Comida más cara. Granos escasos. Sequía. Amenaza de nuevos y mortales virus. La factura del cambio climático

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¿Le importa realmente a la sociedad el cambio climático? ¿Sabrán los ciudadanos que ese tema que a muchos le parece “algo científico” ha estado cobrando poco a poco la indiferencia con que en el país lo tratamos? ¿Estarán enterados los ciudadanos que el cambio climático nos quita cada día no solo pequeños ratos de vida, sino también el sagrado y escaso dinero que llega a casa?. Las preguntas que le surgieron al investigador Steven Cuadra, tras leer las noticias nacionales lo llevaron a realizar una investigación social que le despejó las dudas: al país le importa un carajo el cambio climático y solo se acuerda de él cuando aparecen los desastres.

El objetivo era explorar las percepciones y prácticas de la población urbana sobre situaciones de desastres y emergencias y su impacto en la salud humana.Para ello realizó una encuesta en 433 hogares, entrevistando a 1,160 personas mayores de 15 años.

Los resultados del estudio: el 92 por ciento de los entrevistados reconocieron la posibilidad de sufrir un desastre natural extremo o una situación de emergencia, pero la mayoría (97 por ciento) achacó tal destino a la ocurrencia de eventos súbitos, tales como terremotos, maremotos, erupciones volcánicas e inundaciones.

Solo el 37 por ciento de los entrevistados reconoció como “desastres o situaciones de emergencia” aquellos eventos que se producen de forma progresiva y a lo largo del tiempo, tales como sequías, deforestación, contaminación de recursos naturales y deterioro del ambiente urbano, vinculados al cambio climático.

Resumido, el estudio establecía lo que Cuadra pensaba: el país solo piensa en el cambio climático cuando llegan los efectos más severos.

Con el cambio climático, primero se percibe el efecto en el consumo y la canasta básica. Ejemplo: falta agua por lluvia y el productor de tomates recurre a comprar agua para regar el cultivo y le agrega abono para alimentar la planta. Si tiene suerte y logra cosechar, tendrá que incluir a los costos de producción la inversión en agua y fertilizantes y el tomate elevará su precio una vez puesto en el mercado. La gente dirá que el tomate está caro y comprará menos o gastará más.

Si un productor antes podía sobrevivir con lo que producía en una manzana de tierra, ahora con una sequía por los cambios climáticos tendría que producir manzana y media porque la eficiencia de la producción baja ante sequías o inundaciones y ese costo lo traslada al producto y el consumidor es quien lo paga.

Lo mismo ocurre cuando enfermedades como el dengue, o ahora el virus del Chikungunya, contagian a un familiar y provocan gastos por atención médica de emergencia y tratamiento.

Para disminuir ese daño económico, las familias deben buscar un seguro contra desastres y contra enfermedades, los cuales tienen un costo de inversión, pero son necesarios para enfrentar el impacto económico del cambio climático. A veces hasta que ocurren los desastres, hasta que no sentimos el trancazo, es que la gente piensa en la importancia del tema.

La canasta básica ha subido este año, en parte por el aumento de los precios de la comida. Ahí se ve que el cambio climático impacta directamente en las condiciones de vida de la población, sobre todo en el acceso a la comida.

Si aquí no se cambia el comportamiento de la población y no se impulsan políticas de enfrentamiento al cambio climático, vamos a tener una crisis alimentaria seria en pocos años.

Basta una mirada cotidiana alrededor para darle la razón al científico: la gente sigue lanzando las bolsas de agua y botellas plásticas en las calles; los campesinos siguen quemando las tierras y derribando los bosques para sembrar y criar ganado, a vista y paciencia de las autoridades nacionales; los cauces se llenan de basura constantemente y las calles se llenan cada días más de carros mientras el Estado no establece políticas claras de prevención del fenómeno.

Es algo que da tristeza ver como se nos destruye el país. Yo digo que los desastres naturales, las sequías y las inundaciones, no son la peor cosa que nos puede cobrar la naturaleza. Falta algo peor y que nos puede llegar pronto: la sed. Los ríos y las fuentes de agua, las grandes cuencas, podrían desaparecer junto a los bosques y ahí si no vamos a tener nada, ni comida, ni agua ni país. Nada.

La ira de las enfermedades.

La Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud advirtieron, que el cambio climático va a tener un impacto muy importante en la epidemiología de muchas enfermedades. El cambio climático afecta a la calidad del aire que respiramos y el aumento de la temperatura incrementa también el nivel de contaminantes atmosféricos, lo que incrementa la susceptibilidad a sufrir enfermedades respiratorias. Una mayor concentración de contaminantes en el aire, también aumenta el nivel de esporas, pólenes y otros alérgenos, lo que inducirá una mayor incidencia de enfermedades alérgicas y de asma. Otro tipo de enfermedades en las que el cambio climático producirá un aumento, además de extender su incidencia, son las enfermedades infecciosas. Un ejemplo puede ser el caso de la malaria. Al año, casi 500 millones de personas sufren malaria con casi un millón de muertes al año. Según aumenta la temperatura, el mosquito que transmite la malaria, el anófeles, expande su hábitat y es probable que llegue a zonas en las que todavía no está establecido y están actualmente libres de esta enfermedad. El aumento de la temperatura aumenta la sobrevivencia y persistencia de microorganismos que causan enfermedades. Además, por este motivo, la calidad del agua empeorará en muchas regiones de la Tierra. Por ejemplo, la salmonella, el cólera o las fiebres tifoideas viven y se reproducen más rápidamente con el calor.

2 comentarios en “Comida más cara. Granos escasos. Sequía. Amenaza de nuevos y mortales virus. La factura del cambio climático”

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