
El concepto « Cradle to Cradle » (C2C), literalmente « de cuna a cuna », encuentra sus raíces en la eterna fuerza regeneradora de la naturaleza y, partiendo de esta premisa, consigue fabricar productos diseñados de forma inteligente desde el principio, sin sustancias tóxicas y pensados para ser reciclados indefinidamente. Al final de su ciclo de vida, estos productos alimentarán la tierra al descomponerse y servirán de materia prima para las siguientes generaciones de productos.
Michael Braungart y William McDonough, quizás no sean dos nombres que nos resulten particularmente reconocibles. El primero es un químico y el segundo es un arquitecto de la Universidad de Virginia, al cual la revista Time le otorgó un merecido prestigio por su capacidad para rediseñar el entorno de una forma sostenible y práctica.
Cuando adquirimos un bien de consumo, la vida útil de ese producto tiene un carácter lineal o sentido único desde que se crea hasta que deja de usarse, pero sus componentes, por su propia naturaleza, no se extinguen por sí mismos y deberían dar un paso lógico: ser reutilizables, saludables y producir beneficios sociales. El reciclado convencional es insuficiente, aunque es un buen comienzo, teniendo en cuenta que el activismo medioambiental y la astucia empresarial no suelen ir de la mano.
El diseño C2C adopta un modelo regenerativo aplicable al mundo de los negocios. Un sistema de producción global, que fabrique productos peligrosos por su toxicidad, o inseguros, porque integran piezas de poca calidad y cuya productividad se mida por el escaso número de personas que trabajan en una empresa o por el impacto medioambiental que provocan, como moneda de cambio de su alta rentabilidad, no parece un modelo muy inteligente.
No se trata de volver a una época preindustrial, pues no sería una decisión realista al ser el «capital» natural un recurso limitado para un elevado exponente poblacional. Consiste en una puesta en valor de los materiales complejos con los que se fabrican los objetos y reinvertir el esfuerzo en ellos. Para los mercados, somos consumidores, pero en realidad sólo consumimos los nutrientes que ingerimos. Lo demás es de usar y tirar, sin un modelo de racionalidad básico que determine aquello que es esencial frente aquello que es innecesario: aditivos en los alimentos, envases de plástico para productos frescos, etc, son todo un despropósito.
Fritz Schumacher decía que la idea de un crecimiento económico ilimitado, mayor y mayor hasta que todo el mundo esté saturado de bienestar y riquezas, necesita seriamente ser cuestionado». Hacer más con menos es el lema, pues toda sostenibilidad es local y comienza en los pequeños productores, que saben diversificar y hacer de su trabajo una alternativa a la eficacia, que desconoce el significado de la eficiencia. No hay que olvidar que para evolucionar es necesario reinventarse.
C2C, crear y reciclar hasta el infinito
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