El mundo sin nosotros

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Por: Carlos Mauricio Jaramillo Galvis. Alan Weisman es un periodista norteamericano que ha publicado una interesantísima obra intitulada El mundo sin nosotros.

En ella Weisman reflexiona sobre varios aspectos tales como la forma en que se destruye lentamente nuestro planeta, visualiza un mundo sin la presencia humana y, de contera, presenta un término que es el titular de esta columna.

Narra el periodista que en las más de 100 hectáreas que posee el Jardín Botánico de Nueva York se cuenta con el mayor herbario que exista fuera de Europa y que entre su tesoros más preciados están varios especímenes de flores silvestres colectados por el capitán Cook en 1769 en sus viajes por el Pacífico; un trozo de musgo cuyo origen se remonta a la Tierra del Fuego recogido por Charles Darwin, además de las 16 hectáreas de bosque que se conocía como el Bosque de las Tsugas, pero que ha muerto producto del ataque de un diminuto insecto japonés llegado a las tierras del tío Sam en la década del 80. A la fecha, en lugar de aparecer nuevas generaciones de especies nativas (robles, abedules, fresnos, sicomoros, arces, etc.) lo que crece en ese lugar son especies ornamentales importadas, especialmente el ailanto chino, una “plaga” de dimensiones mayúsculas.

Cuando el hombre comenzó a surcar primero los mares y posteriormente cielos, se trasladaron con él cientos de seres vivientes. Las plantas de América cambiaron los ecosistemas y las identidades de países europeos. ¿Cómo sería Irlanda antes de la papa o Italia antes del tomate? En sentido opuesto, los invasores del Viejo Mundo llegaron con el trigo, la cebada y el centeno, lo que nos conduce al mismo interrogante. Ante estos hechos, aparece la expresión con que se intitula este artículo la cual fue acuñada por el geógrafo estadounidense Alfred Crosby y que ayudó a los conquistadores europeos a perpetuarse en las colonias
Este “Imperialismo Ecológico” también se hizo presente con ideas tan ridículas como los jardines ingleses con jancitos y narcisos los cuales jamás crecieron en la India colonial. A Nueva York llegó con todo su plumaje el estornino europeo convertido hoy en una verdadera plaga aviar extendida desde Alaska hasta México (a alguien se le ocurrió la brillante idea de introducirlo en el Central Park con el argumento de que esta sería más refinado si albergaba todos y cada uno de los pájaros mencionados por Shakespeare en sus obras) y, para rematar tamaña estupidez, introdujeron especies invasoras como la prímula, el ajenjo, la espuela de caballero entre otros flagelos clorofílicos.

En Colombia, iguales o peores plagas se han introducido cumpliendo a cabalidad con la expresión señalada arriba. Tal es el caso de la rana toro (puede producir 500.000 huevos dos veces por año), un auténtico depredador que llegó al país en 1986 introducido desde el Brasil por la Corporación Autónoma de Caldas para llevar a cabo proyectos de zoocría y que a la fecha devora todo aquello que sea capaz de consumir y que se atraviese en su camino.

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Ejemplos abundan: la trucha arco iris que terminó por extinguir los patos cira y pico de oro que abundaban en las aguas gélidas del altiplano andino; el pasto kikuyo que impide el crecimiento de las plantas nativas de nuestros bosques; el buchón de agua que mantiene en jaque a EPM en varios de sus embalses; la hormiga loca, un diminuto bicho de tan solo 2.9 milímetros de longitud que ha dejado daños irreparables a ecosistemas, ha desplazado fauna silvestre y destruido miles de hectáreas de cultivos de pan coger.

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