El que contamina debe pagar el remedio

Por Gabriel Bustos Herrera. Antes de la tragedia de las Torres Gemelas y cuando Irak, Afganistán y Bin Laden seguían siendo sus tormentos, el Pentágono le advirtió a la Casa Blanca sobre “la catástrofe climática”. El acceso al agua se convertirá pronto en el gran campo de batalla, vaticinaba.

Era al comienzo de los 2000. Habrá guerras por la preservación de acuíferos, advertían. “Las guerras se librarán por la supervivencia climática y de recursos, más que por religión o ideología.

Tormentas, huracanes arreciarán las costas y los continentes, volviendo inhabitables zonas que hoy son productivas y activando éxodos desesperados. Para ell ultimo año Estados Unidos y Europa, calculan, vivirán un tercio más de días con temperaturas por encima de los 40º C. Se generarán tensiones sociales y perjuicios a las economías regionales”.

Cuando la semana pasada, Al Gore -ex vicepresidente de Bill Clinton -Premio Nobel por su lucha contra el calentamiento global y la contaminación- se paró frente a los oyentes de la Universidad de Congreso, cargaba a sus espaldas una mochila pesada.

Denuncia que 90 toneladas diarias de gases de carbono lanzados a la atmósfera apuran el calentamiento global en la Tierra y precipitan un mundo transformado en un infierno.

Pero hay un detalle que condiciona la prédica de Gore: precisamente Estados Unidos y China son los mayores emisores de esa mugre (32 y 33% respectivamente). Le siguen Europa y Rusia. América Latina no llega al 3%.

Es más, Estados Unidos se ha negado sistemáticamente a firmar el compromiso mundial de Kyoto, Japón, 1996, que pretendió obligar a los “grandes” industriales no sólo a disminuir su impacto ambiental, sino además quería comprometerlos a financiar la remediación ambiental en los países más pobres.

O sea, los Grandes Contaminadores debían pagar la remediación y el cambio. Pero en la Gran Manzana están aterrados ante esa obligación ética y ambiental, porque temen que los lleve a frenar su evolución económica. Bush -ocupado de sus otras guerras- se negó sistemáticamente a firmar el acuerdo y nunca quiso siquiera hablar del compromiso de financiar el cambio en los países pobres.

Después, incluso, propuso formas de ampliar el “mercado del carbono” y los créditos verdes: premiar con bonos o títulos a los que descontaminen y castigar a los contaminadores con cargos, costos, impuestos. El que ensucia, paga, sugirió. Y con eso se financia el cambio que impone el calentamiento global.

Muchos consejos, poca plata. Un par de inquietos desde el auditorio, e incluso el propio Ricardo Villalba -científico argentino, uno de los 400 que integraron el equipo que ganó el Nobel por las advertencias ambientales-, le habían preguntado a Gore y a su principal espada (Juan Verde, español) cuánto en realidad aporta Estados Unidos y los otros grandes contaminadores para esa readaptación en los países “víctimas” (los que apenas emiten y pagan las consecuencias del cambio climático).

Gore ha hecho de esta causa su vida y recorre el mundo sembrando la conciencia de la preservación. Pero lo cierto es que Estados Unidos ni se compromete, ni aporta fondos importantes para que los países “víctimas” remedien y preparen el cambio de sus circunstancias sociales y productivas.

No es anecdótico: los países chicos, menos contaminantes y sin plata, han decidido dejarse ya de llorar para que los grandes lancen menos gases contaminantes a la atmósfera. Es inútil. En cambio, empujan para que los “grandes contaminadores” financien la remediación y las inversiones para el cambio en estos países de la periferia.

Por ahora, sin embargo, ese apoyo es escaso. En esas carpetas del mundo que vendrá también están los planes de modernización del riego, ampliación de la capacidad de embalses, el cuidado de los acuíferos subterráneos, la reconversión varietal en uvas y frutas que tendrán que adaptarse a los tiempos por venir.

Hace unos años, Nicholas Stern, al frente de un gabinete inglés financiado por el Banco Mundial, previno: “El cambio climático reducirá el crecimiento económico mundial en una quinta parte, a menos que se tomen medidas drásticas. Tomar acciones de inmediato costaría sólo el 1% del producto bruto mundial”.

El informe, encargado por el gobierno británico, es un documento de 700 páginas que dice que la clave para resolver la crisis es lograr que los países más contaminantes, como China y Estados Unidos, reduzcan sus emisiones y por medio de medidas tributarias y cuotas de emisión financien la adaptación mundial al cambio irreversible.

Stern, antiguo vicepresidente del Banco Mundial, dijo que “debe ser una política mundial, que se geste desde coordinaciones regionales”.

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