¿Salvar el Planeta? Aparentemente, Solo Hacía Falta que nos Rindiéramos

¿Desde cuando venimos escuchando lo mismo?: tenemos que salvar el planeta. Hemos celebrado cumbres. Hemos firmado tratados. Hemos visto a famosos llorar en televisión por los osos polares.  Todo para «salvar la Tierra». Era nuestra gran misión, nuestro propósito más noble como especie.

La Tierra nos ha mirado, ha suspirado con la paciencia de una madre harta, y ha dicho: «Quita, que mejor lo hago yo».

La BBC ha publicado un articulo llamado: «El hito de la renaturalización que la Tierra ya ha superado». ¿Y saben cuál es ese hito? Que el planeta ha empezado a recuperarse. Los bosques vuelven a crecer, los animales regresan a sus antiguos territorios… la naturaleza está volviendo. ¿Y por qué? ¿Es gracias a nuestros brillantes planes? ¿A nuestros coches eléctricos? ¿A que por fin hemos empezado a reciclar bien las botellas de plástico?

No. Está pasando porque somos un desastre. Está pasando porque estamos fracasando. Está pasando porque nuestras economías se tambalean, porque la gente abandona el campo para hacinarse en apartamentos de 50 metros cuadrados y porque, en general, estamos demasiado ocupados discutiendo en internet como para seguir con nuestro proyecto de pavimentar el mundo entero.

Hemos conseguido salvar el planeta por pura incompetencia. Es como intentar quemar tu propia casa y ser tan torpe que acabas tropezando, derramando el cubo de agua y apagando el fuego por accidente. Y ahora vamos por ahí presumiendo de nuestras habilidades como bomberos.


 

«Rewilding»: O Cómo Llamar Elegantemente al Fracaso

 

La palabra de moda para este fenómeno es «rewilding» o «renaturalización». Suena muy proactiva. Suena a que somos nosotros, los humanos inteligentes, los que estamos orquestando este gran regreso de la naturaleza. Reintroducimos a los lobos aquí, plantamos unos árboles allá… nos damos palmaditas en la espalda y nos sentimos como Noé con un presupuesto de la ONU.

Pero la mayor parte de esta renaturalización  no es activa. Es pasiva. «Renaturalización pasiva» es uno de los eufemismos más gloriosos que he oído en mi vida. Es como decir «descanso estratégico» en lugar de «estoy tirado en el sofá».

¿Saben qué es la «renaturalización pasiva»? Son las granjas en Italia que se abandonan porque los jóvenes se han largado a Milán para ser influencers. Son los pueblos de la España vaciada donde los jabalíes ahora se pasean por la plaza mayor. Son los millones de hectáreas de antiguas tierras de cultivo que, como ya no son rentables, se están convirtiendo lentamente en bosque otra vez.

No es un plan. Es un síntoma de declive. No estamos devolviéndole la tierra a la naturaleza por generosidad. Se la estamos devolviendo porque ya no sabemos qué  hacer con ella o porque ya no nos es rentable explotarla. Y la naturaleza, que es mucho más sabia y mucho más resistente de lo que le damos crédito, está aprovechando la oportunidad. En cuanto nos damos la vuelta, entra y empieza a limpiar nuestro desastre.

El mejor ejemplo de esto, el patrón oro de la incompetencia humana como estrategia de conservación, es Chernóbil. Tuvimos el peor accidente nuclear de la historia. Creamos una zona de exclusión radiactiva, un monumento a nuestra propia estupidez. Creamos un lugar tan tóxico que los humanos no podemos vivir allí de forma segura. ¿Y qué ha pasado? Que se ha convertido en uno de los mayores santuarios de vida salvaje de Europa.

Lobos, osos, linces, caballos salvajes… todos están allí.  Les da igual la radiación. O, al menos, les parece un mal menor comparado con tener que aguantarnos a nosotros. La lección de Chernóbil es brutalmente clara: para el resto de las especies de este planeta, un apocalipsis nuclear es preferible a nuestra presencia.


 

La Naturaleza: Prospera sin Ti

 

Nuestra relación con la naturaleza siempre ha sido la de un novio tóxico y narcisista. Durante siglos, le hemos dicho: «No eres nada sin mí». La hemos conquistado, la hemos domesticado, la hemos explotado. La hemos tratado como una propiedad que tenía que servir a nuestros caprichos.

Y ahora, estamos en esa fase de la ruptura en la que nosotros estamos perdiendo el pelo, engordando y quejándonos de todo, y de repente nos la encontramos por la calle y está espectacular. Ha ido al gimnasio, tiene un trabajo nuevo, se ha comprado ropa nueva y está más linda que nunca. Y nosotros con cara de idiotas, pensando: «¿Pero no se suponía que estaba destrozada sin mí?».

Pues no. Resulta que el problema somos nosotros.

Los lobos que reintrodujimos en Yellowstone —uno de los pocos casos de «renaturalización activa» exitosa— no solo se quedaron allí. Se extendieron. Están volviendo a territorios de los que los habíamos exterminado hace un siglo. ¿Por qué? Porque pueden. Porque son mejores que nosotros en lo suyo, que es ser lobos.

Los castores están siendo reintroducidos en Inglaterra, y en cuanto los sueltan, empiezan a construir presas, a crear humedales, a restaurar ecosistemas enteros. Hacen gratis y de forma instintiva el trabajo por el que nosotros pagamos millones a ingenieros y consultores.

Los animales se están adaptando a nosotros de formas que nunca imaginamos. Los coyotes se pasean por Central Park. Los osos se han convertido en expertos en abrir cubos de basura en los suburbios. No es que la naturaleza esté «volviendo». Es que se ha dado cuenta de nuestras ciudades no son fortalezas impenetrables, sino buffets libres con un sistema de seguridad para reír.

Pensábamos que éramos los amos del universo. Y resulta que solo somos los inquilinos ruidosos que han dejado la puerta abierta, y los verdaderos dueños de la propiedad están volviendo para recuperar lo que es suyo.


 

El Fin del Antropoceno (y la Humillación de Nuestro Ego)

 

Nos gusta tanto el sonido de nuestra propia voz que hasta le hemos puesto nuestro nombre a una era geológica: el Antropoceno. La «Era de los Humanos».  Suena como algo de una película de ciencia ficción. La época en la que nosotros, los grandes simios inteligentes, nos convertimos en la fuerza dominante que moldea el planeta.

Hemos escrito libros. Damos charlas TED. Nos sentimos muy importantes.

Pero, ¿y si el Antropoceno no es una gran era? ¿Y si solo es un fin de semana salvaje? ¿Una fiesta de adolescentes que se desmadra mientras los padres no están en casa? Hemos puesto la música a todo volumen, hemos roto algunas lamparas, hemos vomitado en la alfombra… pero ahora, parece que la fiesta se está acabando. Y a lo lejos, ya se oye el auto de los padres (la naturaleza) volviendo a casa.

La idea de que la Tierra se está renaturalizando por sí sola es el mayor golpe a nuestro ego colectivo que se pueda imaginar. Nos despoja de nuestro papel de protagonistas.

Los ecologistas, que nos vemos a nosotros mismos como los heroicos salvadores del planeta, ahora tenemos que enfrentar la verdad incómoda de que todas nuestras reuniones y  pancartas han tenido menos impacto que la simple crisis económica de la agricultura en el sur de Europa.

Los capitalistas, que soñaban con un crecimiento infinito y un futuro de ciudades voladoras, ahora tienen que aceptar que su gran proyecto se está desmoronando, y que la hierba crece en las grietas de sus sueños de hormigón.

Nosotros no estamos salvando al planeta. Ni siquiera somos capaces de gestionar nuestra propia civilización de forma competente. Y es precisamente esa incompetencia la que le está dando un respiro al planeta. La naturaleza no nos necesitaba como salvadores. Solo nos necesitaba como fracasados. Y,  en eso sí que somos buenos.


 

Si Quieres Salvar el Planeta, Siéntate y Cállate un Rato

 

Durante años, el grito de guerra del ecologismo ha sido «¡Actúa ahora!». «¡Haz algo!». Hemos estado obsesionados con la acción. Con los planes, los proyectos, las iniciativas.

Pues bien, a la luz de esta nueva información, propongo un nuevo eslogan, una nueva estrategia revolucionaria para salvar el planeta. Y es esta: No hagas un carajo.

En serio. Si la mayor contribución que podemos hacer a la biodiversidad es irnos, entonces la política medioambiental más efectiva es fomentar la pereza. El teletrabajo. Los videojuegos. Las maratones de Netflix. Cualquier cosa que nos mantenga dentro de casa y fuera del camino de la naturaleza.

Deberíamos dar subvenciones a la gente por no hacer nada. «¿Pasaste el fin de semana en el sofá en lugar de salir con el todoterreno a molestar a los ciervos? ¡Toma 500 dólares!». «¿Tu empresa ha quebrado y ha tenido que abandonar esa fábrica contaminante? ¡Felicidades, aquí tienes el Premio Nobel de la Paz!».

El problema es nuestro ego. Nuestra creencia inquebrantable de que somos el centro del universo, de que todo gira a nuestro alrededor, de que somos los únicos que podemos arreglar las cosas.

Este estudio de la BBC nos enseña una lección de humildad cósmica. Nos dice que no somos los protagonistas de esta historia. Somos, como mucho, los villanos torpes que al final se autodestruyen por su propia estupidez. El verdadero héroe es el planeta, que ha aguantado todas nuestras esupideces y ahora, en cuanto nos despistamos, aprovecha para curarse a sí mismo.

Así que, por favor, la próxima vez que sientas la necesidad de «hacer algo» por el planeta, piénsensalo dos veces. A lo mejor lo mejor que puedes hacer es precisamente eso: nada. Siéntate. Leeun libro. Tómate una cerveza. Molesta al vecino. Pero deja a la naturaleza en paz. Al parecer, sabe lo que hace. Y lo que está haciendo, claramente, es esperar a que nos callemos de una puta vez.

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