Cambio climático: una oportunidad de transformar el modo de hacer negocios.

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Hace más de doscientos cincuenta años, un empresario británico llamado Richard Arkwright construyó la primera máquina textil automatizada, y con ello, dio inicio a la Revolución Industrial. El carbón desempeñó un papel esencial en ella y, con el paso de los años, se potenciaría con la llegada del petróleo y el gas. La revolución transformó los paisajes y la vida en general: millones de personas amasaron fortunas y salieron de la pobreza.

Sin embargo, los combustibles fósiles no solo han transformado la manera en que vivimos y trabajamos, sino también han transformado el planeta y, por ello, nosotros debemos cambiar una vez más nuestra forma de hacer negocios. No hacerlo tiene un costo demasiado alto: si continuamos con la misma postura, ponemos en peligro el planeta y la prosperidad económica.

Durante la última década, en Estados Unidos, los gastos que provocaron los fenómenos meteorológicos graves como el huracán Sandy y las sequías de California y Texas, han superado los trescientos mil millones de dólares. San Pablo, que representa un tercio del PBI de Brasil y depende de la energía hidráulica para generar el 80% de su electricidad, se vio afectada por la peor sequía de los últimos ochenta años. Las Naciones Unidas estiman que las pérdidas ocasionadas desde el 2000 por los desastres naturales, que son cada vez más consecuencia del calentamiento global, son de dos mil quinientos billones de dólares. Estimamos que solo Unilever gasta cerca de trescientos millones de euros al año por los efectos del cambio climático.

La buena noticia es que ese cambio representa la oportunidad de transformar el modo de hacer negocios, ahorrar costos, reducir riesgos e innovar en materia de combustibles.

El informe Better Growth, Better Climate, publicado el año pasado por la Comisión Mundial sobre la Economía y el Clima, muestra que, contrario a lo que se cree, el crecimiento económico y las medidas para combatir el cambio climático son compatibles. El crecimiento de las ciudades, sumado a la rápida adopción de fuentes de energía renovable, es una oportunidad para hacer un negocio millonario.

Así, demostramos que es posible hacer crecer una empresa y, al mismo tiempo, reducir el impacto ambiental y ayudar a la sociedad.

Además, me resulta alentador saber que los jóvenes son los que más lo ven. No sólo los cientos de miles que se sumaron a la People’s Climate March de Nueva York y de otras ciudades del mundo, sino también los jóvenes empresarios que voy conociendo, quienes ven cómo la innovación puede mejorar la vida de millones de personas.

Ojalá que, dentro de muchos años, al mirar atrás y contemplar el 2015 del mismo modo que ahora contemplamos la gran invención de Richard Arkwright, podamos ver que en ese año se produjo un punto de inflexión y comenzó la segunda gran Revolución Industrial: el año en que los gobiernos, los empresarios líderes y la sociedad civil se unieron para sentar la bases de un mundo mejor.

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