
La tan mentada sabiduría de la naturaleza reside en su paciencia. Hace 500 millones de años, los barriles de petróleo que consumimos ahora eran algas.
En aquella época había 18 veces más de dióxido de carbono (CO2) que en la actualidad. La Tierra estaba caliente y estas algas prehistóricas la enfriaron al consumir y retener el gas.
Tras millones de años de procesos físicos y químicos de la sabia naturaleza, las algas se transformaron en petróleo.
Lo curioso es que ahora volvemos a reintroducir ese CO2 a la atmósfera al alimentar nuestros autos con ese petróleo.
Las técnicas para obtener combustible a partir de algas no hacen más que imitar a la naturaleza. Claro que la levedad de la existencia humana hace que el proceso deba acelerarse. Millones de años es mucho tiempo.
Varias empresas del mundo están en la carrera de obtener biocombustible a partir de algas. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama también le ha echado un ojo al “oro verde”.
La empresa Exxon, una de las petroleras estadounidenses más grande, invirtió 600 millones de dólares en un proyecto para generar biodiésel a partir del procesamiento de algas.
A la cabeza del desarrollo está Craig Venter, el científico que logró secuenciar el genoma humano por primera vez.
En el país del norte hay unas 50 compañías con iniciativas similares. El problema de todas ellas sigue siendo cómo filtrar el aceite del resto de las algas.
La solución de la empresa Livefuels es bastante original y polémica. En vez de filtrar las algas, decidió alimentar con ellas a peces y luego “escurrir” el aceite de los peces. Es más barata esta técnica bizarra que la energía y tecnología que se requiere para el filtrado.
El cultivo del oro verde y su compresión producen prácticamente el mismo tipo de crudo: un líquido que puede emplearse para propulsar todos los sistemas creados para el fuel-oil. En pocas palabras, la infraestructura para este nuevo combustible ya se encuentra en funcionamiento y, además, existen numerosos estudios que ponen de manifiesto que el aceite extraído de las algas es la opción más viable para dejar de lado nuestra dependencia de los combustibles fósiles.
La combustión del aceite de algas es limpia y no despide gases de efecto invernadero porque, a diferencia de los combustibles fósiles, no lleva aparejada la emisión de carbono. Por el contrario, las algas se nutren de dióxido de carbono y liberan oxígeno, lo que significa que pueden aprovecharse las emisiones de carbono de las centrales termoeléctricas para el cultivo de algas en tanques adyacentes, convirtiendo así el dióxido de carbono en aceite de algas útil.
Las algas permiten un cultivo a gran escala, y su refinación se caracteriza por un índice elevado de producción de aceite. Se estima que pueden producirse hasta cien mil litros de biodiesel por año y hectárea, comparado con los seis mil litros de aceite de palma, actualmente el biocombustible más productivo. También se ha estimado que sería posible abastecer todas las necesidades de crudo de EE.UU. cultivando algas en el 0,2% de su superficie. En el caso de Europa el porcentaje necesario sería menor. Sin embargo, dado que puede llevarse a cabo en agua salada y aguas residuales, el cultivo de algas no debe competir con los cultivos alimentarios por terrenos agrícolas o agua dulce. La capacidad de las algas para crecer en cualquier parte se traduce en la posibilidad de que las regiones sean autosuficientes en la producción de aceite de algas, lo que resolvería la dependencia del crudo extranjero, que ha dado lugar a precios fuera de control y a maniobras agresivas en el escenario mundial.



















