Más allá de salvar unos insectos que producen miel, nos jugamos nuestra supervivencia como especie

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Por: Carlos Miguélez Monroy. A Albert Einstein se le atribuye haber dicho, entre tantas otras citas que circulan en presentaciones de Power Point, que la especie humana no duraría más de cuatro años si desaparecieran las abejas. David Hackenberg, estadounidense que se dedica al cuidado y cultivo de abejas, sostiene que su polinización responde como mínimo al 30% de la cosecha mundial y al 90% de las flores silvestres que pueblan el planeta.

Esto ratifica la voz de alarma mundial que denuncia un acelerado exterminio de las abejas por el uso de pesticidas. Se calcula que su población disminuye a un ritmo de entre hasta el 40% anual en algunos lugares.

Los científicos han abierto diversas líneas de investigación al encontrar que hay muchos otros factores que influyen en este “colapso”. Señalan la aparición de hongos, virus, agotamiento del sustento de las abejas por sobrepoblación y por nuevos patrones migratorios y contaminación del agua que puede reducir la cantidad de néctar en las flores. El calentamiento global provoca que muchas plantas florezcan antes de lo previsto. Después de invernar, las abejas y otros insectos que dependen de estas flores se encuentran con plantas que florecieron hace tiempo y que pueden marchitarse antes.

El planeta no puede esperar, pues gracias al cambio climático  las consecuencias de la desaparición de millones de abejas en el mundo llegan a la raíz de la cadena alimenticia. Desaparecen frutos y vegetales que alimentan a insectos y a pequeños animales herbívoros que dan de comer a pequeños carnívoros que sostienen las poblaciones de grandes depredadores, entre ellos los seres humanos. Se resiente el abastecimiento en un planeta con 7.300 millones de personas, de las cuales pasan hambre casi la mitad.

La actividad del hombre influye en la escasez y la contaminación del agua, el cambio climatico, las alteraciones en los niveles de polen y de néctar por cambios en el clima y por factores medioambientales y el abuso de pesticidas. Mientras se desarrollan distintas líneas de investigación para conocer a fondo las causas se pueden poner en marcha políticas para limitar el uso de químicos en la agricultura, como han hecho Alemania y otros países de la Unión Europea. Por otro lado, la reducción de la contaminación del agua y del aire pasa por medidas legales y por iniciativas educativas que contemplen el medioambiente como un patrimonio de toda la naturaleza, incluida la humanidad que forma parte de ella.

Algunos políticos, muchos de ellos vinculados con el lobby de las energías contaminantes, niegan el vínculo de la actividad del hombre con los cambios en el clima y el calentamiento global. Estas teorías negacionistas echan por tierra importantes esfuerzos educativos y de concienciación. Esto alimenta cierta dejadez ciudadana en el cuidado del planeta, el único hogar que tenemos hasta que se cumplan los deseos que tienen prominentes científicos de poblar la luna y otros planetas.

Aquí y ahora, una ciudadanía comprometida puede participar para la puesta en marcha de soluciones a largo plazo. El cambio hacia modelos urbanísticos más sostenibles comienza por uno mismo con la limitación en el uso del coche para cuando sea imprescindible, el uso de transportes públicos que son más eficientes desde el punto de vista de consumo. No basta con decir que “las fábricas de coches” dan de comer a muchas familias cuando también apicultores y agricultores se arruinan por la disminución en la población de abejas. Se trata de exigir medidas políticas para la reconversión de industrias tan determinantes en la economía. Además de fabricar coches híbridos y de hidrógeno que contaminen menos, se trata de fomentar alternativas de transporte.

Mucha gente considera “extravagantes” y cosa de “hippies” estos debates medioambientales, que incorporan el peligro que corren las abejas. Pero puede que nos juguemos, más allá de salvar a unos insectos que producen miel, nuestra supervivencia como especie.