistema alimentario ya afronta tensiones por los elevados costes de energía y fertilizantes. El organismo proyecta que 274 millones de personas se encontrarán en situación de hambre aguda hacia finales de 2027, un incremento de 49 millones respecto a los niveles precedentes.
Crisis sanitaria y estrés ecológico
Otro riesgo inminente radica en la proliferación de epidemias como la malaria y el dengue, especialmente en zonas con infraestructuras de saneamiento precarias.
John Nairn, asesor principal sobre calor extremo de la OMM, remarcó que las altas temperaturas suponen el peligro más directo:
«Allí donde ya existe sequía previa, las olas de calor se intensifican y potencian amenazas como el desabastecimiento hídrico, las tormentas de polvo, los incendios, la inhalación de humo y las inundaciones repentinas. Cada una de ellas acarrea una carga letal: desde mortalidad térmica y cuadros respiratorios hasta patologías transmitidas por agua contaminada».
En el plano ambiental, los ecosistemas marinos ya dan muestras de colapso. La escasez de peces presa como la anchoveta y la sardina impacta la cadena trófica, poniendo en riesgo a poblaciones de focas y leones marinos. A lo largo del Pacífico oriental, desde California hasta Ecuador, han aparecido miles de aves marinas muertas en las playas.
«Nuestros monitoreos venían reportando varamientos diarios, pero la mortandad se disparó a partir de junio, lo que demuestra la magnitud de este fenómeno a lo largo del Pacífico», explicó Sebastián Cruz, de la organización American Bird Conservancy.
Finalmente, el aspecto más alarmante para los climatólogos reside en el repunte global de las temperaturas. Como concluye Nick Dunstone, climatólogo de la Met Office:
«Durante los eventos de gran envergadura, el océano libera cantidades masivas de calor a la atmósfera, disparando la temperatura media global. Por ello, es altamente probable que el año 2027 supere a 2024 como el más caluroso jamás registrado».



















